El callejero
Santa Isabel, la de San Pancracio
La calle recibe el nombre del antiguo convento de Santa Isabel de los Ángeles, donde se veneraba al santo

La calle de San Pancracio. / A. J. González
En el histórico barrio de Santa Marina, desde la plaza del mismo nombre hasta el cruce de las calles Juan Rufo, Rejas de Don Gome y Enrique Redel, transcurre la calle Santa Isabel, que recibe su nombre del antiguo convento de Santa Isabel de los Ángeles que en ella se ubicaba y que se ubicó ahí, junto a un arroyo, que recibía igualmente el nombre de Santa Isabel.
El convento, declarado Bien de Interés Cultural en 2018, fue fundado en 1491 por María de Villaseca y posee una interesante fachada del siglo XVII en la que intervinieron importantes arquitectos como Juan de Ochoa o Sebastián Vidal y en la que podía verse el escudo de armas de la familia fundadora. El convento se organizaba en torno a siete patios, destacando el edificio que conformaba el lateral de la plaza Conde de Priego. La iglesia, de planta rectangular y de una sola nave, se concluyó en 1516, y en ella destaca el relieve de la visitación de la Virgen a Santa Isabel, obra del escultor sevillano Pedro Roldán, que preside el altar mayor. Otros edificios del conjunto, como la sacristía, están datados en el siglo XVII.
Este convento era conocido popularmente como de San Pancracio, niño mártir frigio del siglo IV decapitado por no renunciar a su fe, cuya figura veneraban muchas personas cada miércoles para pedir salud y trabajo.
En 2017, el convento fue objeto de polémica tras la venta del inmueble por parte de las clarisas para la construcción de un hotel. El entonces marqués de Villaseca, Eduardo Cabrera, denunció a la orden religiosa por la extracción e incineración de los restos de la familia donante enterrados en el recinto. Las diligencias quedaron archivadas, aunque Cabrera recurrió en varias ocasiones.
En enero de 2025, la cadena Zenit Hoteles inició los trabajos para convertir el antiguo convento en hotel. Actualmente, la obra continúa y le restan aún unos 15 meses para su conclusión.
Camino al Palacio de Viana
Frente a la puerta del convento, en la acera contraria, junto a la famosa floristería Santa Marina, encontramos un retablo cerámico que fue inaugurado en 2011 por la cofradía de María Santísima de la Esperanza. La pieza, ubicada donde se había fundado la hermandad en 1940, muestra al Señor de las Penas vestido con túnica roja. El azulejo, fue un regalo para la hermandad por parte de su cuadrilla de hermanos costaleros en conmemoración del 35 aniversario de su creación y se sitúa frente al local del que muchos años salió la Virgen durante su etapa en Santa Marina.
En el retablo cerámico se puede leer «Que el Señor de los Gitanos bendiga, cuide y guarde a este barrio y a su gente, cuna que lo vio nacer».
Siguiendo calle abajo, en la esquina con la calle Obispo Alguacil, nos topamos con una de esas tabernas de toda la vida: El Barrilero (no confundir con Barrilero Córdoba).
En este punto, la calle, que discurre entre casas de dos plantas encaladas, se estrecha, pero solo unos metros más adelante se abre junto a la Plaza de Don Gome (antaño Plaza de Villaseca), entrada a uno de los espacios histórico-culturales más interesantes de la capital cordobesa: El Palacio de Viana, la casa señorial más importante y mejor conservada de Córdoba y de España.
El Palacio de Viana aglutina la mayor concentración de patios de la ciudad y una casa-palacio llena de muebles, obras de arte, patrimonio e historia, reunidos por sus 18 propietarios a lo largo de cinco siglos de historia, entre 1425 y 1980. Solo un año después de dejar de ser vivienda, el Palacio fue declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional y dos años después, en 1983, Jardín Histórico-Artístico. Desde luego, la visita al palacio que construyó Ruy Fernández, señor de Fuentecubierta, es siempre recomendable.
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