Catherine Millet (Bois-Colombes, Francia, 1948), autora de la escandalosa, libertina y publicitada La vida sexual de Catherine M., elige la variada obra del británico modernista David Herbert Lawrence (Eastwood, Inglaterra, 1885-Vence, Francia, 1930), autor de obras que en su momento fueron tratadas como pornográficas y escandalosas tales que Mujeres enamoradas o El amante de Lady Chatterley. ¿Qué puede llevar a una autora francesa contemporánea hasta el autor inglés de comienzos del siglo XX y concentrarse en él? Desde la editorial que publica se declara que «exploró como pocos el tema del deseo femenino, cuestionó la moral de su época y fue un literato transgresor. He aquí el nexo de unión con la autora francesa y el porqué de su interés en él y su obra». Sin embargo, la visión de la autora no coincide del todo en la valoración que para la crítica a lo largo de los años ha tenido e incluso en algunos asuntos se separa de lo más generalizado. Tal vez el interés del libro reside en la labor cirujana que se lleva a cabo desde el punto de vista crítico, no tan solo en la recepción actual con ojos ya domesticados en asuntos tabú como el sexo, sino el interés por comprender y mostrar un avezado precursor de una mirada distinta llevada al papel sobre el sexo femenino y su condición.

Millet realiza una (re)visión de Lawrence que desmonta tópicos asentados por repetición. La consecuencia es que al indagar en la biografía del británico, Millet nos acaba hablando también de ella misma, y lo que surge es un entreverado libro que mezcla el ensayo, del que parte, con autobiografía, a la que llega. No se trata de un libro sobre un autor, sino sobre dos autores, la escritora y el estudiado, pese a vivir tiempos y contextos distintos, pero ensamblados como nexo de unión por las cuestiones del sexo femenino. Cuando menos es curioso, y podríamos que añadir, oportuno. El ejercicio de vuelta que supone la relectura tanto contextual como la diacrónica sirve, al modo de algo semejante a la crítica literaria, como un ejercicio vindicativo, una especie de cata en la historia de las mentalidades y la valoración analítica de lo que supone un precursor, avant la lettre, valorado desde una óptica degradante y recuperado desde una óptica que catalogaríamos de visionaria pese a la incomprensión de su tiempo. El deseo femenino ha sido un gran ausente en la literatura, más cercano a los terrenos de la elipsis que a la descripción in praesentia. Si difícil ha sido para una voz femenina expresar el deseo femenino y sus aledaños; más aún, rayano en lo anecdótico, el de una autora protagonista. Un dato como la censura nos aclara lo mencionado. El amante de Lady Chatterley no fue publicado de manera íntegra hasta el año 1960. Es lo que tuvo el tratamiento del sexo con naturalidad ante el poder occidental de la moral judeocatólica y sus variedades. Todo ello podría haber quedado en un coto vedado sino fuese porque se abre a temas que vivifican la mirada regresiva como la vida itinerante del autor con su peculiar pareja -Fiedra-, la temible Primera Guerra Mundial, la vida de los soldados en el frente y la vida miserable de los obreros de su infancia y adolescencia, junto a la situación de Europa en los años veinte. Curioso, se nos describe por parte de la francesa al inglés como un «puritano escandaloso». Lo que resulta destacable en sentido feminista sobre el autor es que sus mujeres literarias nunca aparecen como sumisas.

El título puede inducir a error, no se trata de un panegírico al servicio de Lawrence o del erotismo. El amor debe entenderse como de admiración intelectual de la autora hacia el escritor, un buceo por su singular vida, a la vez que por sus ideas y el origen de muchos de sus personajes, sobre todo los femeninos. El primer acercamiento llega en forma de encargo como artículo, pero de improviso genera una atracción que desemboca en dos años de estudio y en opiniones encontradas con quienes se acercaron antes al escritor inglés como Anaïs Nin, Burgess o Henry Miller, de quienes se pueden rescatar opiniones tan descarnadas como la de «escritura andrógina» o «mujer a medias». Una aportación curiosa reside en que Lawrence sugiere en sus novelas que la revolución de las mujeres no residía en su cambio de estatus social sino en su plena consecución de gozo sexual. Recordemos que nos situamos en los principios del siglo XX. Lawrence presenta cuerpos que se liberan, se desnudan, pero sin epicureísmo, Millet, que en ocasiones deposita entre líneas una socarrona humorada, nos advierte que no era un «precedente hippy». Alguien que no quería participar de su época, que no quería tener casa o muebles de su propiedad.

Un acierto sin lugar a dudas para enriquecer el libro ha sido la reflexión sobre la correspondencia del autor, donde se muestra sin pose de escritor y nos deja algunas perlas como las siguientes: «Francia se parece a un cuchitril, los españoles huelen a cerrado y a rancio y los alemanes construyen sentimientos mentalmente mientras que lo que realmente sienten va por otro lado». O cuando advierte a una amiga que no se «rodee de esa banda de subartistas y literatos mierdas humeantes». Qué interesante es la literatura privada, dónde va a parar en comparación con aquella destinada a lo público. Alguien que es capaz de caer y reconocerlo, como una parte más de la vida, inevitable. Continuar tras ello es la única manera de superarlo. Otro dato curioso que aprendemos de Lawrence es su apego a la reescritura, a la revisión varias veces de lo manuscrito, en lugares poco relacionados con lo que podríamos pensar como lugares adecuados, mesas o bibliotecas.

‘Amar a Lawrence’

Autor: Catherine Millet.

Editorial: Anagrama.

Barcelona, 2021.