ENTREVISTA | Miguel Garrido de la Vega Escritor y abogado
Miguel Garrido de la Vega

Miguel Garrido de la Vega. / MARÍA GARRIDO DE VEGA
Miguel Garrido de Vega (O Barco de Valdeorras, 1989) es escritor y abogado. Finalista del Premio Nadal 2025. Colabora en ‘Zenda’ y ‘El Asombrario’, la revista sobre cultura japonesa Kaibun y el mundo del haiku Hotaru. Su primera novela, ‘Meigallo’ (2017), resultó finalista en los Premios Ignotus 2018. Sus relatos se han publicado en Salto de Página, Eolas y Orciny Press.. Sus haikus han sido premiados e incluidos en antologías colectivas. ‘La noche líquida’ (2026) es su primer libro de relatos.
¿Existe una realidad más allá de la razón?
Desde luego. Y no parto de una posición espiritual: la vida está llena de circunstancias que escapan a nuestro entendimiento. Por más que las estudiemos. Está bien concebir la razón como una lámpara que algún día iluminará cada oscuro aspecto de nuestra condición. Y es lo que motiva el avance científico, que no debe ponerse en duda. Pero no creo que la razón, por sí sola, responda —ni vaya a responder jamás— a la apabullante complejidad de lo que somos.
¿De qué mundo nos habla cuando escribe sus cuentos?
Del nuestro. Hay parejas, padres, madres, hijos, hay personas que sufren rupturas, accidentes fatales, soledad, enfermedad, vejez y muerte. Hay traumas que nos determinan (o no). Hay violencia y hay deseo. Mucho que no comprendemos. Y ninguna de esas realidades puede verse desde un solo ángulo.
¿Qué le motiva cambiar de la novela al cuento pasando por el haiku?
El cuento es mi estado natural por muchas razones —su versatilidad, su precisión, el «picoteo» de ideas—. La novela me permite descender más hondo en ciertas profundidades; también drena en consecuencia. En mi cabeza, en lugar de pensar en categorías estancas, intento fijarme más en qué es lo que pide cada historia: si una sola flecha, una ráfaga o algo híbrido. El haiku y géneros afines, las únicas formas de poesía con las que me atrevo, cumplen una función más terapéutica. También me ayudan a ejercitar la mirada de narrador por su foco en la contención, la atención al presente, etc.
¿Un concepto como lo insólito requiere un mejor tratamiento en un cuento?
No estoy seguro. Lo insólito siempre es inasible en algún grado, y menos mal. No creo que más páginas o menos ayuden necesariamente a capturarlo mejor; a veces, al alargarnos, lo domesticamos. Para mí se trata de otra cosa: de capturar experiencias, sensaciones, ideas, y decantarlas en la forma que mejor las represente. En ese proceso es donde aparece lo insólito, como una consecuencia.
El lector de sus relatos se encontrará con una realidad de lo insólito, ¿es una foto fija de la realidad actual?
No escribo con la intención de retratar la realidad actual, pero es inevitable que se cuele. Vivimos tiempos en los que todo caduca muy deprisa y ya nadie tiene la sensación de pisar suelo firme. Como sociedad, no entendemos del todo lo que viene ni lo que dejamos atrás. En esa grieta de incertidumbre es donde me interesa que aparezca lo insólito: como una forma de mirar. Carver abre uno de sus cuentos con una frase inolvidable: «Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa». Ese es el tipo de foto que me interesa: una imagen reconocible, pero levemente desplazada. Borrosa.
¿El miedo, o la memoria se supeditan a la voluntad de nuestro cerebro?
Si estamos hablando del cerebro como algo sobre lo que tenemos poco o ningún control, sí, puede ser. Caminamos a través de una niebla hecha de recuerdos dudosos, miedos y deseos más o menos conscientes. Creo que, nos guste o no, somos más espectadores que héroes de nuestra propia función.
¿Sus personajes son víctimas de ese mundo que se sostiene por una irrealidad?
Tampoco me gusta pensar en ellos solo como víctimas. Porque algunos cometen errores fatales —a veces, a sabiendas— y siguen viviendo con ello. No sé si el mundo confuso en el que viven, en el que vivimos, es suficiente para redimirlos. Quizás debamos erradicar el concepto de redención. Y empezar a mirar desde el matiz y no desde la dualidad víctima/verdugo.
¿Crea usted con sus cuentos una alternativa a un mundo de terror?
No lo concibo tanto como un mundo de terror —salvo uno de los relatos, quizás dos, el resto no se aproximan al género— como un mundo fluido, que se derrite y se extingue dando lugar a nuevas y extrañas realidades. Un mundo en transformación constante. Mis cuentos hablan de gente que intenta remontar esa corriente furiosa. Y de quienes desaparecen en la marea.
¿Cómo conviven el terror y el humor?
El humor que a mí me gusta —absurdo, satirizante, descarnado, socarrón, más de sonrisa que de risa abierta— no arregla nada, pero es muy útil como alivio de ciertas cargas. No es que lo mezcle demasiado con otros enfoques —e insisto en que este no es un libro «de terror» como tal—, pero es uno de mis ejes; en esta colección en particular, sí veo uno de sus cuentos como directamente humorístico. Y notas satíricas en alguno más.
¿Qué supone el agua o la cercanía de esta en su narrativa?
Me gusta el carácter ambivalente del agua: igual que nos da la vida —venimos de ella, la necesitamos—, es fuente inagotable de desconocimiento. Los océanos, sus profundidades, representan la oscuridad absoluta. El agua se cuela por nuestras rendijas, se infiltra en silencio. Esa metáfora, y el hecho de que el exceso de líquido nos reblandece y nos empapa, nos puede matar, me interesa mucho. Hablaba Bauman de modernidad líquida, de tiempos donde todo se desconfigura y abandona su solidez, y es algo que también me atrae a la hora de reflejar la identidad; no de un modo nostálgico o melancólico —no lo soy en absoluto—, sino como campo de experimentación.
¿‘La noche líquida’ (2026) es un libro determinado por el destino?
El destino, visto como algo que te persigue por mucho que corras, está presente en los relatos, sí. Pero si hablamos del libro como realidad, del hecho de su publicación, diría que sí hay cierto determinismo —incomprensible para mí—: su primera versión nació hace ya varios años; llegué a firmar un contrato editorial, el sello quebró; gané un premio importante con él, no me lo concedieron por un problema con las bases… y, al final, ha arribado, inédito y creo que pulido, al que, para mí, es el mejor puerto posible si escribes cuento en castellano. ¿Es eso el destino?
¿Los cuentos de ‘La noche líquida’ suponen para usted abrir un camino literario?
A nivel editorial, sí, desde luego. Por las posibilidades que un sello como Páginas de Espuma brinda a tus textos. A nivel creativo, no tanto. Sobre todo, porque son temas, los de estos relatos, que ya venían ocupando buena parte de mi escritura antes del libro, y que han seguido haciéndolo a posteriori. Otra cosa, claro, es el modo en que vaya eligiendo acercarme a ellos en el futuro…
Los personajes sobreviven en medio de una realidad que podría haber sido diferente, ¿es esa su intención?
¿No lo hacemos todos? Sobrevivir en una realidad que, la mayoría de las veces, no se corresponde con lo que esperábamos…
¿Uno escribe un libro de cuentos para proclamar sus deseos y sus frustraciones?
No debería. Al menos, no de forma consciente. Sí para dejar entrever los deseos y frustraciones de los personajes. No creo que escribir (narrativa) sea vomitar todas nuestras insatisfacciones, ni un ejercicio de «autoexorcismo». Pero es innegable que, muchas veces, esos sueños, esas fantasías y decepciones son la mecha que prende la llama de la imaginación.
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