Si nos paramos a reflexionar un momento nos daremos cuenta de que los ataques e incendios a las bibliotecas en tiempos de conflagración son una constante que se repite año tras año en cualquier conflicto bélico. Y tomando como punto de partida dicho axioma, Quemar libros nos retrotrae al iniciático momento de la quema de libros «no alemanes y judíos» en la Alemania nazi, como símbolo de su desprecio por la historia, la cultura y el saber. Por ello la obra Quemar libros adquiere una importancia especial en estos tiempos de desarraigo cultural e intelectual, profusamente aprovechado por la extrema derecha en España y en el mundo. Quemar libros es un viaje al pasado más reciente, pero también a nuestra propia conciencia invitándonos a reflexionar sobre la importancia que el libro como objeto adquiere dentro de la necesaria educación de nuestros hijos, a la par que mostrándonos el a menudo solitario camino que recorren todos aquellos que participan en la conservación de su legado. Porque no hay que olvidar que «las bibliotecas han sido y son fundamentales para el sano funcionamiento de la sociedad», son acumulaciones de conocimiento y saber que a menudo suelen molestar a los poderosos, sátrapas imbuidos de poder. Por eso las queman, y por eso resulta especialmente doloroso contemplar, por ejemplo, las ruinas de la biblioteca de una Sarajevo en llamas.

«Una librería es una metáfora de la vida», dejó escrito el profesor y escritor Jorge Carrión cuando publicó su ensayo Librerías. No era entonces, posiblemente, consciente de estar dando rienda suelta al imaginario colectivo, a los deseos de esa pequeña gran masa de coleccionistas (algunos tachados irónica e injustamente de padecer el síndrome de Diógenes) que no podemos viajar a una ciudad sin conocer sus librerías, sus bibliotecas. Nuevas, de viejo, de saldo, de cómics… todas entraron en nuestras vidas para quedarse de una forma estable, para relacionarnos con ellas como si de entes vivos se tratase. Por eso cuando viajamos a París, a la par que la visita obligada a la catedral de Notre Dame (aún en fase de restauración), pasamos una tarde entre las estanterías de Shakespeare and Company. Cuando nos vamos a Egipto lo hacemos con el Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell y, cómo no, si nos embarcamos hacia Buenos Aires, qué mejor que perdernos con la biblioteca de Babel borgiana. Todo cuanto nos rodea son libros. Y las librerías y bibliotecas más antiguas de mundo son ejemplo de supervivencia y tolerancia entre culturas: Bertrand, en Lisboa; Hatchards, en Londres; Lello, en Oporto; Maruzen, en Tokio…. Ahora, con la llegada del nuevo milenio, Amazon ha entendido el mensaje y ha creado la gran librería virtual. En ella ya no podremos encontrar paseando a Joyce, Russel, Kafka o Muñoz Molina, bien es cierto, pero tampoco le será fácil que llegue un Hitler a quemar los volúmenes prohibidos.