Entrevista | Antonio Manuel Músico, novelista, ensayista, poeta y guionista
Antonio Manuel

Antonio Manuel, con su última novela publicada / MANUEL LAMELAS

Músico, novelista, ensayista, poeta, guionista… ¿en qué género se siente más a gusto?
La música es mi lenguaje natural. No me duele componer, aunque necesite sentir que cada canción me rasga las venas con un cristal para creérmela. Sin embargo, cuando escribo parece que me estuvieran quitando lascas de pellejo. Peor aún, túrdigas del alma. Me duele escribir porque no puedo evitar que cada palabra sea un disparo, que cada frase sea una trinchera, que cada página sea una batalla conmigo dentro en la que, demasiadas veces, el único herido soy yo.
¿Qué ha aprendido de la creación intelectual en estos años?
No entiendo la literatura sin compromiso. Y no concibo que se autodenominen intelectuales quienes permanecen impasibles ante las tragedias ajenas, atropellos evidentes a la justicia o atentados contra los derechos humanos que tanto esfuerzo nos costó conquistar. Quizá mi mayor aprendizaje haya sido asumir ese coste. Aceptar que la libertad y el malditismo son inescindibles, especialmente en una ciudad como la nuestra.
Su último proyecto es la dirección y guión de ‘Lorca en La Habana’, junto a José Antonio Torres. ¿Hay mucho que decir del poeta y dramaturgo granadino?
Federico es el gran desconocido que todos creemos conocer. Porque cada vez que arañamos un instante de su vida, brotan manantiales de luz que permanecían latentes, esperando ser descubiertos. Eso nos ha ocurrido con su estancia en Cuba. La editorial cordobesa Utopía Libros, nos abrió el camino al rescatar el ensayo ‘García Lorca y Cuba. Todas las aguas’ de Urbano Martínez Carmenate. A partir de ahí, pudimos viajar a la isla y comprobar con nuestros propios ojos el impacto vital que supuso para el poeta su desembarco en La Habana. Federico llegó con la mirada turbia tras haber comprobado en sus carnes las secuelas terribles del capitalismo salvaje en Nueva York. Nada más bajar del vapor, se reconoció en la alegría con la que el caribe metaboliza sus fatigas, exactamente igual que hemos hecho toda la vida en Andalucía. Se sintió como en casa, pero con la libertad que en su casa no tenía. Y vivió sin límite y sin máscara. «Si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba», eso dijo Federico.
Por cierto, este año hemos celebrado el 50 aniversario del final de la dictadura y en 2026 se cumplen 90 años del inicio de la Guerra Civil y de la muerte del poeta. ¿Hay que recordar la historia para no repetirla o para que no la manipulen?
¿Y qué hacemos con quienes manipulan la historia? ¿Qué hacemos con quienes cuestionan la represión franquista, niegan el legítimo derecho de las víctimas a un entierro digno, o justifican un golpe de Estado contra un régimen democrático y constitucional como la Segunda República? ¿Qué hacemos con quienes manejan los hilos invisibles de los algoritmos para difundir todos estos bulos como la peste por las redes sociales? ¿Qué hacemos con los profesores que compran este relato y se niegan a impartir estas materias en clase por considerarlas «políticas», como si no lo fuera la guerra de la Independencia o la conquista de América? Lo que más me preocupa es que países que sí cuidaron su memoria para prevenir las dictaduras, como Alemania, Italia o Argentina, viven el auge imparable de populismos autoritarios. A lo mejor con enseñar la historia, no basta.
¿Qué significa Lorca para Andalucía?
Cada vez que cierro los ojos, imagino a Federico con una sonrisa tan radiante que estremece mirarla. En su rostro conviven la tragedia y la alegría. Igual le ocurre al pueblo andaluz. Me refiero a los débiles, a los perseguidos por los que García Lorca decía sentir una comprensión simpática siendo de Granada: «el judío, el gitano, el negro, el morisco que todos llevamos dentro». No se le olvidó añadir a las mujeres y a los homosexuales, porque nadie como él puso voz a las sin voz en cada una de sus obras. Andalucía es esa fuerza magnética de los débiles que abraza, que cuida y que se enfada cuando pisotean su dignidad. Dicho así, Federico es Andalucía hecha carne.
Precisamente, en su última novela, ‘Tu nombre mío’, aborda el tema del olvido. ¿Hay que olvidar a veces?
El olvido es la esencia del perdón. Olvidar no implica borrar de la memoria lo vivido, sino guardarlo en un desván porque has decidido que sólo así puedes perdonar. Esa es la revolución pendiente. La de aprender a olvidar para aprender a perdonar y, sólo así, aprender a amar. En mi novela, escrita con silencios más que con palabras, reivindico la inmensa capacidad que han tenido nuestras mujeres para amar perdonando y olvidando. Con sus silencios ejercieron un «matriaje» con el que sanaron las heridas de generaciones enteras. ¡Ay si hubiéramos mirado sus manos cuando amasaban pestiños en lugar de las que empuñaban pistolas!
En 2026 se celebra el noveno centenario del nacimiento de Averroes. ¿Los cordobeses y los andaluces lo reivindicamos menos que fuera de Andalucía?
En el examen para que nuestros jóvenes accedan a la universidad, se les exige que estudien a Platón y Aristóteles, o a San Agustín y a Santo Tomás, pero nunca o casi nunca a Averroes y a Maimónides que fueron el cordón de plata que unió a unos con otros. ¿Por qué? La verdad rasga los ojos: San Agustín era un mulato de Hipona (Argelia) al que se considera europeo por cristiano, condición que negamos a Averroes o a Maimónides que nacieron y vivieron Córdoba, sólo porque uno era musulmán y el otro judío. Sólo se ama lo que se conoce y jamás amaremos a nuestros pensadores más universales mientras los sigamos extranjerizando sólo por rezar a un Dios equivocado. Un grupo de ciudadanos llevamos más de un año trabajando en la sombra para que las administraciones estatales, autonómicas y locales, se pongan de acuerdo en unificar todas las actividades que organicen bajo un solo lema: «Año internacional Averroes. Una oportunidad para la razón». Apelo a su generosidad y altura de miras para que así sea.
¿Tienen vigencia los nacionalismos en la globalidad actual?
Si se refiere a los que pretenden cerrar sus fronteras a quienes no tengan su mismo color de piel, hablen su misma lengua, o recen a su mismo Dios, por supuesto que no. Yo soy andalucista y estoy en las antípodas de ese fundamentalismo supremacista que sólo me produce sarpullido. Nuestra identidad es abrazante, no abrasiva. Nosotros no somos una frontera sin memoria, sino una memoria sin fronteras.
¿Qué lamenta de Andalucía?
A quienes se lamentan por ella pero delegan la solución de sus males a quienes la niegan.
¿Qué significación tiene el Flamenco para Andalucía?
El Flamenco es universal porque se canta en andaluz. La prueba irrefutable del pueblo que lo ha parido. Claro que hay Flamenco en Extremadura o en el Levante, pero se canta en la misma lengua materna que hablan y que pone nombre a sus cantaores y a sus palos. El maestro Manolo Sanlúcar y un servidor llegamos al convencimiento de escribir Flamenco con mayúscula, como Andalucía y Humanidad. Sin el Flamenco, no existiría Andalucía. Y sin Andalucía, no existiría el Flamenco.
¿Qué espera de Córdoba?
Que deje de mirar el futuro con los ojos en la espalda y se levante de este letargo de siglos.
¿En qué nuevo proyecto está?
Un guion me está quitando el sueño. Y a la vez, me lo da.
¿Qué momento histórico le gustaría narrar?
La vida que vivirán mis hijos cuando yo muera.
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