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Entrevista | José Manuel Lucía Escritor y catedrático de la Complutense

JoséManuel Lucía

José Manuel Lucía. | JESÚS MIGUEL DE LA FUENTE

José Manuel Lucía. | JESÚS MIGUEL DE LA FUENTE

Madrid

José Manuel Lucía nació en Ibiza en 1967, pero ha vivido en varias ciudades españolas hasta recalar en Madrid. Este catedrático de la Complutense es un todo terreno. En 2000 publicó su primer poemario, ‘Libro de horas’ (Calambur), a los que han seguido una decena o más con premios importantes, pero hoy por hoy, José Manuel es reconocido en España y el extranjero por ser un cervantista de pro. Con su último libro, ‘Cervantes íntimo’, llevado a la pantalla por Amenábar, su fama no deja de crecer. El poemario que nos ocupa, ‘El hombre que yo amo’, es amargo dolorido y sobre todo es excelente, rompe con convencionalismos de una forma elegante y sugerente. Un libro que hay que leer.

El libro se abre con un beso que deja su esencia en todo el poemario. ‘El hombre que yo amo’

Comienza y termina con un beso. Un beso actual. Un beso cotidiano del que fui testigo. Un beso social de dos jóvenes que se aman y que pueden mostrar su amor en sus espacios de vida: ya sea en una playa o en los jardines de una Universidad. Y son dos besos de los que he sido testigo y que quería que franquearan nuestro presente. Esos besos sociales, esos besos cotidianos son el resultado de una lucha a lo largo de los últimos años. Y esta lucha y los aires fascistas por todo el mundo que están deseando convertirse en un huracán, hacen necesario la memoria y la conciencia de la lucha que otros han tenido que llevar a cabo para poder disfrutar ahora de muchos derechos sociales. Y no podemos dar un paso atrás. Ni un paso. Ni un beso ha de quedarse escondido por miedo en los labios del deseo.

Nos encontramos el recuerdo del yo poético, del niño que sabe de silencios y llora. ¿Lloraste por no exponerte al patio de las prohibiciones?

Aquel niño que fui yo (y que sigo siendo yo), ese niño construyó un muro de hormigón para que sus miedos, sus silencios, la vergüenza que la sociedad nos hacía sentir a los que éramos diferentes no pudieran ser causa de insultos y de agresiones. En la infancia, nos repetían que los niños no podíamos llorar, que no podíamos expresar nuestros sentimientos, que no podíamos ser débiles como las niñas. Esta era nuestra educación nacional católica, la que ha puesto los andamios del adoctrinamiento de aquellos años. Y con el tiempo, ese niño un día comenzó a llorar dentro de mí… y esas lágrimas retenidas se han convertido en un torrente que he tenido que convertir en versos para no ahogarme… como ahogado me sentía en mi niñez y en mi juventud cuando no podíamos derramarlas, sentir su caricia en nuestras mejillas.

En todo el poema sobresale el silencio. ¿Han sido muchos años los de tu «silencio»?

Silencio, miedo y vergüenza. Estas tres palabras, estos tres sentimientos han terminado por ser las claves para comprender la tortura cotidiana que soportábamos. Un silencio, un miedo y una vergüenza de «algo» que nosotros no entendíamos, de lo que no podíamos hablar, justo en el momento en que comenzábamos a abrirnos al mundo, a intentar vivir en el mundo. No es fácil ser joven, no es fácil vivir ese periodo de la adolescencia en que comienzas a construir tu identidad, y mucho menos cuando te sientes «diferente», cuando te hacen sentir diferente, y no tienes con quién hablar, y no hay referentes en la familia, en la literatura, en la televisión, en la sociedad… El descubrimiento del deseo y del sexo es un camino que hemos de transitar en sociedad… pero ¿cómo hacerlo cuando todo lo que uno sentía de verdad tenía que esconderse como un pecado, como un delito? El silencio es una de las identidades que tuvimos que ir conociendo en aquellos años infantiles y juveniles de construcción. Y también a llenar de gestos y de lenguajes propios. Por eso, necesitaba hacer un homenaje (como una colcha de versos) a cuatro poetas que me acompañaron en este silencio, que me hablaban a mí y a miles de mudos adolescentes que nos preguntábamos por qué teníamos una manera diferente de desear, de sentir: Federico García Lorca, Luis Cernuda, Jaime Gil de Biedma y Luis Antonio de Villena.

El libro avanza y tú te «desnudas» por primera vez…

Este camino hacia una poesía de la memoria más personal y más familiar lo comencé en el año 2020 con el libro ‘Aquí y ahora’ (Huerga y Fierro), y lo continué con ‘El fin es solo un accidente’ (Verbum, 2022). Necesitaba seguir este sendero de un desnudarme en mi experiencia vital con la educación sentimental. Si en el primer libro, establezco un diálogo con mi padre muerto cuando yo tenía 12 años, ahora necesitaba, de alguna manera, homenajear a ese niño que se quedó solo y que, en soledad, silencio, miedo y vergüenza, se fue conociendo y fue conociendo a otros tantos que sentían lo mismo, que no había soledad, ni tampoco pecado o delito en nada de lo que está relacionado con el amor. Y, desde un principio, sabía que este viaje iba a ser complicado, doloroso, que tendría que transitar y evocar experiencias que no habían sido gratas, pero, solo desde la honestidad creo que se debe escribir, o, al menos, es desde este territorio desde el que quiero escribir. La autenticidad, de la que siempre habló José Luis Sampedro. Otros pueden escribir desde la provocación o el deseo de asombrar. No es mi caso. No me interesan lo que hacen ni cómo lo hacen. Son opciones de vida y de literatura: pongo por delante la autenticidad y la honestidad a la provocación y al ego mal alimentado y entendido.

¿Cómo se escribe sobre lo que nos hemos pasado toda la vida deseándolo? Esos titubeos del amor al compañero de clase.

Como me sucedió en ‘Aquí y ahora’, el reto de este libro era cómo escribir sobre aquello que me había pasado toda la vida callando, escondiendo, convirtiendo en un tesoro personal para no sentirme vulnerable. Y vuelvo al tema de la honestidad: este era el camino. Debía contar lo que me había pasado para que todos aquellos que me acompañaron en silencio en aquellos años supieran realmente mi historia, que es la historia compartida por miles y miles de gais y lesbianas en nuestro país.

Un amor silenciado que terminaba por tener connotaciones de tormentoso y de sucio. Cuando era todo lo contrario. He rescatado historias, recuerdos, evocaciones que me han sucedido a mí, pero con la intención de rescatar las historias de otros tantos, de otras tantas en aquellos años.

El niño se desnuda y expone su deseo. Va perfilando el beso . Del beso imaginativo al real.

Todo joven que comienza a descubrir su cuerpo lleva a cabo un viaje apasionante, pero también lleno de miedos, de dudas, de preguntas… Pero si este viaje se debe hacer en soledad, con miedo y vergüenza de exponerse públicamente, se convierte en un viaje trágico. Por eso, en un momento, en un poema que ya aparecía en ‘El fin es solo un accidente’, digo: «No es fácil tener quince años y que te guste la poesía. / No es fácil tener quince años y que te gusten los hombres». Pero el deseo está ahí y hay que saber conocerse y sobrevivir en sociedad. A mí me enternece y me llena de emoción ver a dos jóvenes, a dos chicos, a dos chicas que caminan abrazados o de la mano por la calle, que se dan un beso en una terraza, sin tener que mirar atrás, sin tener que comprobar que están en la soledad que les garantiza el anonimato. Se ha conseguido ganar el espacio público para el deseo, como también se consiguió en los años sesenta y setenta del siglo XX, durante la dictadura de Franco, que, en sus primeros años, prohibía que una pareja de novios pudiera darse un beso en un parque, como bien supo cantar Ángel González. ¡Hemos conseguido tanto en derechos sociales, han luchado tantas personas por conseguirlo, que ahora no podemos aceptar que nos digan lo que podemos o no hacer! ¡y eso que todavía queda mucho por luchar, por conseguir, por afianzar!

La historia llega a la cúpula del deseo, dando un salto cualitativo donde se manifiesta el sexo a escondidas.

A mí la poesía me ha salvado. La literatura. Me ha salvado como persona, pero también como ciudadano, pues me ha permitido querer vivir en sociedad, querer luchar para hacer de esta sociedad más libre, más igualitaria, más fraternal. A mí la literatura me dio la voz que no podía tener entre mis compañeros. Hizo posible que pudiera hablar (y gritar a los cuatro vientos) aquello que tenía que callar, que tenía que mantener en silencio. Gracias a la literatura, tengo voz. Y por eso, quería devolver con mi literatura, con mis versos, la voz a tantos que no han tenido esta oportunidad.

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