Novela
El reino de la infancia
‘El desván de las musas dormidas’, el último libro del escritor asturiano Fulgencio Argüelles

Fulgencio Argüelles / D. Montañés

De un tiempo a esta parte, debido a las redes de internet que entronizan a ‘youtubers’ con ínfulas de escritores, la literatura de alta calidad ha caído en desgracia y escasean las novelas, los libros elaborados con un lenguaje cuidado y exquisito. Y a pesar de todo, aunque las grandes editoriales hayan decidido apostar por libros sosos, de escaso valor literario y mal escritos, la literatura grande, de altos vuelos, esa que va dirigida a emocionar y a iluminar el alma del lector sigue ofreciéndonos, aunque sea de tarde en tarde, libros tan hermosos como este de Fulgencio Argüelles, ‘El desván de las musas dormidas’, donde cada palabra está envuelta de un temblor delicado y poético que nos baña las entrañas y aletea como un pájaro de oro en nuestro espíritu. Nacido en Orilles, un pueblo mágico de Asturias, en enero del año 1955, Fulgencio Argüelles ha dado a la luz libros de enorme belleza literaria como, por ejemplo, ‘Letanías de lluvia’ (1993), con la que obtuvo el Premio Azorín; ‘El palacio azul de los ingenieros belgas’ (2003), Premio Café Gijón, o, su más reciente, ‘Noches de luna rota’ (2022), estos últimos editados en Acantilado.
En su nuevo libro, ‘El desván de las musas dormidas’, Fulgencio Argüelles nos muestra un paisaje interior de tono sepia empapado de infancia y húmedos desvanes por donde discurre una límpida emoción de almas sencillas movidas por la brisa y la luz de la nieve cayendo al atardecer. El libro está lleno de momentos entrañables, guiados por una voz tenue y profunda, la de un niño que mira y observa desde dentro, con los ojos colgados dentro de un asombro y una melancolía que inundan las entrañas y la mirada desnuda del lector que pasea sin prisa por la vereda de un relato bien elaborado, cosido por el vértigo de una memoria infantil que sobrecoge, una historia acendrada, punteada a cada trazo por el buril neblinoso de un dolor que se te queda pegado al corazón: «El niño enfermo no pudo ser cirujano en Nueva York, pero trabajó un tiempo de conserje, se casó y tuvo una hija a la que no pudo conocer. Su corazón se paró antes de cumplir los treinta años» (pág. 119). Un rosario de rostros, de voces rurales, de miradas, de seres perdidos en un lago intemporal alimentados por un silencio hipnótico a la vez que por una pobreza elemental dibujada sobre el paisaje campesino por el que circulan como entes vaporosos, como fantasmas de piedra alimentados por la magia de un niño –la voz de un narrador- que ilumina y da vida al gris de las montañas, a la piedra del tiempo que amenaza a cada instante con derrumbarse y caer sobre la vida de una aldea diminuta y poética de un norte habitado por hombres y mujeres con el alma atada a la tierra, al temblor de la raíz. Todo esto es tangible cuando leemos emocionados, sobrecogidos incluso, algunos párrafos de una novela trenzada por un halo de belleza inocente, cálida, infantil, como cuando el autor nos relata la experiencia que el protagonista de la novela, el muchacho tierno, tiene junto a su padre la noche que van a contemplar, acompañados por otros chavales de la zona y personas mayores, el apoteósico paso de un cometa por el cielo de la sierra: «Parecía una escoba gigante que viniera a barrer las estrellas y los árboles. Un suspiro de asombro nos rompió las gargantas y observé a mi padre rebosante de energía y temblando por la emoción... La visión duró solo unos minutos, porque una nube enorme nos tapó el cometa, como un telón que Dios hubiera corrido de pronto sobre aquel espectáculo inolvidable» (pág. 210). La escena, dibujada con mucha ternura por Fulgencio Argüelles termina con el regreso de la expedición de niños y mayores al pueblo, mientras el padre del chico protagonista va explicando la relación del cometa que se ha ido con la mitológica estrella de Belén.
Esa mención a la estrella de Belén tiene mucho que ver, entre otras alusiones de carácter mítico acaecidas en el relato, con la carga magnética y alegórica de un libro profundo y certero como un tallo de maíz clavado en la arcilla que se niega a madurar. La novela está llena de escenas memorables, aparentemente sencillas, incluso sobrias, encendidas, no obstante, por un tono lírico encomiable. Y es que nos encontramos ante uno de esos relatos intemporales en la línea de ‘El camino’, la excepcional novela de Delibes (aunque sean diferentes en su arquitectura narrativa) que no solo entretienen y emocionan al leerlos, sino que van más allá de su mensaje, dejando al final una huella en las entrañas, un pellizco de luz en la mirada del lector.
‘El desván de las musas dormidas’
Autor: Fulgencio Argüelles
Editorial: Barcelona, 2025.
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