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LAS GUARDAS

Estío

Imagen de una biblioteca

Imagen de una biblioteca / Córdoba

Javier Sánchez Menéndez

Javier Sánchez Menéndez

Estamos de vuelta. El verano ha dado mucho de sí. Comencé con el ‘Diario’, de Samuel Pepys (1633–1703) y aún no lo he soltado. Entre Cervantes, Pepys y algo de Luis Chaves, amén de las lecturas generosas y obligadas de Cioran, Kafka o Michel de Montaigne, el estío ha sido productivo. Ya de regreso nos enteramos del fallecimiento de Antonio Rivero Taravillo, una pena inmensa, una buena persona que ha dejado pendiente mucho por traducir y mucho por escribir, que los astros lo cuiden en la República de las Letras eterna. El ‘Diario’ de Pepys es inmenso. Su descripción de la Inglaterra del siglo XVII es brutal. Detalla acontecimientos importantes, como la Gran Peste de 1665 y el Gran Incendio de Londres en 1666, amén de los acontecimientos sociales y políticos de esa época. Pero, además, Pepys es entretenido, divertido y sorprendente.

Cervantes sigue siendo Cervantes, a pesar de la película de Amenábar. Cervantes es el grande por excelencia y no hay que tocarlo ni publicitarlo, ni siquiera aprovecharse de él para no sé qué, solo leerlo y alimentarse de él. Hay para varias vidas. Lo de Luis Chaves es de otro mundo. Un enorme poeta, visual, con imágenes admirables, y con una sabiduría extraordinaria. Hay que leer a Luis Chaves.

Los diarios se escriben, no para ser publicados, sino para dejar constancia de una época, de un momento o un divertimento. Todos aquellos diarios que se escriben con interés de realizar una publicación pierden su concepto de diario, pierden su integridad y su fundamento, y al final no resultan diarios. El ‘Diario’ de Pepys no se publicó hasta 1893. Escribía R. L. Stevenson, en un ensayo que dedicó a Pepys, que su ‘Diario’ es un documento histórico importante. También indica Stevenson que Pepys, al final de su vida, tras la muerte de su mujer , «durante todo ese tiempo el diario que contenía sus memorias secretas, con todas sus incoherencias y huidas, había estado protegido. Cuando murió lo hizo sin haberse encargado de su destrucción. Así que cabe pensar que fue fiel hasta el último momento a sus primeros recuerdos, tan queridos, a la señora Hely en los bosques de Epsom, en la paradita en Islington, para tomar algo en memoria de los muertos, incluso, si volvía a escuchar aquella música que tanto le perturbaba, al recuerdo del amor que le unía a su mujer».

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