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Las guardas

‘La corona’

‘La corona’

‘La corona’ / Córdoba

El libro de D. H. Lawrence, ‘La corona’ (The Crown), es para muchos su obra cumbre. El propio autor lo señala en la nota inicial: «Escribí La corona en 1915, cuando la guerra ya llevaba doce meses y se había encrudecido bastante». Tres de los seis capítulos que componen la obra se publicaron en un pequeño periódico mensual titulado ‘La Firma’, que apenas contaba con unos cincuenta suscriptores; el precio de cada ejemplar era de seis peniques.

El capítulo que más me ha impresionado es el cuarto, «Dentro del sepulcro», que puede considerarse el punto álgido del libro. En él, Lawrence alcanza una intensidad lírica en prosa verdaderamente sublime. Encontramos pasajes como este: «Mientras vivimos, estamos equilibrados entre el flujo de la vida y el flujo de la muerte…», donde la escritura se eleva hacia una reflexión profunda sobre la creación y la disolución, o aquel otro en el que denuncia el egoísmo como pérdida de toda posibilidad de florecer.

En ‘La corona’, Lawrence construye un lenguaje místico y profético. En el capítulo citado, la tensión filosófica y poética acumulada estalla en una visión casi mística y, al mismo tiempo, inquietante. La imagen central resulta extraña y hermosa: el sepulcro es imaginado como vientre y útero a la vez, un espacio de oscuridad absoluta y silencio total donde, paradójicamente, se produce la verdadera consumación, la fusión de la luz y la sombra. Se trata de una escena casi erótica de muerte y nacimiento cósmicos.

Mientras Europa se desangraba en la Primera Guerra Mundial, Lawrence convierte el sepulcro en metáfora de los millones de cuerpos arrojados a las trincheras. Pero no se limita al lamento: transforma la masacre en una terrible ceremonia de renovación. Lectura muy recomendable

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