Novela
Inquietud
Seis relatos donde lo inquietante emerge en lo cotidiano

La escritora argentina Samanta Schweblin / EMILIO NARANJO
En el panorama actual de la narrativa en lengua española, pocas voces resultan tan reconocibles y perturbadoras como la de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978). Dentro de esa generación de escritoras que ha renovado con audacia los registros del cuento contemporáneo, Schweblin ocupa un lugar central por la precisión de su prosa y por su capacidad para deslizar lo inquietante en el corazón mismo de lo cotidiano. El buen mal confirma una trayectoria ascendente y rigurosa, en la que la sutileza nunca está reñida con la hondura.
El volumen reúne seis relatos —Bienvenida a la comunidad, Un animal fabuloso, William en la ventana, El ojo en la garganta, La mujer de Atlántida y El superior hace una visita— atravesados por una unidad estilística que no se impone como programa, sino que fluye de una misma respiración narrativa. En el apartado final, Sobre los cuentos, la autora ofrece algunas claves de su gestación: experiencias personales, recuerdos decantados por el tiempo, escenas que la literatura transforma hasta volverlas irreconocibles y, sin embargo, más verdaderas.
Bienvenida a la comunidad, que abre el libro, instala desde la primera página una sensación de extrañeza difícil de disipar. Narrado en primera persona, el relato introduce el suicidio en un entorno apacible, casi doméstico. La voz que cuenta no busca el efectismo; al contrario, su tono contenido acentúa la perturbación. Schweblin demuestra aquí uno de sus mayores logros: hacer que lo excepcional —lo irreparable— irrumpa sin estridencias en un espacio que parecía seguro. Sus personajes habitan ese filo en el que la normalidad se resquebraja y deja ver algo oscuro, apenas insinuado, que siempre estuvo allí.
La primera persona predomina en el conjunto. No se trata de un simple recurso de moda, sino de una estrategia de proximidad y desestabilización. En William en la ventana, por ejemplo, la presencia del gato remite inevitablemente a ese territorio ambiguo en el que lo visible y lo invisible se entrecruzan —eco lejano del felino de Lewis Carroll—, mientras la dueña asiste a un encuentro de escritores. La escena, en apariencia trivial, adquiere un matiz espectral.
Los personajes de El buen mal son seres incompletos, como si arrastraran una fisura que nadie logra cerrar. El padre de El ojo en la garganta o la poeta de La mujer de Atlántida parecen figuras a medio hacer, piezas de un puzle al que le faltan fragmentos decisivos. Schweblin no ofrece soluciones cerradas; al contrario, sitúa al lector ante una arquitectura narrativa en la que el sentido se construye en la demora. Las piezas finales no clausuran la historia, sino que la proyectan más allá del texto. Cada lector, según su memoria y su herida, prolonga el relato en su interior. Ahí reside uno de los mayores méritos del libro: en esa alianza silenciosa entre autora y lector.
Los cuentos —extensos, de una densidad casi novelesca— avanzan sin prisa. La autora se permite rodear el núcleo del conflicto, demorarse en los pliegues del recuerdo antes de precipitar el desenlace. Esa contención genera una atmósfera envolvente, a veces opresiva, que se adhiere a la mente incluso después de cerrar el volumen. Las imágenes son nítidas, concretas, pero siempre están atravesadas por una leve distorsión, como si el mundo descrito fuera el nuestro visto a través de un cristal apenas empañado.
Y, por debajo de todo, late el dolor. Dolor por la pérdida de un hijo, por la incomprensión, por el arrepentimiento o el fracaso. Dolor que no estalla, sino que se sedimenta. Los personajes de Schweblin no siempre luchan contra él; en ocasiones lo aceptan como una sustancia inevitable que da forma a sus días. Puede tratarse de una tragedia súbita o de un desgaste lento, de la violencia de un acontecimiento o del silencioso avance del olvido. En todos los casos, el sufrimiento actúa como un hilo que cose las historias y las dota de una coherencia secreta.
El lugar que ocupa El superior hace una visita dentro del libro no parece casual. Ese hijo que irrumpe con la fuerza de una tormenta en un piso común encarna una suerte de divinidad desatada. Frente a él, la mujer que lo recibe apenas comprende qué la oprime. El relato funciona como epílogo y como culminación del clima general.
Hay en esta deriva un eco remoto de aquel viaje fluvial hacia el horror narrado por Joseph Conrad. Como en esa travesía, la oscuridad no es un paisaje exterior, sino una revelación interior. El buen mal no ofrece redenciones fáciles ni moralejas consoladoras. Ofrece, en cambio, una mirada lúcida y perturbadora sobre la fragilidad humana. Y deja en el lector, cuando todo ha terminado, una sensación persistente: la certeza de que lo inquietante no habita en los márgenes de la realidad, sino en su centro mismo.
‘El buen mal’
Autor: Samanta Schweblin.
Editorial: Seix Barral. Barcelona, 2025.
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