Avance editorial
Averroes y los grandes sabios de Córdoba
Cuadernos del Sur publica el prólogo del nuevo libro de Alberto Monterroso

Averroes. / A.J. GONZÁLEZ / CHENCHO MARTÍNEZ

Ya en los años sesenta del pasado siglo, el escritor americano James A. Michener, en el curso de sus viajes por España, se asombraba de que la ciudad de Córdoba hubiera sido la cuna de grandes sabios como Séneca, Osio, Averroes y Maimónides, los intelectuales más altos de cuatro de las culturas y religiones más importantes de la historia: romana, cristiana, musulmana y judía.
De todos ellos, quizá sea Averroes el más olvidado, tanto por su ciudad natal, como por todo el mundo musulmán, que solo valoró su labor jurídica y no la filosófica, condenada por los ortodoxos islámicos de su tiempo. La Europa cristiana, en cambio, sí apreció la enorme envergadura de su legado; gracias a él conoció en profundidad a Aristóteles, y la influencia que recibió del sabio cordobés fue decisiva para el desarrollo de la ciencia europea.
Pero pronto renegó de su figura por los mismos motivos que sus correligionarios musulmanes: por el vigor de su pensamiento a la hora de dotar a la razón de autonomía frente a la fe. Para Averroes, la filosofía y la razón constituyen el nivel más elevado de conocimiento. Y ese postulado, que abrió en Europa el camino de la ciencia, suponía una amenaza para la ortodoxia medieval, que dominaba a las tres religiones monoteístas.
De hecho, de las estatuas que actualmente honran en la ciudad de Córdoba a estos grandes sabios, fue la de Averroes la última en erigirse. Cuando James A. Michener visitó la ciudad a mediados de los sesenta, se quejó de que no se le hubiera levantado una.
En el caso de que alguna vez se hiciera, como así ocurrió pocos años después de la visita del americano, proponía entonces una peregrinación intelectual a esas posibles esculturas, que hoy son una realidad.
Sería grato, en mi próximo viaje, descubrir que esta ciudad ha recordado a Averroes, porque entonces podría yo hacer una peregrinación intelectual a las cuatro estatuas, rindiendo homenaje, de uno en uno, al más grande pagano de la historia de España, a su más grande eclesiástico, al notabilísimo judío y al brillantísimo musulmán. Nadie sabe cómo es posible que Córdoba diera al mundo cuatro grandes hombres de cuatro religiones distintas (Michener, J.A. (1971). Iberia, Plaza y Janés, pág. 168). Por todo ello merece la pena detenerse en la figura de Averroes, ahora que se cumplen novecientos años de su nacimiento. Y conviene hacerlo en conjunción con los otros personajes universales de la Antigüedad y Edad Media que simbolizan las cuatro culturas de Córdoba, es decir, hablar de Averroes junto con Séneca, Osio y Maimónides.
Es cierto que los separan siglos y civilizaciones muy diferentes: Séneca vivió en la Roma de Nerón, durante el siglo I, momento clave del Imperio romano; Osio en el IV, bajo Constantino, iniciador del Imperio cristiano; Maimónides y Averroes vivieron en el siglo XII, en el punto de inflexión de la caída de al-Ándalus y en el mundo de las cruzadas. Distintos actores, distintas épocas y religiones; pero, ¿y si a pesar de las diferencias culturales y cronológicas, no fueran tan diferentes entre sí? En cuanto al pensamiento, referentes, motivaciones y devenir vital no lo fueron. Antes, al contrario, pudieron influirse en lo que permite la cronología, y todos bebieron de una misma fuente clásica: el mundo grecolatino y, en especial, Aristóteles. Un moderno Plutarco podría hoy escribir vidas paralelas sobre los cuatro Grandes de Córdoba, bien de dos en dos, Séneca y Osio por un lado, por ser romanos cordobeses; Averroes y Maimónides por otro, por ser cordobeses andalusíes mil años después. O incluso podría escribir unas vidas paralelas de los cuatro personajes a la vez, idea que subyace en la estructura de este libro. Porque en la bibliografía actual hay numerosos estudios sobre ellos, pero ninguno los trata en conjunto, comparándolos, interesándose por sus influencias mutuas, parecidos o divergencias, situándolos en las coordenadas de ámbitos tan dispares como pueden serlo la Roma de Séneca, el Imperio cristiano de Osio o la Córdoba almohade de Maimónides y Averroes. Entre la abundante bibliografía hay alguna publicación que reúne varias biografías breves, como si fueran artículos aparte, en que se habla de ellos sin encontrar puntos de conexión, sin tratarlos como un todo, como sí se pretende en este libro, en que hablaremos de Averroes y, a la vez, de los otros tres grandes sabios, Séneca, Osio y Maimónides.
Estos intelectuales son ejes transversales que recorren la historia de los pueblos y las religiones. Séneca es el gran pensador de la Roma pagana, comparable solo a Sócrates, paradigma del sabio de la Grecia clásica, tal como se aprecia en el busto bifronte que ambos comparten, descubierto en Roma en 1813 y actualmente expuesto en el museo Pergamon de Berlín. Osio es el consejero del emperador Constantino, artífice del cristianismo, responsable del dogma de la Trinidad y de que el emperador romano tolerara esta fe hasta entonces perseguida, abriendo el camino a su instauración como religión oficial del Imperio romano en tiempos del también hispano Teodosio. Averroes es el gran sabio del mundo musulmán y Maimónides el gran sabio del judaísmo. Todos ellos representan modelos de pensamiento y civilización muy diferentes. Pero los cuatro tienen puntos en común, a pesar de los siglos que los separan. No solo el admirable hecho de que hayan nacido todos en Córdoba, lo que indica que aquella ciudad del sur de la actual España fue un crisol de culturas, de convivencia y de sabiduría durante algunos pasajes brillantes de la Antigüedad y Edad Media. Con centurias de diferencia y en sociedades totalmente distintas, fueron igualmente reprimidos, cuando no abocados al exilio, por la tiranía y la autocracia, en un vano intento por acallar sus ideas. Séneca fue condenado a muerte por tres emperadores romanos, ejemplos de tiranos o autócratas, como fueron Calígula, Claudio y Nerón. Escapado por poco de las garras de Calígula, fue desterrado a la isla de Córcega por Claudio y condenado a muerte bajo una falsa acusación por Nerón. Osio también sufrió la represión de las luchas entre las diferentes facciones cristianas de su época. Fue encarcelado, torturado, exiliado por los arrianos, y su vida, al igual que la de sus otros paisanos, sufrió vaivenes y peligros. Averroes fue desterrado a Lucena, no tanto por el rigor ortodoxo de los almohades como por envidias, celos y odios de la propia oligarquía cordobesa. El judío Maimónides sufrió la persecución del califato almohade tras la conquista de Córdoba. Fue obligado a la conversión al islam, el exilio o la muerte. Huyó a Almería primero, a Fez después, para morir finalmente en El Cairo y ser enterrado en Tiberiades, actual Israel. En este caso, aquellos insignes cordobeses, a quienes separan siglos y sociedades tan diferentes, tuvieron un destino común.
Y hoy conviven sus estatuas en la ciudad que los vio nacer, como homenaje a los sabios de las cuatro culturas de Córdoba. Veámoslas una a una:

Séneca / A.J. González / Chencho Martínez
Séneca
(Amadeo Ruiz Olmos. Inaugurada en 1965)
Sobre el pedestal de piedra que lleva su nombre, junto a la Puerta de Almodóvar y al pie de la muralla que fue primero romana y luego andalusí, se alza Séneca de cuerpo entero, de pie, delgado, vestido con una toga romana plena de pliegues, que sujeta con su mano derecha, mientras en la izquierda porta un pergamino, como corresponde al intelectual y político que rigió el Imperio romano a la sombra de Nerón.
La escultura, esculpida por Amadeo Ruiz Olmos en 1965, refleja el verdadero rostro de Séneca, más delgado que la única imagen real que tenemos de él, descubierta en 1813 en Roma, actualmente en el Museo Pergamon de Berlín. Es un rostro menos abotargado, más joven, que muestra, como la imagen real, una faz serena e inteligente, acorde con su pensamiento y su legado. Sus ojos miran al frente con profundidad y viveza, bajo finas cejas que los enmarcan con simetría y una calva casi completa que deja ver su frente ancha, surcada de arrugas, despejada y clara. La nariz larga y recta, sobre una boca pequeña y una barbilla menuda y redondeada. La cara es proporcionada y lo primero que llama la atención es su mirada, llena de serenidad e inteligencia, los ojos, profundos y ecuánimes, que transmiten fuerza y determinación. Su cabeza es regia, noble, solemne. Impone respeto de por sí. Tiene una ancha y espaciosa frente surcada por arrugas poderosas, que hace que destaquen en el rostro esos ojos expresivos. Las orejas son proporcionadas y están pegadas a las sienes. Si observamos el busto de perfil, el rostro de Séneca se nos antoja más señorial aún. Se aprecia mejor el gesto serio y adusto, la mirada solemne al frente. A pesar de los rumores que corren en la ciudad sobre el modelo en que se fijó Ruiz Olmos para crear esta escultura, es evidente que la imagen refleja el verdadero rostro de Séneca, más joven y delgado, inspirándose quizás en el momento en que vuelve del destierro, en el año 49, y comienza su carrera decidida y comprometida hacia el poder. El escultor consiguió que ese rostro mostrara el de un hombre que transmite compromiso, sinceridad y honestidad.

Osio / A.J. González / Chencho Martínez
Osio
(Lorenzo Coullaut Valera. Inaugurada en 1926)
En la actual plaza de Capuchinas, junto a la calle Alfonso XIII, se alza la estatua de cuerpo entero de Osio, anciano, con el rostro surcado de arrugas, de pie sobre un alto podio, con su mano derecha flexionada, mirando al cielo, vestido con túnica, hábito y casulla episcopales. De su cuello pende la cruz pectoral, bajo un rostro inflexible, calvo, de frente amplia y ojos profundos. En su mano izquierda sujeta un báculo episcopal, en que se apoya, bastón que acaba en un águila de bronce dorado, posada sobre una cruz que surge del globo terráqueo, símbolo de poder y cristiandad. En la base un crismón, emblema del cristianismo, divisa de Constantino, con el que venció en la batalla contra Majencio. Lo circundan tres bajorrelieves que cuentan la vida de Osio. En el primero se observa a un anciano desnudo hasta la cintura y azotado por soldados romanos. Hace referencia a la persecución que sufrió el obispo a manos de Diocleciano y Maximiano. En el segundo, el clérigo expone sus argumentos sobre la Trinidad ante un emperador romano, que debe de ser Constantino. Representa el momento en que accede a la amistad del césar y se convierte en su asesor. En el tercer relieve, aparece apoyado por tres obispos más, que persiguen con cruces a Arrio y consiguen expulsarlo. Es el broche final de su labor en la construcción del cristianismo ortodoxo: la derrota del arrianismo. Son las tres etapas más importantes de la vida de Osio: la persecución que sufre, su amistad con Constantino y la victoria sobre Arrio. En la parte posterior hay una placa que reza: A Osio, obispo, confesor de Cristo en el tormento, consejero de Constantino el Grande. En el decimosexto centenario del Concilio de Nicea, presidido por él, los ciudadanos de Córdoba le dedican este monumento, por iniciativa de su prelado, el 31 de diciembre de 1925.

Maimónides / A.J. González / Chencho Martínez
Maimónides
(Amadeo Ruiz Olmos. Inaugurada en 1964)
En una pequeña y bonita plaza junto a la calle Judíos, cerca de donde hubo de estar su casa, se refugia Maimónides, el gran filósofo sefardí, que tuvo que exiliarse de su Córdoba natal para morir en el destierro y ser enterrado en Tiberíades, actual Israel. Por eso la plaza de Córdoba en que aparece esta estatua de bronce se llama Tiberíades. Se alza la bella escultura sobre un pedestal pétreo, donde aparece esculpido el nombre de Maimónides en hebreo y español. Y entre ambas leyendas una placa de bronce incrustada en la piedra donde se lee Ben Maimónides teólogo, filósofo, médico Córdoba 1135-El Cairo 1204.
Con turbante y barba andalusí, Maimónides, sentado, mira al frente, a la lejanía, con ojos penetrantes y gesto serio y concentrado, como sabio que reflexiona sobre los conflictos entre la fe y la razón. Es su túnica larga, hebraica, abierta en el centro, para dejar a la vista las filigranas de una hermosa camisa. Es una vestimenta regia, con hondos pliegues hasta los tobillos. Sus babuchas brillan sobre la piedra clara que le sirve de pedestal. Con el pie izquierdo un poco adelantado, su postura es elegante y digna. Sobre su regazo, sujeto por los largos y esbeltos dedos de su mano derecha, descansa un libro, el libro de la sabiduría, quizá su Guía de Perplejos o su Mishné Torá, dos obras que lo han acreditado como el intelectual más relevante de la historia judaica.
Averroes
(Pablo Yusti Conejo. Inaugurada en 1967)
Junto a la puerta de la Luna, en la antigua calle de La Muralla, hoy Cairuán, aparece Averroes, sentado en su cátedra de piedra blanca, mirando al frente con su turbante musulmán y la barba bien cuidada, vestido con túnica de filósofo andalusí, larga, del cuello a los tobillos, con manga ancha, mientras sujeta sobre su rodilla izquierda un libro de Aristóteles levantado al frente, como símbolo de sabiduría. Destaca la portada de ese libro, alzado en vertical, entre su mano y rodilla izquierdas, tras un brazo que se extiende sin esfuerzo, pero con decisión, bajo los cuatro poderosos dedos al frente y el pulgar sobre el lomo del volumen. El libro es el elemento que ocupa la parte central de la imponente escultura de piedra, situado a igual distancia entre el turbante y las babuchas pétreas, y transmite la seriedad y dignidad del mejor filósofo musulmán de la historia. Un pedestal de granito dice en árabe y español: Córdoba a Averroes. Y el año de la construcción de la estatua en números romanos: MCMLXVII, 1967, como símbolo de la unión de culturas y lenguas, de la imagen de Córdoba como punto de encuentro entre la al-Ándalus musulmana y la Europa cristiana.
‘Averroes y los grandes sabios de Córdoba’.
Autor: Alberto Monterroso.
Editorial: Berenice . Córdoba, 2026.
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