Cartas del Norte
Auschwitz y Gaza
La realidad actual recupera la literatura de Primo Levy

Primo Levi / WIKIMEDIA COMMONS / BIBLIOTECA DIGITAL DEL CDE
Vivimos tiempos oscuros, más cercanos a un temido holocausto que a lo que nos pueda ofrecer la literatura. Pero esta, con demasiada frecuencia, se empeña en recordarnos la tibieza de una especie empeñada como pocas en desaparecer de la faz de la tierra. Vivimos tiempos sombríos, lóbregos, casi diría que hasta tenebrosos. Y hoy he tenido la tentación de rescatar para ustedes aquellos autores que también en su momento hubieron de marcar un punto de inflexión literaria, arrastrados por los acontecimientos que les tocó vivir.
Porque no es fácil para un profano en la literatura del holocausto entender las magistrales piezas narrativas de Primo Levi, y menos aún comprender ese sentimiento conciliador que muestra su autor. En plena vorágine belicista, Primo Levi podría hoy en día firmar algunos de los textos y de los perfiles de diferentes compañeros de desdicha para quienes el simple hecho de despertarse una mañana suponía toda una victoria y un reto, un bocado de una manzana podía ser un auténtico festín, y una carta enviada clandestinamente a su familia en el exterior, una liberación. Primo Levi fue un testigo de excepción de uno de los períodos históricos más deleznables del siglo XX y, desde su atalaya de observador de la vida diaria de los prisioneros de Auschwitz, habría de mostrarnos en sus ‘Cuentos’ su cara amarga más amable a la vez que la más irónica, sabedor de que, servida como estaba la tragedia, otros se encargarían de narrarla. Y es que, como dice la tradición japonesa, «todos estamos unidos por un fino hilo rojo invisible», haciéndonos partícipes de idénticas alegrías y tristezas. Y Auschwitz une sin piedad a autores como Primo Levi, Imre Kertész, y «la mirada micrológica que les atrapa y aprisiona lo esencial —el horror difícilmente expresable— desde partículas aparentemente insignificantes y coloca cada cosa, aunque sea mínima, dentro de una perspectiva global, dentro de la totalidad de la vida y de los procesos naturales e históricos». Porque Auschwitz está unido a Berlín o Dachau, a Varsovia o Cracovia. Pero también a Gaza o Cisjordania, a Irán o Guernica.
Vivimos tiempos inciertos, qué duda cabe, en el que libros como ‘Necrópolis’ invitan al desasosiego por más que intentemos adentrarnos en él desde la lejanía. Posiblemente haya sido el testimonio literario de Primo Levi uno de los más veraces de cuantos sobrevivieron a los campos de exterminio, pero eso no habría de impedir que sufriera durante no pocos años el síndrome del superviviente, consciente de que aquellos que habiendo padecido como él en dichos campos y callaron los años posteriores lo hicieron por sentirse cómplices involuntarios del régimen nazi. Cuando lean esta Carta del Norte, la guerra en Oriente Medio habrá escalado a límites inimaginables, y Kafka y su ‘Metamorfosis’ asomarán tras el quiebro de nuestras casas. Pronto, si los actores de este drama nos dejan, podremos descubrir los Primo Levi que se esconden bajo las ruinas palestinas o iraníes. ¿O acaso no es Gaza el Auschwitz del siglo XXI?
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