ANTOLOGÍA
La 'religiosidad' de Miguel Hernández
José María Balcells recupera los versos místicos del poeta de Orihuela en ‘Asuntos del cielo’

Miguel Hernández. / FUNDACIÓN MIGUEL HERNÁNDEZ / EUROPA PRESS
Miguel Hernández escribió dos poemas, en tono poco habitual en él, que anunciaban un cambio importante en su modo de entender la vida. El primero, «Alba de hachas», es manifestación claramente revolucionaria: «¡A las aladas hachas, compañeros, / sobre los viejos troncos carcomidos! / Que nos teman, que se echen al cuello las raíces / y se ahorquen...». El segundo, «Sonreídme», es manifestación de abandono de la fe: «Me libré de los templos, sonreídme, / donde me consumía con tristeza de lámpara». No llegó a publicarlos ni sabemos exactamente cuándo los escribió, pero una carta a Juan Guerrero Ruiz, de junio de 1935, da una pista importante: «Estoy harto y arrepentido de haber hecho cosas al servicio de Dios y de la tontería católica». También por entonces le escribe a José Bergamín que la revista ‘El Gallo Crisis’ que, a imitación de ‘La Gaceta Literaria’, de Giménez Caballero, hacía Ramón Sijé, era de un «catolicismo exacerbado, intransigente». ¿Qué pretendía con esas cartas Hernández, que no era un joven tan inocente como repiten sus panegiristas? Tanto Guerrero como Bergamín eran católicos conocidos, aunque liberales. Sin duda alejarse de la revista de Sijé, donde publicaba con asiduidad, porque en Madrid, aunque era seguida en el mundo literario, parecía demasiado eclesiástica.
Por sus amigos oriolanos conoció la poesía moderna, pero la experiencia neogongorina de ‘Perito en lunas’ llegó cuando la moda barroca había pasado. Los esposos Carmen Conde y Antonio Oliver Belmás, especialmente este último, intelectual y poeta bien relacionado, le descubrieron los grandes poetas del 27. A los falangistas del 36, los conocerá por ‘El Gallo Crisis’. Lo interesante de los dos poemas citados es que demuestran que Miguel se descubrió como proletario (abriendo un ciclo que culminará dos años más tarde con el poema «Las desiertas abarcas») y que había roto con su fe católica, lo que significó, evidentemente, romper también con unas creencias, unos temas de inspiración e, incluso, una retórica formal (como titular en letras capitales más un guion, más una palabra en mayúscula, «CIEGO-espiritual», o abusar del oxímoron y de la paradoja). Me refiero al periodo de escritura de los Silbos. Suele decirse que la influencia de Neruda fue trascendente -y lo fue para su acercamiento al surrealismo, junto a la de Aleixandre- mas creo que mayor ideológicamente fue la del poeta argentino de ascendencia española Raúl González Tuñón, autor de ‘La rosa blindada’ (1936), a quien conoció en mayo de 1935. Éste ha explicado cómo el alicantino le pedía aclaración de muchos temas políticos y de estética proletaria. Sospecho que esas conversaciones, están en el fondo de ‘Viento del pueblo’ y otros poemas de guerra y, desde luego, en la violencia de esos dos poemas de 1935.
El ambiente del pueblo explica poemas como «El Nazareno», «Plegaria» o «La procesión huertana»
Si la poesía de combate hernandiana es, junto a la amorosa, la más leída y comentada, «Sonreídme» obliga a echar la mirada atrás, para releer la amplia poesía religiosa del poeta, que ahora ha antologado uno de los mejores analistas de Miguel Hernández desde principios de los años setenta, José María Balcells. Me gusta recordar aquí su lectura de ‘El rayo que no cesa’ como cancionero amoroso a la manera renacentista y barroca. Además de lo leído en Orihuela, el trabajo en la Biblioteca Nacional de Madrid, por encargo del erudito José María de Cossío, le proporcionó a Miguel un amplio conocimiento de los clásicos. Tuvo que buscar y copiar (no existían las fotocopias) páginas de los escritores del Siglo de Oro, lo que le hizo perfeccionarse en la métrica clásica, especialmente el soneto, y en la construcción teatral, como demuestran ‘El torero más valiente’ o el auto sacramental ‘Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras’, en el que existen influencias de Calderón o de Lope de Vega. El ambiente del pueblo explica poemas como «El Nazareno», en alejandrinos modernistas, «Plegaria» a la imagen de la Virgen, «La procesión huertana», de métrica rubeniana, así como otros poemas iniciales de escasa calidad, en los que se muestra un concepto poético aún de transparencia realista, con escasísimo juego metafórico, donde Balcells subraya la dimensión sagrada del mundo. Sería inimaginable que el acontecer diario de Orihuela no configurase el pensamiento de un joven voluntarioso.
Las nuevas amistades y las lecturas promueven un cambio estético, que demuestra el neogongorismo del ciclo de ‘Perito en lunas’. Así, qué diferencia tan grande hay entre «La procesión huertana» («Por la senda barnizada de jazmines y azahares / va rodando blandamente la castiza procesión, / entre gritos dulzaineros y litúrgicos cantares, / de un cohete los soplidos y el batir de un esquilón») y la segunda octava del primer libro, que se refiere a la procesión del Domingo de Ramos («Por el domingo más brillante fuimos / con la luz, enarcada de alborozo, / en ristre, bajo un claustro de mañanas, / hasta el eterno abril de las persianas»).
Retornar a la poesía religiosa de Hernández tiene interés para seguir la evolución de un poeta que llegará a una extraordinaria madurez en ‘El hombre acecha’ y en los poemas agrupados bajo el título ‘Cancionero y romancero de ausencias’, cumbres de la poesía española. Esa «vuelta atrás» es pedagógicamente necesaria porque Miguel recorre la poética moderna en tan sólo ocho años. Su obra se desarrolla exactamente en el mismo corto lapso que la de otro autor que revolucionó nuestras letras, Mariano José de Larra. La concentración de la evolución estética e ideológica.
‘Asuntos del cielo. Antología de poesía religiosa’.
Autor: Miguel Hernández (selección y prólogo de José María Balcells).
Editorial: In-Verso. 2024.
EN UN AMBIENTE MUY CONSERVADOR
Miguel Hernández nació el 30 de octubre de 1910 en Orihuela, pueblo entonces de 35.000 habitantes. Estudió educación primaria en las Escuelas del Ave María y, a los 13 años, pasó al colegio jesuita de Santo Domingo. Tras dos cursos, el padre, pequeño propietario rural, lo retiró para que ayudara en la huerta. Sin embargo, recibió una educación superior a la escasa de los niños campesinos de la época. Formación profundamente católica que lo acercó a la retórica y al mundo clásico y le despertó el gusto por leer. El sacerdote Luis Almarcha, vecino de su familia―canónigo de la catedral, inspirador del periódico ‘El Pueblo’ de Orihuela, órgano de la Federación de Sindicatos Católicos Agrarios y apoyado por la Caja Rural Central, controlada por la Iglesia―, lo dirigió en sus lecturas y primeros poemas. Miguel formó su adolescencia, por lo tanto, en el ambiente católico y extremadamente reaccionario que asfixiaba la vida de los pueblos españoles. Incluso sus jóvenes amigos oriolanos se integraban en las filas conservadoras y eclesiásticas, entre ellos Ramón Sijé. Nada más normal por lo tanto como que, en ese ambiente confesional estéticamente decimonónico, Hernández tuviera una etapa juvenil de poesía religiosa, en absoluto desdeñable porque pronto su modelo fue el ‘Cántico espiritual’ de san Juan de la Cruz. Suele pasarse por alto un importante número de poemas que, aunque figuran en las distintas ediciones de su obra poética, José María Balcells resalta ahora en una bella antología.
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