Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957) es poeta, novelista y traductora. Ha publicado los poemarios El ojo de Newton (2005), La mordedura blanca (Premio Ricardo Molina, 1989) o La mano muerta cuenta el dinero de la vida (1987); las novelas Latente (2002), Disección de una tormenta (2005), Detrás de la boca (2007), La niebla, tres veces (2011), El faro por dentro (2011), Decir la nieve (2011), Araña, cisne, caballo (2014), Siete pasos más tarde (2017); traductora de Poe, Faulkner, Austen, Brodsky o Auden, acaba de publicar La mitad de la casa (Siruela, 2021).

- La crítica afirma que su narrativa está comprometida con la poesía, ¿su prosa toma frecuentes elementos de ese género?

- Yo creo que la poesía, más que un género, es el alimento fundamental de todos los lenguajes creativos, aquello que los hace perdurables. Por poesía se ha entendido tradicionalmente la escritura de poemas e, incluso, en su momento, costó seguir llamando poemas a una composición de versos que habían eliminado la rima. La poesía de una novela puede residir en su estructura, en la forma de acercarse a las cosas o a la idea de tiempo.

- Su obra, ¿enfrenta a un lector ante una perspectiva sensible distinta, que muestra lo oculto y lo latente de las cosas?

- Ahí estarían, a mi juicio, algunos de los elementos de esa poesía de la que acabamos de hablar. Ese dialogar con una vida invisible o latente. Alguien puede mirarse en un espejo y describir lo que ve, y hay otra literatura interesada en saber qué es un espejo, o en buscar una total identificación con él.

- ¿Hasta qué punto siente que debe reflejar la temporalidad en sus historias, y recurre a la memoria, como en ‘La mitad de la casa’ (2021)?

- Lo que me ha movido a escribir este libro, entre otras cosas, es la idea de un tiempo diferente, que todos conocemos de una manera u otra; en palabras de Pessoa: «la sucesión nunca igual de las horas iguales». Existe el reloj y existen los calendarios, pero también hay experiencias que nos hablan de un tiempo detenido o de un tiempo crecido en el interior del tiempo. Una habitación cerrada durante años parece haber acumulado en su interior otra clase de tiempo o haberse quedado dormida, al margen del tiempo.

- La suya es una visión en todo el proceso narrativo que nos lleva a imaginar aquello que usted no nombra o describe, ¿es ese su poder de persuasión?

- En el pasado, la descripción física de un personaje era casi condición indispensable de un relato. En gran parte de la narrativa contemporánea esa labor descriptiva no existe y es nuestra imaginación la que va apoderándose de las facciones o la corporeidad de un sujeto. Creo que eso mismo es extensivo al espacio, incluso a determinadas acciones que se detienen en una especie de umbral y no llegan a consumarse, salvo en la mente del lector. Tengo confianza en que la fuerza de aquello que ha sido insinuado termine por fructificar en su imaginación.

- Todo está sopesado, se busca atrapar al lector cuando el suspense forma parte, también, del propio autor, ¿se puede asegurar que cuando comenzó su novela no sabía el final?

- Efectivamente, no sabía cómo iba a terminar, sólo conocía la emoción que ponía el libro en marcha, en este caso el tiempo retenido en algo que podría llamarse la casa de la memoria. De alguna forma, sucede algo parecido en una conversación, en la que quieres abordar un tema determinado sobre el que tienes algunas ideas previas. En el desarrollo de la conversación aparecerán elementos que ni siquiera sospechabas que estaban allí; aparecerá la expresión justa, una forma de decir las cosas que no había sido calculada. Y esa forma precisa de decir las cosas lo es todo en literatura. Este libro no se escribe con el cálculo que requiere un thriller policiaco, está dotado de un suspense psicológico del que yo misma, como autora, participo.

- El libro comienza con una profunda intuición, pero una gran parte desconocida surgirá en el proceso de la escritura, ¿sin ese elemento de encuentro, de sorpresa, esa otra forma de decir no progresaría el relato?

- Así es, yo no podría escribir si conociera todos los elementos de un libro, debe existir un componente desconocido, debe producirse una aventura vital. De otro modo sentiría que me limitaba a transcribir unos hechos.

- Tras leer ‘La mitad de la casa’ se percibe una noción de lo incompleto, puesto que lo contrario ofrecería un mundo cerrado, y en esa casa aún se esconden secretos, cajones y puertas por abrir.

- Sí, no creo que lleguemos a conocer más que una parte de las cosas, una realidad siempre incompleta, entre otras cosas porque hay una parte de nosotros mismos que también lo es, y porque también los demás, incluso las personas más queridas y cercanas, son en gran parte unas desconocidas para sí mismas. La sinceridad es un ejercicio casi imposible, incluso las confesiones más honestas están repletas de lagunas que son consustanciales a la formación del recuerdo. Por otro lado, creo que la literatura ofrece mucho más cuando se aleja de lo categórico y que, efectivamente, lo cerrado no puede interactuar con lo que lo rodea, y en ese sentido, de alguna manera, nace muerto.

- La protagonista vuelve a la residencia familiar de verano para desvelar muchos de los misterios ocultos, o para escenificar parte de ese pasado y encontrar respuestas.

- Vuelve siguiendo una especie de mandato interior, en la fe de que su presencia física en la casa despertará al pasado mismo, hasta el punto de vivir en él. Algo parecido sucede cuando la policía lleva a un asesino a la escena de un crimen. Durante un tiempo parece que jamás haya estado ahí hasta que, de pronto, un objeto o una luz determinada desencadena el recuerdo vívido que había quedado grabado en el almacén de imágenes de su ojo. En la casa del libro, por ejemplo, el sonido de la línea del teléfono, de alguna forma, hace recuperar a la protagonista la idea de un tiempo sin principio ni final.

- La casa no es solo una sucesión de objetos visibles, en sus habitaciones se incuba el misterio de una vida, ¿quizá porque en cada casa hay una parte visible y otra invisible?

- Esta casa es un organismo, un útero de piedra que se va despertando poco a poco. Efectivamente, hay una parte visible y otra invisible, el mismo título del libro tiene que ver con todo aquello que anima una casa y que no se ve. El mismo pegamento de los recuerdos es invisible.

- ¿Cree usted que a lo largo de nuestra existencia el tiempo se detiene no una, sino varias veces, y entonces nos disponemos a buscar el sentido del mismo?

- Sinceramente, creo que buscar sentido al tiempo es una tarea estéril, que no podemos sustraernos a nuestra condición de seres de tiempo. Yo no hablaría de sentido pero sí de experiencias temporales que pueden ayudarnos en una tarea de conocimiento. «Hay claustros en esta hora», escribía también Pessoa. Esos claustros son espacios de liberación de un tiránico yo.

- Si pensamos en la escena en la que la narradora ve a su padre, de unas visiones que no se despierta nunca, ¿qué importancia tiene en la escritura y en la vida el sueño?

- Creo que el sueño es un elemento fundamental de la escritura. Incluso de los escritores llamados realistas. El sueño es otra clase de realidad, que deja en la vigilia un rastro, una memoria, y que es un desencadenante de la imaginación. No es preciso utilizar los sueños mismos como materia de escritura. Los sueños se quedan para decir algo y ese algo, más o menos reconocido, nos moldea también y condiciona nuestra mirada.