NOVELA
El hueco voraz

El hueco voraz / CÓRDOBA
Por un lado está el tiempo vivo de los muertos, un interregno de aquellos que llegaron para arrastrar «un hueco». Por otro, el tiempo congelado de los vivos, entre el olvido y el recuerdo, aferrándose al abismo de los que ya no están. La bisagra que une los dos mundos, el de los aparecidos desaparecidos frente a los que nunca se fueron, es la fragilidad de un lenguaje vuelto del revés donde las palabras son «como tajos», un lenguaje muy distinto a lo que nos tenía acostumbrados Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978), habitualmente de fraseo largo y cadencioso que aquí muta a conciso y rápido. En ‘Los vivos’ el autor abre un camino apenas transitado, si cabe más extraño cuanto que ha confesado que creía que esta iba a ser su novela más costosa y más voluminosa.
La historia es la de Hincapié y Vestigia, protagonistas de esta bajada al infierno que creen «que su memoria volverá, aunque no se sepa de ninguno que, en efecto, haya recordado. Esa necesidad de pasado bloquea su futuro y hace que su presente esté siempre facturado. Por eso se aferran a la espera y por eso la desesperación los condena a cualquier forma de esperanza». En realidad, es la historia común de un país y un trauma sin final inenarrable e inabordable desde la literatura: la de aquellos que desaparecen y vuelven a aparecer (o no) mientras los vivos esperan que regresen de no se sabe dónde, ni cuándo, ni cómo. Es también la historia de Lucía. Es la historia del niño y de la vidente. Todos ellos participan del mismo murmullo: «Somos nuestros muertos, los sentimos y nos sienten, aunque no podamos comunicarnos porque olvidaron nuestra lengua y no conocemos la suya». Es arduo contar el argumento porque el desaparecido aquí es una trama apenas dibujada y sostenida solo por la fuerza centrípeta del lenguaje, unas «palabras vueltas cosas o nudos entre cosas; las palabras como puentes entre el antes y el después, dándole forma al tiempo». Como siempre en Monge, el tiempo convertido en lenguaje, los personajes convertidos en lenguaje, la densidad de la trama convertida en lenguaje para acabar atravesándolo como si fuera la única experiencia literaria posible. Por eso de Vestigia se puede decir que «se había vuelto piedra, y liquen, musgo y hierba, rastrojo y tallo, savia y planta y paisaje». Por eso se puede nombrar al pueblo ‘comca’ac’ que tiene «una lengua que no comparte raíz con ninguna otra del planeta y que da prioridad a lo que no está, en vez de dársela a lo que está». Lo importante en este libro es nombrar la ausencia, y no ignorar que todo depende de la angustia de la forma, de un compromiso con el lenguaje que está ligado a su misma brutalidad que necesariamente está indisimulado por las cuatro categorías que ensamblan los capítulos del libro: memoria, olvido, soledad y locura.
Las vidas de Hincapié y Vestigia no tienen punto de encuentro porque «aquello que ellos eran no fue una cosa, fueron las dos caras de un solo temor: no estar donde se debe y que el otro deje de estar». Ni tienen un espacio compartido: hay una tierra más allá de la tierra. El tiempo y el espacio retorcidos sobre sí mismos como una amalgama de duraciones para decir, y de qué modo, la lengua de los muertos -«un rumor, algo que fue y que ya no es, una huella»- que no puede ser literaria pero que solo la literatura puede decir.
‘Los vivos’.
Autor: Emiliano Monge.
Editorial: Random House. Madrid, 2024.
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