Francisco Gálvez: más de 50 años de poesía
Una voz poética adelantada a su tiempo que tiende puentes generacionales

El poeta Francisco Gálvez. | MANUEL MURILLO
Jorge Díaz Martínez
Los años de formación de Francisco Gálvez coincidieron en el tiempo con el impacto de Los Novísimos en las letras españolas. El joven Gálvez compaginó su lectura con la de los poetas del realismo social de los cincuenta, además de las escasas traducciones que iban llegando a sus manos casi como una forma de estraperlo literario: Rabindranath Tagore, Octavio Paz e, incluso, algunas antologías de poesía china o sueca. De hecho, su primer libro, Los soldados (1974), lo escribió bajo el influjo de Bertolt Brecht. Pero en Gálvez predominaba el ánimo de no parecerse a nadie, de encontrar su propia voz, la cual iría afinando en sus siguientes poemarios: Un hermoso invierno (1981), Iluminación de las sombras (1985) y Santuario (1986), cuyos versos reuniría en la antología bilingüe Fragile vaso (1993). Esta serie tuvo su colofón con la publicación de Tránsito (1994), ganador del por entonces prestigioso Premio Anthropos (Roger Wolfe lo había ganado en el 91), una obra que marcaría un antes y un después en su andadura. Eduardo García, en el prólogo a la reedición del 2008, afirmaba: «Hoy se nos ofrecen los ‘topói’ más rancios como si de pensamiento se tratase. Tránsito ya nos regalaba un fértil diálogo poético con la filosofía, sin que nadie o casi nadie pareciera reparar en ello».
Y es que la recepción de la poesía de Gálvez se había visto penalizada, sin duda, como un jugador que se adelanta a la línea de defensa, por llegar, de alguna manera, demasiado temprano a la imprenta. Ávido lector de narrativa, su inclinación natural hacia la prosa se había vertido en su poesía, más concisa y racional que la de sus coetáneos novísimos; por edad le correspondía sumarse al esteticismo de los setenteros, mientras que por estilo su tono sosegado suponía una avanzadilla tal vez incómoda para los ochenteros. Gálvez se había adelantado al cambio de paradigma en la línea canónica, anticipando el poema reflexivo, heredero de la palabra en el tiempo de Antonio Machado, que acabaría instaurándose con ‘la poesía de la experiencia’. Pedro Roso ya lo había advertido en 1984, indicando que Gálvez se servía de la razón «para entender lo esencial humano desde la propia experiencia», tratando «de fijar con una cierta objetividad las impresiones que de la realidad tiene el poeta». Tránsito llegó a darle el reconocimiento que su voz merecía.
Después vendrían títulos memorables como El hilo roto. Poemas del contestador automático (2001), El paseante (2005), ganador del Premio Ciudad de Córdoba Ricardo Molina, Asuntos internos (2006), El oro fundido (2015) y La vida a ratos (2019). Esta etapa ha sido profusamente estudiada por la crítica, con trabajos de Juan M. Molina Damiani, Ángel Estévez, Bernd Dietz y Joaquín Fabrellas, entre otros. Por citar solamente un par de apuntes, la catedrática M.ª Ángeles Hermosilla señala la «mirada cognoscente» que trasciende la separación platónica entre lo sensible y lo intelectual, desatando una epifanía poética en lo cotidiano; mientras que el también catedrático Pedro Ruiz Pérez subraya el desdoblamiento del yo lírico en una sucesión de personajes en los que la memoria y la identidad están en continuo tránsito.
Los logros de Gálvez en el campo cultural empezaron por la creación, con Rafael Álvarez Merlo y José Luis Amaro, del grupo Antorcha de Paja, en cuya colección aparecieron algunos de los primeros libros de Antonio Carvajal, Antonio Colinas y Justo Navarro. A su revista le dedicó Juan José Lanz un profuso estudio: Antorcha de Paja. Revista de poesía (1973-1983) (2012). Siempre ejerciendo de puente entre generaciones, Gálvez estableció lazos de amistad tanto con los poetas del Grupo Cántico como con los más jóvenes. A este respecto, Vicente Luis Mora certifica: «Gálvez nos tuvo en cuenta a los jóvenes de los 90 de la misma manera que, como recuerda María Rosal, había apoyado desde Antorcha de Paja a los jóvenes poetas españoles de los 70». Mora se está refiriendo aquí, entre otras cosas, a la contestación que Antorcha de Paja tuvo para la famosa antología de Castellet, la cual, pese a su supuesto marco nacional, no había incluido en su índice a ningún andaluz; y la respuesta fue, a cargo del propio Gálvez, Degeneración del 70. Antología de poetas heterodoxos andaluces (1978), en cuyas páginas firmaban Fernando Merlo, María Luz Escuín, Juan de Loxa, Álvaro Salvador y Antonio Jiménez Millán, entre otros.
La infatigable labor de Gálvez ha seguido por décadas con la dirección de la revista La Manzana Poética y sus colecciones Suplementos y Trayectoria de Navegantes, el Aula de Poesía Córdoba 2016, el Seminario de Poesía y Círculo de Traducción Poética de Córdoba y el Seminario Internacional de Poesía en Lenguas Peninsulares, aún activo en la actualidad. Y todavía me dejo cosas en el tintero. No sin razón, la Universidad de Córdoba le dedicó un cálido homenaje en 2023 y esta casa, Cuadernos del Sur, le concedió su Premio Trayectoria Literaria en 2024.
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