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Historias del centro

El motín del pan o del hambre

Imagen Horno de pan

Imagen Horno de pan / Diario CÓRDOBA

Córdoba

El precio del pan ha sido históricamente, e incluso hoy en día, un indicador de la temperatura social. No han sido pocas las revueltas que han tenido en este alimento básico su origen y una de ellas, el conocido como motín del pan o motín del hambre, ocurrió el 6 de mayo de 1652 en la ciudad de Córdoba. La chispa que encendió el levantamiento fue la muerte de un muchacho en el barrio de San Lorenzo, aunque el caldo de cultivo se empezó a gestar un par de años antes, con una tremenda epidemia de peste que, según los registros de la época, acabó con la vida de más de un cuarto de la población cordobesa, que rondaba los 40.000 habitantes. Solo en el hospital de San Lázaro, que se ubicaba en el Campo de San Antón, frente a la actual Facultad de Derecho y Ciencias Económicas y Empresariales, fallecieron 1.500 personas. A la enfermedad siguió el hambre. La peste llegó de la mano de varias malas cosechas, a las que se unió la inflación de la moneda, impulsada por Felipe IV. Así, el precio del pan subió mientras unos pocos acaparaban el poco trigo que quedaba a aquellas alturas del año. La escasez de alimentos -no solo del pan- y los altos precios generaron no solo un enorme malestar sino una gran miseria y hambre.

Fue el hambre lo que desató la protesta ciudadana. Según distintas fuentes, el 6 de mayo de 1652, al salir de misa, los feligreses de San Lorenzo se encontraron con una mujer que gritaba de dolor por la muerte de hambre de su hijo. Los vecinos, hartos de la situación, indignados, se fueron concentrando y armados con lo que encontraron a mano se dirigieron a la casa del corregidor, Pedro Alfonso de Flores y Montenegro, vizconde de Peña Parda (o Peñaparda) de Flores, que asustado por el tumulto se refugió en el convento de los Trinitarios. Los amotinados derribaron las puertas del convento y destrozaron cuanto hallaron a su paso. Ya eran unos 2.000 los levantados, que entraban en todas las casas que creían que eran de caballeros, y robaban el trigo y harina que encontraban llevando parte al Pósito, que estaba en La Corredera, y parte a San Lorenzo, donde improvisaron un almacén.

La multitud acudió entonces en busca del obispo Pedro de Tapia que intentó poner calma y reconducir la situación sin lograrlo. La gente hizo caso omiso a sus promesas, le insultó e incluso entró en su casa y robó también el trigo que allí había.

Lejos de rebajarse, la tensión fue en aumento y extendiéndose por la ciudad sumando más de 6.000 amotinados que, dirigidos por Juan Tocino y el tío Arrancacepas, se prepararon para la posible llegada del Marqués de Priego y su ejército para defender a los nobles, que se hab ían escondido temiendo por su vida. Así, Teodomiro Ramírez de Arellano barrunta en sus famosos ‘Paseos por Córdoba’ que se llegaron a colocar cañones en La Calahorra y la Puerta del Puente, si bien otros autores mencionan también la Puerta de Gallegos.

Entre los levantados estaba un tal Diego de Córdoba, al parecer un caballero muy apreciado por el pueblo por sus numerosas obras de caridad con los pobres, a los que apoyaba en su protesta. La multitud exigió que el corregidor Peña Parda fuera sustituido por Diego de Córdoba, al que pidieron que se convirtiera en nuevo corregidor, cargo que rehusó en principio, pero que terminó aceptando tanto por la presión vecinal como de los nobles y el obispo Pedro de Tapia. Frente a unas 4.000 personas, recibió del obispo el bastón de mando y desde el balcón del ayuntamiento se comprometió a bajar el precio del pan hasta la próxima cosecha y les pidió que la paz regresara a las calles.

En seguida se publicó un bando para que los amotinados entregasen las armas y depusieran su actitud, y esa misma tarde Diego de Córdoba cumplió su palabra, y ya se podía encontrar en los mercados abundante trigo a precio razonable, con lo que el pan volvió a precios normales y se puso punto final a este oscuro episodio de la historia de Córdoba sin tener que lamentar mayores desgracias.

Por su parte, Felipe IV envió dinero a Córdoba para subvencionar parte del precio de ese trigo, evitando así nuevos motines, y concedió un indulto general a los insurrectos.

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