Entrevista | Félix Maraña Poeta, periodista y escritor
Félix Maraña

FELIX MARAÑA / Bernardo Perez
Félix Maraña (1953) es poeta, periodista y editor vasco. Licenciado en Periodismo, ha dedicado toda su vida profesional a la información e historia cultural. Sus dos últimos libros de poemas son ‘El bosque no es un árbol repetido. Sonetos y soñetos’ (Huerga y Fierro, 2023) y ‘Vivir entre comillas. Veinte poemas de amor y otras canciones sin fecha’ (Búho Búcaro Poesía, 2025). Ambos libros son estancia donde anida la amistad en su estado más puro, pues lo que relaciona a Félix Maraña con cada uno de sus amigos, a quienes dedica los poemas, va más allá de la mera relación personal.
¿Tiene que ver algo la letra del poema con la persona a la que se lo dedicas?
No necesariamente. En algunos casos, Unamuno, Baroja, Oteiza, Celaya, Blas de Otero, Ángela Figuera, Aresti, Patxi Andión, Donal Trump, están relacionados, porque son objeto de cada uno de los poemas, y en otros no: Luismi Rabanal, Berta Pichel, Pilar Blanco Díaz, José Blanco, Emilio Varela, Víctor Claudín, Gerardo Markuleta, Carmen Gual, Ana Urrutia, y tantos y tantas, son poemas, generalmente de pensamiento, que, tanto en uno como en otro libro, se los dedico a unos y otras por afecto, correspondencia o identidad cultural e ideológica.
El libro que nos ocupa ahora es el último de los publicados, ‘Vivir entre comillas. Veinte poemas de amor y otras canciones sin fecha’, y se nota que es un transgresor semántico.
Ciertamente, la sonoridad de Neruda salta a quienes conocemos su poesía, pero no es esa la intención, que sólo es un guiño. El propósito es acotar, marcar, definir un tiempo, el tiempo personal de la vida, como territorio de ejecución de anhelos, proyectos o sueños que, se hayan realizado o no, conforman nuestra identidad. Son, con independencia de las formas del poema (sonetos, décimas, verso blanco…), apuntes que se hace el poeta para meditar sobre esos aconteceres, reales o irreales, que nos hacen lo que somos, con nuestra virtudes, limitaciones y querencias.
Del primer poema, «Herencia», se deduce que no estás cómodo en este vivir del día a día y quieres reinventar el mundo. ¿Es así?
La tarea que me planteo es mucho más humilde. Como soy consciente que para cambiar el mundo se necesita una empresa colectiva, mi poesía apenas se atreve a decir que podemos mejorarlo si actuamos hombro con hombro y hombro con hombre o hembra, y viceversa. Somos en la medida que participamos en la tarea común del entendimiento, la esperanza y la bondad repartida entre todos. No es cierto aquella sentencia de Agustín de Hipona («Ama y haz lo que quieras»), que yo prefiero revertirlas: ama y lo que quieres se hará.
¿Cómo aborda la cuestión de la muerte, de manera que se sienta como algo natural y no morboso?
En cierto modo, mis dos últimos libros son un continuo sobre nuestra situación espacio temporal e histórica. Una meditación sobre el sentido de la vida, cuyo ciclo no se cierra con la muerte, sino con la falta de conciencia sobre el propio desarrollo vital. La muerte para un estoico es lo que no es, por lo que no debería ser asunto trascendente, pero las religiones, sobre todo las basadas en la creencia de un dios todopoderoso, han creado un ámbito y una ideología, un pensamiento, que reduce la existencia al miedo por la trascendencia, por el premio o castigo de nuestros actos. Eso hace que todo se cargue en el fardel de la conciencia y haga que los individuos, en vez de trabajar por la realización plena de sus vidas, estén obsesivamente ocupados en la consecución de méritos salvadores, ya en la tierra, ya en ese espacio tan singular y tan desconocido y misterioso que conocemos como cielo. La idea de dios aparece recurrentemente en varios de mis poemas, y trato a ese ente de ficción como lo que es: un duende que nos dice que hemos de ser piadosos, pero que se inhibe constantemente ante la desgracia, la guerra y la destrucción de la humanidad.
El poema «Súplica» es un poema de amor romántico. Y es que el amor está muy presente en su poesía. ¿Tiene alguna causa?
El amor es la respuesta de la persona al estado, consciente o semiinconsciente, que gravita en nuestro ánimo, al concebir el deseo o la atracción o la simple admiración al ser amado. Por el amor se conoce al hombre decía Séneca, o lo han repetido todos los filósofos y poetas que en el mundo han sido. Pero en muchos de los poemas en los que planteo el amor como asunto, ni soy el protagonista, ni hay sujeto, femenino o no, que pueda decirse con nombres y apellidos. El poema a que te refieres, que está dedicado al poeta y cantor de la poesía Javier Lostalé, es una invitación para que alguien, desde cualquier lugar de la existencia, nos escriba un poema, nos dé señales que certifiquen el afecto, el dolor, la duda, el misterio, a través, en este caso, de un soneto. Recuerdo ahora un poema excelente de Blanca Sarasúa, que pide al remitente, anónimo o no, que le escriba una carta, una carta, por favor, aunque nunca le ponga sello, aunque nunca la reciba. En el fondo, es la expresión del anhelo, del deseo, de la angustia misma de vivir esperando un consuelo, un abrazo, una sonrisa.
¿ A qué llamamos poesía?
La poesía no fue hecha para conceder nada, sino para ensalzar lo que de humano hay en cada una de las personas que se acercan a su encanto, para que descubran esa virtud y la cultiven. La poesía está en el principio de todo lenguaje, ya verbal, ya gestual, y es común a todas las culturas de la Tierra, desde el tiempo de los tiempos. Su cultivo genera entendimiento, diálogo y amistad entre sus lectores y ayuda a la comprensión de las ideas, los gustos y la memoria de todas las culturas.
La poesía es un ejercicio de búsqueda. Cada logro es un hallazgo que proporciona el bienestar en las mentes y conciencias de cada uno de sus lectores. La poesía es el destino de quienes saben conducirse. Es punto de partida y de llegada, estación y destino de los bienaventurados. La poesía crea conciencia, porque el poeta, además, es una conducta.
¿Cómo ve la situación de la crítica en la literatura actual?
Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, escribió hace años un artículo en el que taxativamente decía que la crítica está para fijar jerarquías. Fijar y marcar, como en peluquería. La jerarquía es lo contrario de la democracia. La jerarquía es vertical. La democracia, horizontal. La jerarquía es piramidal, la democracia, como la ganadería, debe ser extensiva. Vargas Llosa defendía la jerarquía porque él está instalado en ella. Y desde esa jerarquía dice, siempre casualmente con la gracia y gratitud del gran bloque de poder editorial, qué novelista debe medrar en el comercio de la vanidad y el estipendio.
En España ha desaparecido la crítica, lo que supone y es una verdadera desgracia. Porque la crítica es generadora de criterio y pensamiento divergente. Se trata de poner en crisis y cuestión aquellas verdades revelada e intangibles, reconstruir la base del discurso sin herir a ia historia, pero sin aceptarla sin más. Pero el pensamiento estorba hoy como nunca. Y es perseguido, no con la hoguera, sino con el ostracismo. Los escritores no tienen críticos estudiosos que les exijan y alienten en su creación. Los escritores de ahora percibo que prefieren la adulación a la exégesis.
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