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Poesía

El dolor del mundo

Teresa Gómez aborda con temple la memoria y la vinculación de la misma con el presente en su nuevo poemario

La escritora Teresa Gómez

La escritora Teresa Gómez / Francisco José Sánchez Montalbán

Córdoba

No es Teresa Gómez una autora que se prodigue mucho a nivel individual en el terreno de la publicación, y eso, como punto de partida, puede ser una pista de la seriedad y rigor que la autora se toma en sus entregas.

Lo primero que llama la atención de esta voz es el temple con el que decide abordar la memoria y su vinculación con el presente. Gómez establece y busca su propio equilibrio para no caer en las clásicas trampas del recuerdo, y en la primera parte del libro ya encontramos continuas muestras de ello.

El sujeto poético lucha contra el frío de la desmemoria, y lo hace con pulcritud en las formas y en el fondo, con una identidad de lo femenino siempre latente en la mirada, en el desglose, y ese equipaje que comparte establece una complicidad no con lo cómodo, sino con la parte emocional que puede conectar con quien está al otro lado. La construcción de una nueva realidad a través del poema va mostrando la serenidad de quien busca el lado de la belleza en las cosas y las situaciones, aunque ello signifique, en ocasiones, acceder a que el dolor pueda aflorar en algún que otro momento, pero lo luminoso también acaba por encontrar un hueco en la escena; la esperanza de no rendirse ante lo adverso cuando la belleza es una manera de resistencia. No hay entrega sin pérdida, aunque también surge la ganancia. En este recorrido dicho sujeto marca esa conexión con el pasado, ese traer de vuelta algún capítulo como algo por restañar, sobre todo en los últimos poemas de la primera parte: «Cuando a veces lanzamos piedrecitas / al estanque profundo del ayer / nos salpican de golpe sus recuerdos». Que el sujeto está con los más débiles, con la gente que se ve dañada —de alguna forma— en su proceso existencial, se convierte en una música de fondo que también va aflorando, hasta convertirse en un estribillo: «la soledad, / el frío / de los desheredados…». Y si se va intuyendo en la primera parte este aspecto, en la segunda ya resulta toda una certeza en la que la voz se identifica con los más frágiles, con los que son objeto del desahucio físico y espiritual por parte del sistema: «Tiempo para unirme a los justos que han de salvar el mundo».

La autora busca tocar las conciencias, incomodarlas desde sus imágenes y propuestas, la dirección de una lírica que no renuncia a la esperanza

Gómez busca tocar las conciencias, incomodarlas desde sus imágenes y propuestas, la dirección de una lírica que no renuncia también a la esperanza, pero sin pasar por alto lo que escuece, y mostrando el estupor ante un mundo que igual rescata la belleza del mismo como nos devuelve a diario la miseria y lo inexplicable. Son dos mundos los que se dibujan que, al final, pertenecen a un todo, del que se disgregan —provisionalmente— los detalles significativos, los que marcan —dentro una generalidad— esa distorsión con la que el individuo absorbe lo que recibe de fuera y trata de asimilarlo: «Yo no soy, no puedo ser, / esa mujer detenida en la orilla, / en silencio, / ante el horror».

Buscar el punto de equilibrio entre la emoción íntima y todo lo que se recibe de fuera, fusionar lo individual y lo colectivo en el plano del poema es algo que la autora mide y templa con acierto, que va desplegando en el poemario, y que remata con ese poema de cierre como el broche a un canto coral que no cede al desaliento.

‘Los tulipanes son demasiado rojos’.

Autora: Teresa Gómez.

Editorial: Bartleby. Madrid, 2026.

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