Novela
Montiel y el relato
El antequerano Juan Montiel sorprende con ‘Cada lunes de aguas’

Juan Montiel / JOSÉ HIDALGO
De vez en cuando hay descubrimientos en narrativa que nos llaman mucho la atención. Es el caso de Juan Montiel (Antequera, 1973), afincado en Alcalá la Real (Jaén) desde hace más de veinte años, y la publicación de su opera prima, ‘Cada lunes de aguas’, con el que ha obtenido el Premio Aldecoa 2025 y el Premio Setenil, uno de los más prestigiosos en el mundo del relato. Este periodista y director del periódico ‘Alcalá la Real Información’, licenciado en Documentación y diplomado en Biblioteconomía por la Universidad de Granada, ya había tenido un buen número de reconocimientos con premios diversos por sus relatos e incluido en una veintena de antologías, de modo que lo que ahora ha sucedido no es casual.
‘Cada lunes de aguas’ (Ed. Fulgencio Pimentel, 2025) es una obra muy bien escrita, con una enorme seguridad narrativa, soltura y agilidad expresiva, y una elocuente maestría que nos recuerda en muchos aspectos temáticos y de desarrollo la estela de la narrativa negra y el ‘thriller’ y también al propio Aldecoa, uno de los maestros del relato breve de los 50 y autor de obras como ‘Con el viento solano’ o ‘El fulgor y la sangre’, donde construía atmósferas personales, realistas y con personajes representativos.
Los seis relatos que componen esta obra nos permiten adentrarnos por unos espacios y personajes inquietantes, sugestivos, sombríos o turbulentos, siendo conducidos con suspense y precisión de relojería, creando desasosiego en torno a la violencia, la culpa o la España solitaria y vaciada. Ese conocimiento de las gentes del campo está muy presente en su obra y el recurso a la cotidianidad.
En «Ardides de Caín» crea en primera persona narrativa la historia de un campesino que refiere las cosas del pueblo, su vida… y se insinúa que mató al hombre con cuya hija se casaría después. Es una de las más seguidoras del estilo de Aldecoa en la construcción de la frase corta, directa, insinuante, dejando sobreentendidos en el proceso narrativo. No es quizá la más original.
«Jarandina», con un final abierto, descubre la historia de una pareja de franceses, Adrien y Mariona, que llegan al pueblo de El Peal, con viviendas pobres de solemnidad, y quieren subir a un lugar desde el que se puedan dominar las vistas del mismo para contemplar el mar en su inmensidad. Parece una España antigua y periclitada, aquella de los años 50 en los que la presencia de una extranjera en un bar era todo un acontecimiento. Con un lenguaje realista va creando esa atmósfera muy conseguida. Más tarde van apareciendo otros personajes, Antolín, que los acompañará en la subida y con el que Mariona entrará a la postre en una relación sexual al tiempo que le cuenta sus deseos de emigrar a Barcelona y ella le confiesa que se está separando de Adrien.
Con «El costado blanco de mi amor» nos llega una historia brutal de tipo neoxpresionista. Una joven cuenta la historia de su vida, el abandono de su madre, la violación del padre («Yo no entendía que (…) me hurgara allí abajo, en la cosita de las mujeres, sin que yo supiera lo que hacía, hasta lastimarme») y el cura, que la dejará embarazada, y en ese ambiente degradado y completamente siniestro le llega la posibilidad de ganar algo de dinero asistiendo a un viejo infame que se dedica a mamar de sus tetas como si fuera una vaca impúdica, aprovechando que esta en edad de crianza. En su crueldad es una historia magníficamente construida que nos adentra en esa sociedad vetusta en la que la mujer es un ser sin atributos. En muchos aspectos se observa una clara influencia de la narrativa de la posguerra española y en especial de La familia de Pascual Duarte en ese aire neoexpresionista y degradado.
«Amical» sigue la estela anterior cuando unas mujeres son encerradas en un cenobio quizá para protegerlas de una supuesta guerra, aunque se haya en su interior. Nueve de ellas mueren y las dos protagonistas, Aintza y Cova, acaban en un absoluto deterioro, incapaces de suicidarse y a la espera de la llegada de los bárbaros. A través de su diálogo vamos descubriendo un mundo abyecto, una atmósfera angustiosa. El concepto de culpa y el amor o deseo junto a la muerte determinan su desarrollo creando una tensión perfectamente construida.
«Todas las tardes había fiesta» cuenta la vida de la narradora, una escritora de éxito hasta que decae y queda en la absoluta miseria. Conocemos su relación con Sandor (Sandokán), al que enterrará en la finca tras ver su cuerpo tirado boca arriba en un hoyo grande, y su proceso de degradación.
La última historia, «Sintra» (323) es una de las mejores del libro, en la estela del género negro, una especie de ‘thriller’ de psicópata. Dos amigas encuentran una maleta y a una mujer extraña Amalia, después sabemos que en realidad es Lianor, una enferma mental demente y el ritual iniciático que se encierra tras las muertes que acaecen. En definitiva, un libro de bastante calidad literaria que permite una lectura complaciente.
‘Cada lunes de aguas’
Autor: Juan Montiel.
Editorial: Fulgencio Pimentel. Álava, 2025.
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