Poesía
Refugio en la maleza
Un poemario que transita la culpa, la desigualdad y los vínculos afectivos desde una escritura descarnada

Itzíar López Guil / EUROPA PRESS
Entre la espesura siempre hay hueco para que una voz vaya marcando pautas, postes de la luz para seguir esa estela, desde el principio sin concesiones, y el sentimiento de culpa, por ejemplo, se instala en la acción, porque estos poemas tienen mucho de movimiento, no son planos, suceden cosas; ese movimiento conduce hacia lugares y personas con las que se establecen vínculos, a veces fuertes. Entonces el poema se convierte en refugio, sí, en la prueba de lo que no se quiere que pase desapercibido, lo que no puede ser pasto del olvido.
La dureza del paisaje social no esconde también un cuidado por el lenguaje, mensajes con intencionalidad sin pérdida del acento poético. La resistencia también es certeza; un descarnamiento que se convierte en el sello personal de la autora, y aunque hay zonas de respiro, momentos para la esperanza, se centra en la condición humana y su sometimiento a unas leyes que desvirtúan el lado humano del individuo.
En otras piezas se tiende un poco más al lirismo, pero sin abandonar las pautas de una voz interior que aflora, descifrando a su manera el sentido existencial de lo cotidiano sin que duela en exceso. Se está en lucha constante, con lo de dentro y con lo de fuera, apuntando siempre hacia la desigualdad, la injusticia, el maltrato soterrado y el visible con sus secuelas, la anulación del individuo: «y treinta años después la sombra del no sirves». El sujeto poético está con los débiles, con los más expuestos, porque también se siente parte de ese todo.
Por tanto, no hallaremos un sentimiento de complacencia, sino valentía para señalar, apuntar hacia esas «lagunas» que este modo de vida ha generado, y cuyo dolor queda a la vista a cada instante: «No basta con decir que el cielo cruje, que la tierra bloquea y ya se está tragando a los más débiles». No deja de reparar en los que, desde arriba, generan daño en las vidas ajenas, el núcleo de la acción: «Porque siguen los de siempre al timón».
Pero también hay lugar para los vínculos, las proximidades, lo que generan en la emoción, como la figura de la madre, el padre o la del hijo. No son una simple referencia dentro de este poemario; la constante aparición de estas figuras familiares forma parte también de este refugio por el que transita el sujeto, con el consiguiente desvelo que ello le produce. La condición femenina es otra de esas improntas que modela esta voz, que percute de fondo durante gran parte del trayecto con la certeza de saber lo que se ha perdido y lo que se ha de recuperar, ese terreno de conquista diaria.
El sujeto poético incomoda con la dirección de sus versos, toca fibras, hurga, pero siempre con moderación en lo enfático y sin perder de vista lo que el poema exige en su esencia para permitir ese golpeo, esa sacudida sobre temas ya señalados y, por encima de todo, el sentimiento de lo vital, del no conformismo, de estar lúcida ante todo lo que acontece: lo que daña y lo que reconforta (amor, lazos, belleza), como un todo único del que resulta imposible huir.
‘Un refugio en la espesura’.
Autor: Itzíar López Guil.
Editorial: Bartleby. Madrid, 2026.
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