Cartas del Norte
Borges siempre
Una relectura de la obra del escritor 40 años de su muerte

Jorge Luis Borges. | EFE
Parecerá un tópico, pero si queremos saber más sobre literatura, qué mejor que releer los Cuentos completos de Jorge Luis Borges y, dentro de ellos, Ficciones. Digo releer, al menos en mi caso; para muchos otros lectores será leerlos por primera vez. Cuando los cuentos de Borges cayeron en mis manos no tendría más de dieciocho años. Nunca volví a ellos por temor: temor a que el paso del tiempo y una lectura más sosegada y madura provocaran en mí un desengaño literario. Me equivocaba.
Esta oportuna reedición de su Obra completa por la editorial Alfaguara, ahora que se acerca el cuarenta aniversario de su fallecimiento, nos devuelve al Borges de Las ruinas circulares, El jardín de los senderos que se bifurcan, La biblioteca de Babel… Al Borges soñador, amante de la literatura fantástica.
Pero no nos engañemos. Aunque Ficciones sea un verdadero libro de libros, no deja de ser, en cierto modo, un libro cojo. Siempre se ha dicho que Borges arrastraba tras de sí una legión de seguidores: los devotos de su poesía y los de su narrativa. Curiosamente, los primeros no lo eran tanto de la segunda, y viceversa.
Sin embargo, este libro —como todos sus relatos, su poesía y sus ensayos— no puede entenderse por separado. Son inseparables. Feliz aniversario, pues. Borges, siempre y en cualquier lugar.
Y tras esta diatriba borgiana me dirijo al rastro de mi ciudad con la sana intención de degustar, en una conocida cafetería-pastelería, sus amables cruasanes, bien regados con un café con leche. Pero, de camino, me detengo en no pocos puestos de libros y me llaman la atención unos minúsculos ejemplares que me retrotraen a la infancia: Enciclopedia Pulga, Ayer, hoy y mañana. Pequeñas joyas literarias entre las que, rebuscando, encuentro Compás de espera, de Dolores Medio; Las narraciones de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe; y una edición que desconocía de los Cuentos vagabundos, de Ana María Matute.
Cuando ya me marchaba con estos y algún otro ejemplar, las Entrevistas de Marino Gómez-Santos atraen mi atención. Está claro que debo volver con más paciencia a por el resto de las pulgas.
Y, escondido entre ellas, asoma con desparpajo el Premio Nadal 2026, La ciudad de las luces muertas, del valor (literario) en alza David Uclés, libro que ya he comenzado y que me está causando una grata impresión, al contrario que a ciertos académicos envidiosos de este país.
Y es que no hay nada más tóxico que un escritor mediocre y envidioso que antaño jugara a los soldaditos mientras otros se jugaban la vida.
Esto es literatura, señores. Hagan juego. No desfallezcan.
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