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El zaguán

David Hockney

David Hockney

David Hockney / CÓRDOBA

Alejandro López Andrada

Alejandro López Andrada

Córdoba

Llegó a mí de repente, como una epifanía bajo un cielo de mayo herido de gardenias. Conocí la pintura poética y celeste del pintor David Hockney a través de Gloria Gauger, la mujer que diseña las grandes portadas de Siruela y guarda en sus ojos los azules de mi infancia. En su muro de Facebook conecté con la dulzura y la melancolía de un pintor que escribe nubes y colinas memorables, doradas de azul, con su pincel. Su pintura parece creada por el ojo milagroso de un ángel recostado en un jardín donde bullen los lirios y aletean las oropéndolas. Me adentro en sus cuadros como un pez lo hace en las aguas de un lago tranquilo, habitado por la luz de un verano inefable. Los cuadros de David son ojos abiertos a la memoria de un paisaje donde flotan veredas y arcangélicos jardines en los que uno llega a sentir la voz de Dios susurrando al oído palabras de vainilla, frases cargadas de suave eternidad.

Al mirar su pintura hallo fragmentos de mi vida, escenas y rincones que decoran mi memoria: arboledas y caminos, patios y vaguadas vaporosas donde el agua comulga con la resurrección de los trigos de junio. Su pintura tiene música, cruje como la luz, huele a orquídeas y madreselvas, a canciones románticas, limpias, sicodélicas, de los años 60. Sus cuadros pueden oírse, son de azúcar, saben a música de Beatles.

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