Poesía
El amor en el siglo XXI
Antonio Díaz Mola, accésit del Premio Adonais, con ‘El aire dividido’

El escritor malagueño Antonio Día z Mola, en una imagen de archivo. | ZENDALIBROS
El malagueño Antonio Díaz Mola nació hace 31 años y es graduado en Filología Hispánica con doble máster en Cultura Clásica y Gestión del Patrimonio Literario y Lingüístico Español que tuve el placer de impartir. También fue becado en 2022 por el Ministerio de Educación y Cultura y en 2023 por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo por méritos de expediente académico, siendo un investigador brillante en Teoría de la Literatura y Crítica Literaria, y como tal ha participado en sendos libros que he tenido el gusto de coordinar: ‘María Zambrano y las escritoras del 27’, ya publicado, y ‘La escritura luminosa de Antonio Hernández. Ensayos sobre poesía y narrativa’ de próxima aparición.
‘El aire dividido’ fue aclamado por los miembros del jurado como un «sorprendente cancionero amoroso de gran virtuosismo formal que esconde una ironía contra el mundo, concentrándose en una amada que se convierte en eje de su universo». Se destacaba también la cotidianidad, lo contemplativo, la carga pasional y sexual, y el carácter conversacional. Elementos que en sí dicen mucho sobre esta excelente obra, pero no remiten a lo esencial y lo original de la misma, en el sentido de que muchos de los poemarios de amor a lo largo de su historia pueden participar de estos elementos.
Entonces, ¿qué define a nuestro entender la esencia de un libro de amor en estos tiempos después de los sonetos y las églogas de Garcilaso de la Vega, de la poesía amorosa de Fernando de Herrera, de la esencial de Quevedo, de la extraordinaria de Espronceda, o Bécquer, y las fundamentales de Salinas, Cernuda, Lorca o Neruda… por citar autores que dedicaron a la poesía amorosa grandes dosis de su ser.
Paradigma vital
Creo que Díaz Mola ha buceado en los efectos del encuentro amoroso en el día a día, como un ser observador de la realidad en su entorno sin el cual el poema amoroso tendría muy poco sentido. Eleva lo conceptual amoroso, la relación inter pares porque conforma un paradigma vital y estructural, un contexto que permite ese encuentro en pequeños detalles de la existencia cotidiana. Hay una mirada profunda de un indagador de esa realidad que trata de llevarnos por caminos nuevos: «Mirando cómo nada permanece/ ensayo la postura de vivir./ Perfecciono por dentro la paciencia». Es aquí en esta mirada que inquiere, que profundiza, que se detiene pacientemente en el día a día de una pasión donde reclama sus cuarteles de invierno y, por eso, de inicio «Hay pájaros que duermen mientras vuelan./ Imagino la fuga de los sueños».
Es un mundo que tiene un escenario, un teatro, una puesta en escena. Al principio con esa amada dormida y siendo el tacto el otro elemento que conduce por la senda articulada llena de fogonazos precisos, como una pintura que rehúye de tópicos y se adentra en la sugerencia y el deseo: «Tú me has dado la mano/ y esta calle es naranja». El amor transforma el escenario y la realidad mientras el tiempo se va construyendo a través de árboles y sentimientos, de zodiacos y prórrogas: «El mundo nos concede un tiempo extra».
No es esa poesía estentórea que se subsume en palabras antiguas y gastadas sino un eros palpitante que se viste de color y el beso se convierte en un símbolo temporal del vivir: «Un beso elemental es acabar el día/ y que siga el aliento confundido/ en la vida y en la muerte/ y la aventura». Esto es lo importante, las razones del instante, la aceptación del tiempo presente que nos lleva por imágenes abstractas al lugar que ocupan ambos en este espacio-tiempo y cómo se producen esas convergencias progresivas: «¿Eres o no/ la que duerme conmigo y aguanta mis manías?»
Lírica amorosa
En este mundo que va organizando se va aunando el espacio exterior y el interior de modo que ambos van evolucionando incluso a veces con un aire épico: «No tú empuñando el bronce/ en medio del invento de querernos». Una lírica que indaga, que descubre, que mira constantemente de reojo, que se alía y se normaliza en la modestia de un tiempo presente, quinto año de carrera, «y te encontré a ti,/ muchacha de matrícula».
La novedad de la lírica amorosa de Díaz Mola es también la perspectiva, el objeto que eleva y consiente, como una compañera de viaje, de compras, que se reconoce y se ama a cada instante como una permanencia: «Tu cara se confunde con la mía/ en medio del desorden y las dudas./ Uno está en otra gente como en sí mismo». Un amor franco, desnudo, profundamente humano pero que se universaliza desde la cotidianidad vital: «Hemos creado el mundo en una casa/ con vistas al dominio de la luz/ en cuyo amanecer dormimos juntos».
No es un amor de aspavientos y grandes palabras sino contemplativo, musical, ávido de universo y deseo: «No hagas nada/ salvo juntar tu sombra con mi cuerpo (…) Creer creo en nosotros y en nada más». Un amor que va iluminándose progresivamente como un gran símbolo que surge como una música: «Qué absoluto milagro./ Volver a ser el mismo después de ser el mismo,/ el baile circular/ de la conversación y el amor».
‘El aire dividido’.
Autor: Antonio Díaz Mola.
Editorial: Ediciones Rialp. Madrid, 2025.
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