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Singularidades y no

El nombre es lo de menos

El autor alerta del abuso de apelativos hacia los escritores

Federico García Lorca es un escritor universal.

Federico García Lorca es un escritor universal. / CÓRDOBA

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Córdoba

Que, en los últimos tiempos, la apócope «gran» se ha popularizado hasta el punto de convertirse en una muletilla omnipresente en redes sociales, presentaciones de libros y discursos públicos, lo sabe todo ‘quisqui’. Se ha vuelto casi obligatorio el uso de expresiones como «el gran Rodríguez», «el gran Fernández» o «el gran Perico el de los palotes», como si la denominación de grandeza se otorgara por inercia, sin la debida valoración. Ciertamente, hay figuras cuya relevancia histórica y artística justifica el uso de este calificativo. Nadie discutiría que Federico García Lorca, Pablo García Baena, Pablo Picasso o Julio Romero de Torres merecen ser llamados «grandes». Sin embargo, la inflación de estos apelativos, aplicados indiscriminadamente a cualquier personaje, desvirtúa su significado y transforma el elogio en un recurso vacío. Una excesiva adulación en las redes ya es notoria; cargar las tintas en el acto y momento de dar a conocer una obra nos parece, cuanto menos, un desapego. Más preocupante aún es la proliferación de expresiones como «el mejor de su generación», «el mejor del último cuarto de siglo» o, en un alarde de exageración, «el mejor poeta de este siglo». Y nos quedamos tan anchos. Son afirmaciones categóricas que, lejos de aportar una aserción real, parecen más un ejercicio de marketing que una estimación rigurosa. La ausencia de medida no solo distorsiona el concepto de excelencia, sino que también banaliza los verdaderos logros. Es legítimo preguntarse si esta tendencia es beneficiosa para el fomento de la cultura y de la poesía, hacer nuevos lectores o creadores, si se está perdiendo la precisión y el criterio al conocimiento de una obra o autor. Pues no se trata de una carrera acelerada hacia el superlativo sin reflexión, ya que la reducción a lo esencial puede crear una estética más impactante y elegante. Las formas tienen también su lenguaje propio, su compostura y protocolo, y no todo necesita estar envuelto en lo preeminente para transmitir respeto o reconocimiento.

Además, quienes participan en estos eventos, tanto lectores como escritores, conocen bien el terreno y saben diferenciar lo que es una distinción legítima de lo que es mera exageración. Ni siquiera es una cuestión de moda, sino una burda estrategia en exceso que termina restando credibilidad a un buen texto y, sobre todo, la calidad habla por sí sola. Tampoco hay que tomarles el pelo a los asistentes y público del acto y actividad que nos toca, que, por otra parte, son gente de saber y poetas que saben quién es quién y por dónde van los tiros. Solamente cabe preguntarse si es necesario en lugar de levantar un debate, y no este abuso de alabanzas y lindezas. Menos, es más. En el caso que nos toca, de la poesía, se tienen dos momentos fundacionales, cuando se descubre al poeta y cuando se convierte en imagen y la imagen regresa al silencio.

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