Historias del Centro
El convento del Corpus Christi

El convento del Corpus Christi / Manuel Murillo
La Fundación Gala ocupa desde primeros de siglo el que fuera el convento del Corpus Christi que impulsó el obispo fray Diego Mardones en 1608, en donde entonces estaba una ermita dedicada a San Benito (de la Orden de Alcántara). De hecho, sobre la puerta de acceso a la clausura se conserva el escudo episcopal de Mardones, que cedió el convento, que podría incluir la casa natal de Séneca, a las monjas recoletas de la Orden de Santo Domingo, quienes lo regentaron hasta 1992, 384 años desde su fundación. Para fundar el convento, fray Diego Mardones trajo de Toledo a cuatro monjas: sor Blanca de la Cruz —hija de los duques de Alcalá y primera abadesa—, sor María de Santo Domingo, sor Beatriz del Espíritu Santo y sor Beatriz de Santa María. A ellas se sumaron las monjas cordobesas María de Jesús y Magdalena de Santa Leocadia.
El solar que ocupa la construcción, según el plano catastral, tiene una superficie de suelo de 2.140 m2 y 3.690 m2 construidos en una estructura laberíntica y en varios niveles. La fachada es una tapia ciega con portada barroca de ladrillo aplantillado con arco de medio punto y frontón triangular con pináculos. Desde el portón de entrada se accede al compás de entrada de la iglesia, que era de una sola nave con coros alto y bajo. El claustro principal tiene dos plantas con arcos de medio punto sobre columnas toscanas. Desde el claustro se accedía al refectorio, la sala capitular, la biblioteca, la iglesia y las celdas. Otros patios menores se encuentran en posición lateral.
La primera ampliación del convento se llevó a cabo en 1628 con la compra de una casa que pertenecía a Carlos Guajardo Fajardo y Herrera, caballero veinticuatro, y su esposa, Mencía María de Pineda, a las que las dominicas irían añadiendo otras construcciones colindantes en el siguiente siglo y un callejón, llamado de «la patera», porque en él se vendían patos y otras aves.
El obispo Cristóbal de Lobera y Torres continuó la ampliación y ya en 1720 el obispo Marcelino de Siuri y Navarro destinó 6.000 ducados de la época para reformarlo.
El antiguo convento llegó a ocupar una superficie de 2.140 metros cuadrados
Historias del convento
En 1858 ocurrió uno de los sucesos más trágicos relacionados con el convento. Al tratarse de un convento de clausura, las monjas contaban con unos «monjeros», una familia que vivía en la portería del edificio y que se encargaba de los recados. Según fuentes de la época, una mañana, el marido fue a hacer la compra y al volver se encontró a su mujer muerta, y a su hijo escondido bajo las sábanas de la cama. Un ladrón había intentado entrar a robar al convento y, al oponerse la mujer a darle las llaves, la apuñaló delante del hijo (en algunos relatos son dos los hijos), al que amenazó con que si gritaba, haría lo mismo con él. Gracias a la descripción del pequeño, que dijo que el hombre tenía un ojo velado, se pudo identificar a un hombre al que detuvieron, pero al que no pudieron acusar del crimen por falta de pruebas, aunque lo condenaron a prisión por un tiempo prolongado.
Otra historia, también trágica, relacionada con el convento es la de los hermanos Saavedra y Ramírez de Baquedano. Los hermanos estaban enamorados de las hermanas Cabrera y Pérez de Saavedra, que eran también sus primas e hijas de los marqueses de Villaseca. El mayor de los hermanos, Juan Remigio, se casó con su prima Carmen, pero el matrimonio duró poco, porque ella falleció al dar a luz a su primer hijo. Ángel, el menor, no fue correspondido por su prima María Victoria, que ingresó en el convento del Corpus Christi allá por 1824. María Victoria llegaría a ser priora del convento, en donde fue enterrada cuando falleció en 1850. A los pies del coro, donde fue sepultada, existe una losa en la que se puede leer: «Aquí yace la madre priora Sor María Victoria Cabrera, hija de los marqueses de Villaseca y del condado de Jarosa».
Y una última anécdota. Al parecer, las dominicas solían quejarse del bullicio que generaba el vecino Teatro Principal -hoy conocido como Teatro Cómico-, que les impedía realizar su vida contemplativa y vivir en el silencio que requería la clausura. Es de imaginar que no se entristecerían demasiado cuando el teatro fue pasto de las llamas.
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