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Poesía

Nostalgia y elegía del mundo rural

Alejandro López Andrada publica ‘La huella azul’, 48 poemas en prosa sobre sus recuerdos y su visión del mundo

El escritor Alejandro López Andrada, en una imagen reciente.

El escritor Alejandro López Andrada, en una imagen reciente. / Francisco González

Córdoba

El mundo rural agoniza lentamente. Y Los Pedroches no son una excepción. Vivir por voluntad propia en él se ha convertido en un acto de resistencia. La despoblación -la comarca ha bajado ya de los 51000 habitantes y, junto con el Guadiato, no supera los 79000-, el envejecimiento, la escasez de expectativas laborales, la merma de los servicios públicos, la contaminación del agua de La Colada debido a los vertidos de la industria agroganadera y la sobreexplotación de la dehesa son los problemas más graves a los que debe enfrentarse una tierra tradicionalmente olvidada por las instituciones. De hecho, el caso de Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) es uno de los muchos que se repiten año tras año: al quedarse en paro, tras más de dos décadas como técnico de cultura en la Mancomunidad de Los Pedroches, abandonó su pueblo natal y, en 2014, se instaló en la capital cordobesa, cerrando su casa durante varios años antes de ponerla en venta.

Este traslado a Córdoba marca un punto de inflexión en su obra, caracterizada por una profunda unidad temática y estílística. Tras la antología ‘El horizonte hundido’ (2017), y coincidiendo con el auge de la literatura que aborda la compleja problemática de la España vaciada, el poeta reivindica una poesía de corte rural -ya presente en sus primeras publicaciones-, en la que canta la desaparición de un mundo, el de su infancia, como refleja el explícito subtítulo de ‘Parte de ausencias’ (2022): ‘Poemas del éxodo rural’. A partir de esta misma idea construye ‘Va oscureciendo’ (2023; Premio Internacional de Poesía Claudio Rodríguez) y su reciente ‘La huella azul’ (2025), cuyo subtítulo, ‘Una elegía rural’, vuelve a incidir en el lamento por la peŕdida de un espacio atemporal en el que la mirada del poeta, transida por los recuerdos y por la perplejidad del niño, evoca paisajes, anécdotas, instantes, vecinos, familiares o costumbres que se amalgaman en su memoria y se suavizan bajo la pátina de nostalgia.

Este nuevo poemario, coeditado por el Ayuntamiento de Villanueva del Duque, supone el decimonoveno de su carrera, si tenemos en cuenta el cuaderno ‘Sonetos para un valle’ (1984), el quinto publicado en la prestigiosa editorial madrileña Hiperión, a la que llegó en 2011 con ‘Las voces derrotadas’, tras alzarse con el Premio Ciudad de Córdoba-Ricardo Molina.

Dentro del cuidado diseño del volumen, llama la atención el sutil dibujo de la cubierta, obra de Pedro Amado Viso, vecino de la localidad: el puente Juncoso, construido en el siglo XIX para salvar el cauce del arroyo Lanchar, al oeste del pueblo, uno de los espacios clave del imaginario de nuestro poeta.

El libro, que se completa con un sugerente epílogo firmado por el escritor y guionista barcelonés Gabi Martínez, está formado por cuarenta y ocho poemas en prosa que funcionan como fragmentos de hondo aliento lírico y que están distribuidos en tres secciones ligeramente asimétricas («Ámbitos», «Imágenes» y «Las ausencias»), en las cuales da cabida a los tradicionales temas alejandrinos: la memoria y los recuerdos personales, que han conformado su visión del mundo; el paraíso perdido de la infancia; la contemplación de la naturaleza; el paso del tiempo; la ausencia de los seres queridos; el amor a la familia -a sus padres, a su mujer, a sus dos hijas y a su recién nacida nieta-; las personas sencillas que habitaron su niñez, y los rincones en que esta transcurrrió.

De este modo, el recuerdo lo invade todo, como una huella azul que desde el horizonte se deshilvana y va cayendo sobre los «ámbitos», las «imágenes» y «las ausencias» que forman su geografía íntima. El objetivo de este ejercicio de rememoración es buscar la pureza y, para ello, el poeta acude tanto a los últimos vestigios de un mundo ancestral y campesino como a la niñez y al amor.

El dicurso

Partiendo del convencimiento de que solo puede cantarse aquello que se pierde, el discurso de López Andrada adopta un innegable tono melancólico y elegíaco, presente ya desde el título, donde se funden dos símbolos: la huella -entre cuyas connotaciones está el recuerdo, la permanencia y el amor- y el azul -que connota nostalgia y pureza-. Además de este tono, para intentar emocionar a un lector con el que comparte un horizonte de expectativas, explora el potencial del poema en prosa -cuyo ritmo se configura, fundamentalmente, a partir de la cadencia de distintos versos blancos- y mantiene rasgos tan característicos como la armonía, la sugerencia, la eufonía, el léxico profundamente sensitivo, la adjetivación exuberante -a través de epítetos, de hipálages y de enálages- y la fuerza emotiva del símbolo y de otros recursos como las imágenes o la sinestesia, dando como resultado una poesía muy sensorial.

‘La huella azul’.

Autor: Alejandro López Andrada .

Editorial: Hiperión. Madrid, 2025.

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