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Poesía

Donde la muerte vibra

William González gana con ‘Cara de crimen’ el premio Espasa de poesía.

William González

William González / CÓRDOBA

Alejandro López Andrada

Alejandro López Andrada

Córdoba

Vivimos unos tiempos malos para la lírica, la ternura y la sensibilidad. Si enchufamos la tele y vemos las noticias, si adentramos los ojos, la conciencia, el corazón, incluso las tripas sombrías del espíritu, en la realidad atroz que nos rodea uno siente deseos de hundirse en el silencio y en la soledad de un rincón abandonado, vacío de luz, para llorar por dentro y no parar hasta vaciar la bilis, toda la rabia y la angustia que nos roe como una termita el aliento, la ilusión. Hoy más que nunca es necesaria la poesía, pero no esa poesía ñoña, infantiloide, que tanto les gusta leer a los adolescentes, y que no es poesía, sino prosa sin aliño, cortada a tijeretazos e impregnada de un halo insípido y, a veces, cursilón.

La falsa poesía empalagosa, lacrimógena, que escriben los ‘youtubers’ ni siquiera sirve para endulzar el alma o limar la amargura que arraiga en nuestro entorno con la perseverancia oscura de un zarzal. Pero, por fortuna, hay jóvenes poetas, como William González Guevara (Nicaragua, 2000), que han sabido hacer buen uso de la tradición e instalarla en el centro de la modernidad. La poesía verdadera es más que nunca necesaria para mitigar la rabia y el dolor que estos días nos cerca. Por eso este libro del joven poeta nicaragüense, ‘Cara de crimen’, con el que ha obtenido el VIII Premio Espasa de Poesía, un poemario duro, amargo, melancólico y tierno, sucio y limpio al mismo tiempo, es un bálsamo áspero, un largo trago de anís seco que necesitamos llevar a nuestros labios agrietados de niebla para hallar perdón: «Conocí la violencia tan temprano / que no le tengo miedo… / Aquí los niños juegan con balas de verdad / y nadie está orgulloso. Nadie. Nadie» (pág. 35), evoca y escribe el poeta nicaragüense con una sutil naturalidad que nos lame la sangre y nos inyecta su amargura como un venerable áspid del desierto inoculando un salvífico veneno que, paradójicamente, no hace daño, sino que, al contrario, nos consuela y cauteriza la pena que habitamos: «A veces los escombros que dejé / aparecen inertes en el sueño / la casa de la infancia partida a la mitad / la luz de las luciérnagas» (pág. 25).

Imagen de un niño

La imagen del niño que crece demasiado pronto, rodeado de odio y de dolor, en un viejo país de la hermosa Centroamérica, donde la muerte vibra y marca el paso de una sociedad inscrita en la violencia, se nos queda grabada en las pupilas del espíritu como un fotograma de una película de terror. Debe ser muy duro vivir en un entorno en el que la violencia te aprisiona cuando eres un chiquillo de muy pocos años: «El fúlgido disparo suena lejos / la bala cae cerca / el niño horrorizado ya no teme / la realidad hostil en la que vive: / balaceras, pandillas, hurtos, muertes. / Le han partido la infancia» (pág. 57).

William dibuja un mundo violento y conflictivo, el de su Nicaragua natal, donde el sistema político le tiene prohibida la entrada. Y hace ese amargo dibujo de aire poético con una maestría impropia de su edad. No en balde, anteriormente a este libro González Guevara ha dado a la luz poemarios muy importantes como ‘Los nadies’ (Hiperión, 2022), XXV Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, e ‘Inmigrantes de segunda’, con el que obtuvo el Premio Hiperión en el año 2023. Ahora, da el salto a una nueva editorial, Espasa, con este libro magistral de poesía, donde se perciben los ecos de los grandes maestros hispanoamericanos: Rubén Darío, César Vallejo o Pablo Neruda. Estamos, sin duda, ante un jovencísimo poeta con un riquísimo mundo interior, debido a las terribles circunstancias que hubo de soportar durante su niñez. Y ese magma vital tan duro y agridulce ha sabido exprimirlo y comprimirlo tenazmente en una poesía valiente y arriesgada, inyectada de un tono amargo, dolorido, que acaba cauterizando nuestra angustia al leer sus versos duros y agridulces, aunque al mismo tiempo, tersos y luminosos como tallos de trigo cercados de cizaña. La luz humana y tierna que rebosan los versos de William González Guevara nos conforta y nos llena los ojos de una azul serenidad: «Le han partido la infancia, / la vida le ha quebrado la inocencia. / Solo queda escribirlo y eso hago, / el miedo disminuye / si escribes lo que duele» (pág. 57). Y eso ocurre al leer la poesía magistral de este joven y sabio poeta nicaragüense que en este poemario deja escrita su inocencia, la luz que perdió en su infancia lacerada y aquí, en este poemario, vuelve a resucitar.

‘Cara de crimen’

Autor: william González.

Editorial: Espasa. Madrid, 2025.

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