Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Reconocimiento de la figura del profesor y poeta

El mar en la poesía de Carlos Clementson

La modernidad del clasisismo en el escritor cordobés

Carlos Clementson, en la Facultad de Filosofía y Letras, tras el homenaje que se le ha tributado recientemente.

Carlos Clementson, en la Facultad de Filosofía y Letras, tras el homenaje que se le ha tributado recientemente. / F. EXPÓSITO

Manuel Gahete

Manuel Gahete

Córdoba

Escucho decir con frecuencia a Carlos Clementson que Córdoba es su ciudad de destino; y así lo ha escrito para dejar constancia de su emoción vívida, sólo echa de menos la presencia del mar que contrarresta con la frase lapidaria: «pero el mar va conmigo». Dotado de una singular inspiración poética y una exuberante capacidad imaginativa, el tema del mar se yergue en su obra como un elemento simbólico recurrente de primer orden, imagen de lo absoluto, lo empíreo, lo misterioso y lo inabarcable: «Pero tú quedarás, mar, siempre a salvo (...) / como insomne testigo / de todas las historias de los hombres (...) / Cuando todos nosotros no seamos siquiera / ni un eco en el olvido».

En la poesía de Clementson, el mar trasciende su dimensión paisajística para convertirse en escenario de lo vital: «Aquí están, / aquí están tus recuerdos, los vestigios / de lo que fue tu vida / (...) los que te constituyen / tal cual eres: el canto de las olas / junto a aquel niño y su inocente gozo / de ver el mar»; y, por ende, en símbolo de lo eterno: «Todo fuera en un tiempo antes del tiempo: / No existía el ayer y la mar era / como una mansa lámina en el alba / de azul tornasolado (...) / Tantos años después vuelve su imagen, / la imagen de aquel niño en la mañana / salvada de las aguas del olvido (...) / aquel silencio / luminoso del mar (...) / subrayando la calma prodigiosa / de aquella eternidad que fue tu infancia».

Rasgo distintivo de la poesía de Clementson es su pertinente intertextualidad con la literatura grecolatina, no sólo por su formación filológica, sino también por su sensibilidad estética. El Mare Nostrum, en esta clave, puede entenderse como un espacio fabuloso con todas sus mitologías de dioses infatuados, sirenas malignas y monstruos de un solo ojo ciclópeo, semidioses, naufragios y aventuras pavorosas; el mar de Homero, de Ulises, de Escila y de Caribdis, de Jasón y los argonautas; el mar color de vino, el mar perpetuo o el violento que aterrara a Horacio, el invicto mar que a vivir nos urge sobre la inmensidad de la nada; y siempre el mar, todos los mares que el poeta amó desde niño y, siendo ya otro, lo insta a seguir manteniendo la sed de la belleza; mar que se trenza y entrelaza con el tópico del ‘homo viator’ arrojado a la intemperie de la existencia, la ‘peregrinatio vitae’ que metaboliza la poética del viaje interior, la búsqueda de sentido y armonía con el cosmos. Tratándose de una poesía contemplativa, el mar nunca es una imagen estática, sino muy al contrario se configura como una presencia activa frente a la que el sujeto poético reacciona movido por la poderosa intensidad de su llamada, un símbolo crucial de su experiencia, de su visión del mundo, un enfoque que transita desde lo eterno a lo transitorio, desde lo universal a lo concreto, desde lo trascendente a lo visible, el resorte que articula la tensión entre el ser finito y la plenitud del cosmos.

La presencia del mar en los poemas de Clementson connota una apertura hacia lo infinito, un eco de lo numinoso que dialoga mejor con la conciencia de la extinción que con el anhelo místico: «pues si el mundo es tan bello, Señor, si se contempla / con tanta paz ya dentro de nuestros propios ojos, / ¿qué más en la otra vida podrás darnos Tú acaso? / ¿Te quedan otros mundos? / Yo me basto con éste». Y en este contexto se revela el doloroso ‘ubi sunt’?, la nostalgia por el pasado perdido, recuerdo de un mundo más armonioso: «Lenta luna silenciosa / (...) que ajena e impasible asistes / al vivir de los humanos, / ayer, junto al mar, mi infancia /aureolabas con tus rayos; / hoy, tierra adentro, plateas / las cosechas de mis años (...) / mientras aún canta en mi oído / el son de aquel mar lejano»; que se engarza descarnadamente con el sentimiento humano de desaparecer sin haber gozado de las rosas que se perpetúan floreciendo: «tú ya no estas... ya no estás... / y aún siguen frescas las rosas». El tópico del ‘carpe diem’ –unido inexorablemente al ‘collige’, ‘virgo’, ‘rosas’– quiebra el ánimo del poeta abocado a esa «negra sima / que no tiene ni nombre y se hará todo / bajo tierra un silencio hecho olvido (...) / cuando en la sombra / todo este amor sea polvo en nuestro pecho, / humo después, y luego sombra y nada». Filial a Góngora, solo en ocasiones percibí en la obra de Clementson el arrojo enervante y solícito del amor humano («la dulce ciencia que ilumina al mundo»), oxímoron que convoca desde el ardor casi quevedesco («hasta invocarte en mi último suspiro /con tu nombre en mis labios para siempre») la exhalación pletórica del ‘tempus fugit’, del ‘ruit hora’ como conciencia trágica del paso del tiempo y la necesidad de afirmación vital: «tu tiempo / antes de que, fugaz, te escape y huyan / hacia donde no hay sol, ni mar, ni risas, / hacia donde no corre brisa alguna, / a donde no sé cuándo y no sé dónde, / pero que, al menos quedarán aquí / cuando nadie se acuerde de mi nombre».

Porque Clementson maneja con soltura las referencias a la mitología grecolatina, el mar aparece como un espacio mítico por excelencia: Odiseo, Nausícaa, Poseidón, Polifemo, las travesías iniciáticas. En su poesía, los mitos grecolatinos y los tópicos clásicos no funcionan como simples adornos culturales, sino como vehículos profundos de pensamiento existencial, metafísico y poético. Así el mar aparece como un insólito ‘locus amoenus’, un espacio idealizado que nos vincula a la naturaleza mediterránea, pero también a los paisajes interiores del alma: «Aquí en esta terraza (...) / en paz contemplo el mundo (...) / y el mar, leal, que siempre nos espera y que, siempre / juvenil, nos sonríe, cada nueva mañana (...). Recupero un paisaje perdido en la memoria / una patria ancestral antes de sus heridas. / Queda el rumor del mar en toda su pureza / su palabra inocente de espuma en flor y brisa (...) / Busco un país más puro, aquel mar fiel de antaño / de hace ya tanto tiempo que es ya sólo un recuerdo». Frente a la finitud del ser humano, la vastedad marina representa una instancia que excede lo empírico y remite a una realidad metafísica: «No otra cosa es mi fe, / esta simple y gloriosa / oración de las cosas, un agradecimiento / por el sol, y los frutos, y los días, y esas olas / que no envejecen nunca en su eterno retorno (...) / mientras nosotros somos un instante y pasamos / un instante de luz entre dos sombras ciegas».

Influencias

Este tratamiento recuerda, en cierta medida, el uso del mar en poetas como Paul Valéry o Juan Ramón Jiménez, donde la imagen marina se convierte en umbral hacia lo trascendente. Las imágenes del oleaje, la espuma o el horizonte actúan como correlatos objetivos de estados emocionales: la soledad, la melancolía, la búsqueda, la consumación o la esperanza. Esta función simbólica conecta con una concepción romántica y vivencial del paisaje, donde la naturaleza reflecta las oscilaciones del yo lírico. El mar no es un objeto contemplado desde fuera, sino una realidad íntima, experimentada desde la introspección, desde la conciencia de ser. Pero la poesía de Carlos no se queda únicamente en el diálogo con la tradición. Consciente de la responsabilidad del escritor, en su obra se percibe claramente la atracción humanista, enraizada en lo clásico y proyectada hacia lo universal. Clementson no se limita a reproducir el mito, sino que lo reinterpreta, lo humaniza, lo somete a una nueva mirada crítica. Los agonistas míticos aparecen como arquetipos del poeta, del viajero, del creador o del individuo enfrentado a su destino. En muchos de sus poemas, el mito es una vía para hablar de lo contemporáneo, del dolor humano, de la búsqueda de belleza o del conflicto entre razón y pasión. Esta interpretación conecta su obra con la de otros autores como Rilke o Hölderlin, en los que se revela la búsqueda de un lenguaje que trascienda lo cotidiano, que roce el alto vuelo de lo sagrado, lo intemporal y lo arquetípico.

Siempre Córdoba

Y sabemos que aspiras siempre a este alto vuelo porque amas Córdoba, la ciudad de Séneca, Lucano, Averroes, Maimónides, Luis de Góngora, el Inca Garcilaso de la Vega, el Duque de Rivas, Juan Valera, Ricardo Molina o Pablo García Baena. Nadie podrá poner jamás en duda la pasión de Carlos Clementson por Córdoba. Nadie con más autoridad que él ha dedicado su vida a verter en poemas la majestad de esta ciudad acogedora de la savia de tan fértiles culturas. Nadie que sienta como él el orgullo de ser partícipe de una historia como la nuestra, par sólo a las de Jerusalén o Roma. Nadie que asuma con tanta vehemencia la responsabilidad que supone ser hijo de Córdoba. No basta con efímeros homenajes que nos acerquen a su historia más íntima. La ciudad le debe un gesto que guarde y recuerde su memoria. Y aunque Córdoba no sea capaz de reconocer tanto y tan memorable como has legado en tu palabra celebrando su gloria, no lo dudes, poeta, profesor, buen amigo, alguien hará que tu voz suene de nuevo, incluso en lo oscuro, porque, aunque no se oiga el mar de entonces, en tus versos seguirá escuchándose el sonido del mar.

¿Y cuándo su poesía reunida?

Aunque se ha publicado que nuestro poeta –traductor y crítico– se adscribe a la corriente culturalista de los Novísimos, lo cierto es que, aparte de cualquier otra atribución siempre acreditada, Carlos Clementson se erige en un referente original, inequívoco y pleno de la poesía que bebe en el Mare Nostrum, condiciendo en su pulsada y extensa obra los prodigiosos dones de la emoción y la palabra. Profesor titular de la Universidad de Córdoba, se doctora en Filología Románica con una tesis sobre Ricardo Molina, prócer de Cántico y maestro de maestros. Inexcusable es su ensayo ‘Ricardo Molina, perfil de un poeta’ (1986), al que se suman, entre otros, ‘Cisne andaluz. Nueva antología poética en honor de Góngora’ (2011); los dos volúmenes de ‘Poesía francesa (Historia y antología de la Edad Media al siglo XX’ (2019), ‘Entre Dios y la nada. La poesía de Miguel de Unamuno’ (2020) y ‘Cántico, una brillante pléyade poética en la Córdoba de postguerra’ (2022). Otra de sus tenaces dedicaciones es la traducción poética, habiendo trasladado al español con innegable talento poético obras de Du Bellay (1991), Carles Riba (1992), Almeida Garret (1998), Sophia de Mello (2000), Camoens (2014), Barbosa du Bocage (2016), Ronsard (Premio a la Traducción de las Universidades Españolas, 2017); y compilado diferentes antologías de autores portugueses (‘Alma minha gentil. Antología general de la poesía portuguesa’, 2010. Premio a la traducción Giovanni Pontiero), catalanes (‘Esta luz de Sinera. Antología general de la poesía catalana, 2011), gallegos (‘Sinfonía atlántica. Antología general de la poesía gallega’, 2012), franceses (‘Las rosas de la vida. Antología de la poesía francesa’, 2015), ingleses (‘La belleza es verdad’, 2018, y ‘El ruiseñor y la alondra. Antología de la mejor poesía en lengua inglesa’, 2023) y griegos (‘La música de Orfeo. Una antología del espíritu griego’, 2022). Aunque donde verdaderamente vierte todo su causal creativo es en la poesía, siendo su primera obra publicada ‘Canto de la afirmación’, Premio Polo de Medina en 1974; a ella le siguen ‘Los argonautas y otros poemas’ (1975), ‘Del mar y otros caminos’ (accésit del Premio Adonais, 1979), ‘El fervor y la ceniza’ (1982), ‘Oda y cosmología para Pablo Neruda’ (1993), ‘Los templos serenos’ (1994), ‘Archipiélagos’ (Premio José Hierro, 1995), ‘Laus bética’ (1996), ‘El color y la forma’ (1996), ‘Región luciente’ (1997), ‘La selva oscura’ (Premio Juan de Mena, 2002), ‘Figuras y mitos’ (2003), ‘Non omnis moriar’ (2006), ‘Córdoba, ciudad de destino’ (2013/2025), ‘Donde nace el mar’ (2015), ‘Retablo para una Edad de Plata’ (2018), ‘Rapsodia ibérica’ (2018), ‘La sonrisa del agua’ (2023) y ‘Pero el mar va conmigo’ (2025). En 1986, se publicaba su primera antología poética ‘Las olas y los años. Antología poética’ (1964-84), corregida y aumentada en 2008; y en 2007 veía la luz una segunda antología titulada ‘Las razones del mar’ (2007). Tal vez ya sea el momento de ver su obra, deslumbradora e incombustible, finalmente reunida.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents