L uis Alberto de Cuenca cabalga de nuevo. 100 poemas es la tercera antología personal del poeta madrileño, Premio de la Crítica en 1986 por La caja de plata y Premio Nacional de Poesía en 2015 por Cuaderno de vacaciones . A esta particular selección antológica le antecedieron Jardín de la memoria y Por las calles del tiempo . En esta ocasión, De Cuenca escoge una opción sistemática: diez poemas por cada uno de los libros que el autor considera canónicos de su producción lírica: desde La caja de plata , publicado en 1985, pasando por El otro sueño , El hacha y la rosa , Por fuertes y fronteras , Sin miedo ni esperanza , La vida en llamas , El reino blanco , La mujer y el vampiro , Cuaderno de vacaciones , hasta Bloc de otoño, editado en 2018. Treinta y tres años median entre estas publicaciones que suponen cuarenta años de escritura poética, compartida en estrecho tándem con la producción científica basada, sobre todo, en la traducción y edición crítica de obras de la literatura occidental; actividad filológica que se ha distinguido -dado el carácter inopinado de tan incalificable creador- por ser más artística que académica y más transversal que especializada, creando un vínculo esencial entre la obra creativa y las traducciones que aspiran a integrar lo literal y lo literario, llevándolo a conseguir el Premio Nacional de Traducción por su versión del Cantar de Valtario , texto latino de autor anónimo del siglo X. Esta aspiración de crasis también se refleja en su poesía, donde se funden el estudioso y el creador, sin que ninguno de los dos vértices se perturbe o corrompa. Su obra es el compendio de múltiples instancias donde conviven la herencia patrimonial y los hallazgos de la vanguardia; un modo de culturalismo -o transculturalismo- que integra lo cotidiano y lo libresco; un crisol que deja fluir libremente trascendencia e inmanencia sin que estas nociones queden enfrentadas; un curioso alambique que condice lo popular y lo culto permitiendo su imbricación, extrayendo aquello que temporiza con ambos extremos para acercarnos sin aspereza a su privativa y no tan distante identidad.

Lector empedernido y colector de las más diferentes tradiciones, Luis Alberto de Cuenca ha entendido a la perfección el sentido de la palabra poética, aquella que se asoma con dominio -y descaro- al conticinio de la realidad, pero no se somete a su férula, por muy atrayente que resulte la facilidad de su enunciación y el fútil sesgo de recepción que la emponzoña. Su palabra es siempre álgida, solemne, emulativa, evocadora de un universo refinado que no evita la autocrítica ni se envisca en la complacencia; más aún, nos insta, con lúdica lucidez, a reflexionar sobre nuestras flaquezas, sin rigor, con irónica elegancia, en el fulgor de un jovial arrebato dulcificado por el tono sublime de su genial agudeza. Ecléctico y extemporáneo, nos invita a conocer los entresijos del alma humana, cimentando su ciencia en el acervo de la cultura clásica que se fusiona sin adulterarse en el espacio abierto de la controvertida posmodernidad. Por ello, la poesía de Luis Alberto de Cuenca mantiene el poso discursivo de un filósofo clásico, tachonado de sabrosas sentencias, remozándolo con ese aroma desenfadado -y hasta escéptico- que impide sentir como un agravio cualquier desafuero de su elocuente y liberal palabra, porque «el deber del poeta es escribir/ sobre la compasión, la fortaleza/ y la debilidad, sobre el espíritu/ de sacrificio (que redime al mundo),/ la piedad, el coraje, el heroísmo».

Podría afirmar que De Cuenca es un poeta de ensoñaciones amorosas, un creador avezado a la verdad y la belleza y, por ello, un hombre condenado, como el mítico Tántalo, a no alcanzar en plenitud el objeto de su deseo. Pero frente a cualquier mortal exasperado por la fatalidad de lo imposible, De Cuenca se arrostra impenitente y convierte lo aciago en sinergia de una estimulante vitalidad: «Sin amor, sin amigos, sin dinero,/ loco por una loca bailarina,/ me encontraba yo anoche en una esquina/ que se dobla y conduce al matadero». Quizás porque su pesar y su placer se alimentan en los lagares de Platón, Homero, Eurípides, Calímaco, Virgilio, Píndaro, Euforión de Calcis, Geoffrey de Monmouth, Guilhem de Peiteus, Chrétien de Troyes, Marie de France, Dante, Boscán, Garcilaso, Juan de Yepes, Shakespeare, Calderón de la Barca, Gabriel Bocángel, Góngora, Charles Nodier, Gérard de Nerval, Rubén Darío o Jardiel Poncela. Y así es improbable zozobrar por muy colérico que amenace el mar tempestuoso. La habilidad de la que Luis Alberto hace alarde tanto en la complejidad de la métrica como en la virtualidad del verso libro nos revela su portentoso talento lírico, lo que unido al thesaurum omnium rerum de su ciencia literaria lo convierten en uno de los más grandes poetas que nos ha de legar el siglo XXI, inexcusablemente maherido y malherido por el nefasto ardor de la pandemia.