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Reportaje

Flamenco, se prohíbe el cante (malo)

Santa Marina, La Fuenseca y Las Beatillas miman este arte universal, aunque cada una en su ‘palo’

Baris Yavuz toca en la taberna Santa Marina acompañando unas alegrías.

Baris Yavuz toca en la taberna Santa Marina acompañando unas alegrías. / JUAN M. NIZA

Juan M. Niza

Juan M. Niza

Córdoba

Si la primera entrega de la ruta por las tabernas históricas de La Crónica tenía el pasado mes como eje la tertulia (cultural, política y social), lo que nos llevó a visitar la Taberna Salinas y las sociedades de plateros de la plaza Séneca y El Abuelo; en este segundo capítulo es el flamenco el elemento común que aglutina a la taberna Santa Marina, la de Las Beatillas y la Fuenseca.

Hablamos de un arte, Patrimonio de la Humanidad, ligado profundamente a estos recintos tan históricos como populares, por mucho que a veces alguna taberna cordobesa luciera (hay aún algún cartel por ahí) el consabido, seco, y castizo letrero de «se prohíbe el cante». Que si no se sabe entonar mejor que como suena el silencio... Hay que callarse. No es el caso en las tabernas de Santa Marina, Las Beatillas y La Fuenseca.

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Antonio y José Sánchez en Las Beatillas / Juan M. Niza

Además, la visita a estos recintos está más justificada aún este mes tras conocerse, el 6 de febrero, que el Ayuntamiento a través del Imdeec y la Asociación de Tabernas Históricas preparan un programa de flamenco en estos lugares a lo largo del próximo año, una iniciativa heredera de aquella que impulsó la Federación de Peñas en su día.

Sin embargo, no hay que esperar a 2027 y cada lunes, más o menos, la Taberna de Santa Marina con el cariño del que sabe rodearse el profesor y tocaor Baris Yavuz sorprende a los presentes (la mayoría ya lo sabe, pero alguno ni se lo espera) con sesiones muy libres de flamenco.

Nuestra visita coincidió con un momento en el que Antonio Contreras El Niño de Alcolea remataba genialmente unos fandangos ante la sonrisa de oreja a oreja de Jesús Murillo, responsable de este revitalizado establecimiento que nació en 1929 como la Taberna Toledana y que luego gestionó Rafael Martínez Obispo.

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Jesús Hans, que ha sido modelo de escultores y pintores, posa en esta ocasión para la foto. / Juan M. Niza

De lo que se tercia a lo formal

Y si el flamenco en la taberna Santa Marina tiene argumento pero no guion previo, menos formal aún son las sesiones que se improvisan en La Fuenseca, fiel reflejo del lema oficioso de esta taberna que ya existía hace 170 años: «Abro cuando llego, cierro cuando me voy. Si vienes y no estoy, es que no hemos coincidido», dice el cartel del horario. Pero coincidimos en la visita con Jesús Alamillo Álvarez Jesús Hans, que ha logrado hacer en la última época de la taberna un templo del acervo popular, escenario de eventos que ya quisieran muchas instituciones culturales. Por ejemplo, cuando se inauguró el 11 de febrero la exposición Forma y fondo, de José Manuel Belmonte, por cierto parroquiano de la casa, «me vine para aquí porque se iba a liar. Y cuando llegué la taberna ya estaba a tope», cuenta Jesús Hans de una de esas veladas en la que se lió parda.

Pero como en el flamenco cabe todo, en el otro lado de este arte, en el más formal, está la taberna de Las Beatillas, sede de esa institución que es la peña flamenca Fosforito. Por cierto, la entidad tardará mucho, si algún día lo hace, en quitarse el luto por el fallecimiento el pasado 13 de noviembre de Antonio Fernández Díaz, que da nombre a una peña que marca cánones.

Por su lado, Antonio Sánchez, aunque retirado hace un par de años (que ya se lo merecía tras deslomarse toda la vida trabajando), ha dejado en manos de su hijo José la taberna, lo que no quita para darse una vueltecilla cuando se tercia por el lugar, siempre lleno. Por cierto, se le ve mejor que nunca. A disfrutar.

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