Ahora que los Novísimos comienzan a jubilarse-" -meditábamos hace unos meses un grupo de amigos hispanistas- "sería necesario llevar a cabo una revisión de sus poéticas, de sus juicios estéticos y del conjunto de tópicos que sobre ellos se ha vertido". Sí, ahora que los Novísimos comienzan a jubilarse... Y parece una paradoja que lo llamado a perpetuarse en eterna novedad, que la epifanía de lo novedoso que a la altura de 1970 definía José María Castellet (nuevo Ortega y Gasset transustanciado en crítico de poesía no fue ése el don que las musas otorgaron al filósofo madrileño]) en su renombrada antología Nueve novísimos poetas españoles , alcance ya la provecta edad histórica en que los asalariados comienzan a abandonar sus puestos de trabajo para disfrutar de los frutos de la edad tardía, o, por decirlo con términos orteguianos, comienzan a entrar en esa edad augusta en que las generaciones se apartan del tráfago del devenir histórico. Seguramente ninguna de las dos aseveraciones sea verdad: ni la epifanía de la novedad descrita por Castellet hace cuarenta años era tal, ni quienes llevaron a cabo la renovación poética de aquellos años están dispuestos a apartarse del devenir histórico y literario. Lo cierto, esto sí, es que aquellas nueve voces nuevas, como unas nuevas nueve musas, nuevas hijas de Zeus y Mnemósine, conmovieron y removieron el, hasta cierto punto, un tanto acartonado panorama poético en los últimos años del régimen instaurado por aquel dictadorzuelo galaico-antillano, prefigurado en el Tirano Banderas valleinclanesco, que aún seguía asesinando a sus súbditos, sometidos e insumisos, y del que, para mayor oprobio (nunca es suficiente el blindaje con esta ralea), omitiré su nombre, no sea que invocándolo, como a Satán, se nos aparezca y nos dé un buen susto. Y digo "acartonado panorama poético" no porque las figuras que lo formaran fueran siluetas proyectadas en un nuevo Callejón del Gato, mostrando sus deformidades, correlatos objetivos de las del país que sufrían y habitaban, sino porque la crítica, y el propio régimen, se empeñaban en seguir mostrándolo así, acartonado, con las dos muletillas ("poesía arraigada" y "poesía desarraigada") que había inventado casi veinte años atrás Dámaso Alonso y que apenas conseguían disimular la realidad que enmascaraban: la de la España dividida que se había enfrentado en la contienda civil y que los treinta años de paz (del cementerio) recién celebrados apenas habían conseguido apaciguar.

Aquella antología era un síntoma más del divorcio cultural en la España de la época, del intento de modernizar el país y de hacer evidente dicha modernidad. Era lógico que tal síntoma no fuera comprendido por aquellas zonas que aún no habían desertado del arado y que sufrían con renovado peso el yugo (y quizás también las flechas) del sistema medieval que aún acogotaba a seres humanos; y es que entonces viajar por España era como montar en la máquina del tiempo. Pero en algunas zonas de la periferia, todo era distinto. ¡Qué decir de la amilanesada Barcelona de fines de los sesenta, donde se instaló el primer drugstore que hubo en España! Me imagino allí a aquellos jóvenes poetas de largas patillas y melenas incipientes, conversando con sus amigos, ¡con qué caras les habrían mirado si, por un juego borgiano, al abandonar el drugstore barcelonés hubieran salido a las calles de un pueblo en la sierra de Jaén! ¡Parece casi una imagen, a la inversa, de una película de Paco Martínez Soria! Y es que, ¡qué próximo todo ese mundo gris, empobrecido, del que se quería desertar alejándose a la velocidad de la luz! En esta situación (valga el término sartriano) o en esta circunstancia (valga el término orteguiano), no es extraño que la mencionada antología, la poética que recogía y emblematizaba, e incluso la transformación ética e histórica de que era síntoma, fueran recibidas por los más conspicuos defensores (que no practicantes) de la mal denominada "poesía social" (¿hay alguna que no lo sea?) como "pedrada en ojo de boticario", máxime cuando aquellos poetas que la habían llevado a su más alta cima habían sido conscientes de la necesidad de imprimir un cambio de rumbo a las poéticas social--realistas desde hacía casi una década. Juan Antonio Masoliver Ródenas subrayaba en un comentario a la antología publicado en La Vanguardia : "Dentro de esa sorprendente cautela no se atreve a decir que la polémica de los novísimos se centra contra Blas de Otero y contra el aspecto social de Machado". No creo que fuera exacto el juicio. Tal como apuntaba un reseñista de la época, y aunque algún otro se imaginara a alguno de los Novísimos zahiriendo a tutiplén a oterazos y celayazos, "tampoco nadie defiende a capa y espada los modelos en boga cuando el llamado socialrealismo, de cuyo auge el mismo Castellet no está exento de responsabilidad". Ni tan siquiera los propios poetas sociales, cuya obra discurría ya por cauces bien distintos, si no de lo social, sí al menos del realismo, pese a que como narra Martínez Sarrión en Jazz y días de lluvia , el propio Celaya espetara a Otero, ante la presencia del castelletiano: "Aquí los tienes, Blas. Estos mozos parece que están decididos a ponernos fuera de circulación". No, solo ojos muy miopes (y los de Celaya no lo eran en absoluto) podían ver las nuevas propuestas estéticas como la voluntad de poner "fuera de circulación" a los poetas precedentes más importantes, solo una mirada miope podía obviar lo que de admiración por los viejos maestros había en las nuevas poéticas; a lo sumo lo que se trataba de poner "fuera de circulación" era la caterva de poetastros que bajo el manto de la poesía como "testimonio" y de "las buenas intenciones", como en la novela de Max Aub, habían hallado un cobijo para sus malos versos. De ello, lógicamente, no eran culpables ni Otero, ni Celaya, ni tampoco Angel González, Gil de Biedma o el propio Castellet, del mismo modo que ni Lorca ni Alberti habían sido culpables de las canciones de Rafael de León o de los ripios de José María Pemán.

Cuarenta años después perviven aquellas poéticas, muestra de que el tiro, aunque no matara fantasmas estéticos ni saboteara realidades políticas, no resultaba del todo errado. Aquellos nueve poetas nuevos, aquellos nueve nova novorum , por enlazar con el símil orteguiano, han llegado a la edad de la jubilación (todos, excepto el recordado Manuel Vázquez Montalbán), con una buena porción de libros de calidad en sus manos y sorprendiéndonos cada día con nuevas creaciones. No estaban, ni están, todos los que son; fuera de la antología se quedaron grandes voces, magníficos poetas que han ido ocupando su lugar en la historia de la poesía reciente. Pero sí son todos los que están. Celebremos el jubileo con alegría. Y que bufe el eunuco.