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Novela

La huérfana fantasma

La huérfana fantasma

La huérfana fantasma / CÓRDOBA

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Barcelona

Hace ilusión reencontrarse con el paisaje literario de ‘Las normas de la casa de la sidra’, porque adorábamos al doctor Larch tanto como lo hacían sus enfermeras, y porque su figura, con la imperfección adicta al éter de los médicos que también quieren ser enfermos, era la fuerza de gravedad para que el espíritu dickensiano de la obra de John Irving (Exeter, Nuevo Hampshire, EEUU, 1942) pusiera los pies en la tierra (aquí hay cita literal a ‘Grandes esperanzas’). Inmersos en lo que parece anunciarse como un ‘spin off’ de aquella novela, ‘La reina Esther’ empieza densa y digresiva, como si le diera pereza presentar a la heroína del título, dando vueltas y más vueltas sobre varios orfanatos, y anclándose en retratar la insólita tolerancia de los Winslow, que serán la familia de acogida de Esther, esta rebelde con causa, abandonada en la puerta de St. Cloud por ser judía, predestinada a ser apátrida pese a recalar en un hogar soñado y disfuncional, esa clase de refugios para gente buena y excéntrica que tanto le gustan a Irving.

A esas alturas el doctor Larch es solo un recuerdo, un pretexto para poner en marcha otra de las clásicas novelas de iniciación del escritor de ‘El hotel New Hampshire’, solo que aquí la trampa está en el título. Porque la protagonista no será Esther sino Jimmy, el hijo que tendrá con un luchador grecorromano, y que adoptará Honor, la hija pequeña de los Winslow. ¿Por qué Jimmy, y no Esther? Es, en cierto modo, la gran pregunta que gravita sobre esta novela desigual, que parece tenerle miedo al desarrollo de ese personaje, que lleva tatuada a Jane Eyre en su pecho y su conciencia de huérfana, y que, solitaria, enfadada e independiente, se transforma en algo parecido a un símbolo de la condición judía en el siglo XX: desde el antisemitismo que acabó con la muerte de su madre hasta el sionismo que permitió la creación del estado de Israel, la vida de Esther parece atravesada por el hecho de ser judía. Y, sin embargo, es más un fantasma que un personaje, tal vez porque Irving no se atreve a sumergirse en las profundidades morales de una novela histórica que debería haberse metido en camisas de once varas. Irving insiste en que la escribió antes de los atentados del 7 de octubre, aunque el último capítulo, que transcurre en 1981, casi funciona como un acto de contricción, porque se preocupa de plasmar las dudas sobre los territorios ocupados y el conflicto palestino. Pero este lector siente que no es suficiente, que faltan cuentas por saldar.

Es posible que, más allá de su espíritu luchador y poco normativo, el protagonismo de Esther hubiera abierto los horizontes de la novela. Lo que queda, no obstante, no es poco, aunque el periplo de Jimmy Winslow, que cumple con todos los ritos de paso de la bildungsroman; que se detiene en la fundacional Viena (allí ocurría buena parte de su primer libro, ‘Libertad para los osos’); que habla de los sinsabores y placeres que deparan el aprendizaje de la escritura y el sexo; que disfruta con la excentricidad de personajes como Mieke, la lesbiana con la que tendrá un hijo; sea una capa más en un canon que no necesita más leña para avivar el fuego. Es decir, ‘La reina Esther’ gustará a los completistas de la obra de Irving, pero no es el mejor libro para amarle incondicionalmente.

‘La reina Esther’.

Autor: John Irving

Editorial: Barcelona, 2026.

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