Las guardas
Dedicado a nadie

Quevedo / CÓRDOBA

José del Campo Raso, autor español del siglo XVIII del que no se conocen con exactitud sus fechas de nacimiento y de muerte, publicó en Madrid en 1756 la obra ‘Elogio de la nada dedicado a nadie’, un opúsculo breve y satírico que adopta la forma clásica del elogio paradójico (un género literario heredado de la Antigüedad y muy popular en el Barroco, como los elogios de la calvicie, la gota o la locura, muy al estilo de Quevedo). El autor «elogia» a la Nada de manera hiperbólica e irónica, presentándola como la entidad suprema, perfecta e inmutable. Argumenta que la Nada es superior a todo lo existente porque no sufre, no cambia, no padece defectos ni pasiones, y es el origen y fin último de las cosas. Se atreve a decir que «La Nada es el Dios de los espíritus fuertes» (o «el Dios de los espíritus valientes»). Destaca en la obra su tono provocador y nihilista aparente.
También describe las «virtudes» de la Nada: su eternidad, su omnipresencia (está en todas partes donde algo falta), su invulnerabilidad y cómo todo lo que existe tiende a volver a ella (muerte, destrucción, vacío). Es un juego retórico que acumula argumentos absurdos y filosóficos para exaltar lo inexistente. No se trata por tanto de un tratado nihilista serio ni de una defensa genuina del vacío ontológico (como en filosofías posteriores), es una burla ocurrente y frívola.
Podemos indicar que el fin principal sería satirizar las ideas filosóficas de la época, como el materialismo emergente, el escepticismo o las discusiones sobre el ser y la nada (influencias indirectas de Descartes o incluso con ecos lejanos de la escolástica). Criticar sutilmente a los «espíritus fuertes» (librepensadores, ateos o escépticos radicales del siglo XVIII) que negaban verdades tradicionales. Demostrar ingenio literario mediante el absurdo al elogiar lo que no existe, ridiculiza pues el exceso de retórica como cualquier pretensión de absolutismo filosófico.
Esta pieza humorística e irónica que anticipa de forma juguetona temas nihilistas (por eso se menciona en historias del nihilismo en España), pero sin pretensiones profundas, puede ser considerada como un divertimento intelectual más que una obra seria. Su encanto radica precisamente en esa paradoja: dedicar un elogio entusiasta a algo que, por definición, no es nada ni nadie. Su lectura nos ha recordado al libro de William Hazlitt que comentamos en la columna anterior: ‘De la ignorancia de los doctos’.
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