Historias del Centro
La Escuela de Arte Drámatico y Nono
La aparición más sonada se produjo a mitad de los años 90, con apagones y golpes

Acceso al Conservatorio de Danza, que comunica con la Escuela de Arte Dramático. / A. J. González
En la calle Blanco Belmonte se levanta el antiguo palacio de los Condes de las Quemadas, la casa solariega del siglo XVII de los Fernández de Mesa, que hoy es sede de la Escuela Superior de Arte Dramático (ESAD) Miguel Salcedo Hierro y del Conservatorio Profesional de Danza Luis del Río. Tras pasar por diversas manos, el edificio fue adquirido en 1981 por el Ministerio de Educación para destinarlo a consolidar la creación de la entonces Escuela de Arte Dramático y Danza de Córdoba. Tras la primera gran reforma de 1983-84, en 1997 el palacio se unió a la casa de los Cortés de Mesa.
En la fachada principal, destaca la portada, articulada en dos cuerpos. El cuerpo inferior está ocupado por una puerta adintelada, flanqueada por columnas y pilastras que soportan un entablamento clásico y un frontón curvo roto por el segundo cuerpo, presidido por el escudo de la familia Fernández de Mesa. La entrada al edificio está precedida por un pequeño espacio, conocida antaño como la plazuela del Ave María, que tenía por objetivo enfatizar la portada y dejar sitio para recibir a los carruajes hasta la misma puerta de la vivienda. En el interior, cabe mencionar la escalera principal de dos tramos, construida en el siglo XVI, con decoración de yeserías con motivos heráldicos, y el patio principal de estilo barroco de planta trapezoidal y con galerías de columnas. Existe un segundo patio, también de gran belleza.
Al palacio, que está declarado Bien de Interés Cultural, no le falta su leyenda, aunque es algo imprecisa y, probablemente, falta de base.
En fecha indeterminada, al parecer, había una casa de vecinos en donde hoy está la ESAD. En el espacio que hoy ocupa el aula 5 de la Escuela cuenta la leyenda que un zapatero remendón, cuyo nombre no ha pasado a la posteridad pero que es conocido por el apodo de Nono, tenía su banco de trabajo. Según la tradición oral, al zapatero le gustaba tomarse unos medios de vez en cuando. No sabemos si este detalle tuvo algo que ver en la acumulación de deudas que acuciaron al hombre hasta que, sin ver otra posible salida, optó por el suicidio. Así, Nono se quitó la vida ahorcándose y, con ello, se condenó a vagar por toda la eternidad en el mismo lugar donde perdió la vida.
El espectro del zapatero
Aunque no hay constancia de que el fantasma de Nono se apareciera a los condes de las Quemadas ni a los siguientes propietarios del palacio, se cuenta que son muchos quienes se han topado con el espectro del zapatero.
En los años 90 del pasado siglo, Nono estuvo bastante activo. Una alumna, cuya identidad tampoco ha trascendido, contaba que una tarde después de una clase, cuando estaba recogiendo sus cosas, sintió pasos por el pasillo. La puerta se abrió y se cerró sin que nadie entrara o estuviera al otro lado. La joven, lejos de amedrentarse, pensó que había sido el aire el que había movido la puerta, pero unos momentos después volvió a sentir pasos y allí no había nadie más que ella. Sintió frío y una voz que le decía «no tengas prisa». Entonces, salió corriendo sin mirar atrás y no volvió a quedarse sola nunca más en aquella aula. No fue esta la única alumna que ha descrito una experiencia extraña y de difícil explicación.
También se cuenta que un vigilante de seguridad de la escuela, también una tarde, se encontraba en la planta baja cuando sintió como si alguien o algo rompiera el cristal de una ventana. De inmediato fue a ver que estaba pasando, pero no encontró nada, ni ventana rota, ni a nadie. Cuando ya se marchaba de hacer aquella ronda, algo llamo su atención; «Era un hombre embozado en una vieja capa con sombrero y botas que caminaba hacia uno de los pasillos.... lo llamé y el tipo se volvió, agacho la cabeza, descubrió sus ojos, me miró fijamente y supe enseguida que aquel hombre no era de este mundo», relataba.
Sin embargo, la experiencia más sonada se produjo a mediados de los 90, durante una clase, se empezaron a oír golpes en la pared, la música se paró y la luz se apagó. Intentando quitarle importancia, volvieron a poner la música y encendieron las luces, pero los golpes en la pared se volvieron incesantes y ensordecedores, la música se volvió a parar, las luces se apagaron y las persianas se bajaron de golpe, dejando a la clase en penumbra bajo los golpes inexplicables.
Al menos Nono está bien acompañado de artistas en ciernes.
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