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El callejero

La salida al norte

El nombre lo tomó de la puerta del mismo nombre que fue derribada en 1905 a pesar de la opinión académica

La salida al norteVÍCTOR CASTRO

La salida al norteVÍCTOR CASTRO / VÍCTOR CASTRO

De la plaza de los Carrillos a la de Colón discurre una estrecha calle que lleva por nombre la de la puerta en la que desembocaba (o de la que partía, según se mire): la calle Osario. Esta era la principal vía de salida de la ciudad hacia el Campo de la Merced.

Se trata de una calle larga y estrecha -en la mayor parte del trazado no tiene acerado o solo un bordillo- en la que desembocan las calles Burell y Teniente Albornoz por la derecha, y Manuel María de Arjona y Lindo, por la izquierda. En este lado izquierdo, en el primer tramo de la calle, se ubica una pequeña plaza llamada de Vaca de Alfaro, justo frente a la puerta de acceso trasera al Colegio Divina Pastora, cuyo muro trasero dibuja la primera parte de la calle.

La Puerta de Osario

La calle, conformada por edificios de dos o tres plantas, a lo más, desemboca en la Puerta de Osario, que, en realidad, es una extensión de la propia calle.

También llamada la Puerta de los Judíos o ‘Bab al-Yahud’ o ‘Bab al-Hudá’, según los textos del historiador Ibn Baskuwal, los orígenes de la puerta se remontan a época romana, siendo la desembocadura del ‘cardo maximus’ (vía que cruzaba la ciudad de norte a sur). Tras la reconquista cristiana, la puerta fue reconstruida a partir de dos grandes torres adosadas al tramo norte de la muralla.

El nombre de Osario lo recibió entonces por los numerosos restos óseos encontrados en el lugar, donde al parecer existió una necrópolis extramuros. De ahí el nombre que ha permanecido hasta nuestros días, aunque de la puerta ya no quede nada.

El final de la puerta llegaría en 1905. Antes, en 1731, el ermitaño Francisco de Jesús solicitó al Ayuntamiento la cesión del espacio entre las dos torres que componían la puerta para instalar ahí una hospedería para los ermitaños que bajaban a la ciudad. Dicha cesión se produjo un siglo más tarde, cuando ya se había demolido la muralla que corría entre la puerta y el convento de los Capuchinos.

Los ermitaños del Desierto de Nuestra Señora de Belén rebajaron considerablemente la altura del arco y cerraron el hueco entre las torres.

Pronto, el Ayuntamiento empezaría a barajar la demolición de la puerta. La primera vez que se habló de ello corría el año 1866, aunque no fue hasta 1883 que el Consistorio solicitara autorización a la Academia de Bellas Artes de San Fernando alegando la necesidad de adecuar esta zona y ensanchar la salida al Campo de la Merced.

La demolición

Sin embargo, el proyecto quedó en agua de borrajas hasta que en 1905, el entonces alcalde, Rafael Conde Jiménez, retomó la idea. En este caso, el regidor hablaba no solo del estado ruinoso de la puerta sino de la falta de higiene en la zona.

No lo tuvo fácil Conde. El ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes prohibió el derribo mientras no hubiera dictamen de la Comisión Provincial de Monumentos de Córdoba, que finalmente falló a favor del derribo por seis votos a cuatro porque dicha puerta no debía considerarse monumento de verdadero mérito o interés nacional.

Solamente tres días después, el 13 de febrero de 1905, el Ayuntamiento anunció la aprobación de la solicitud de los ermitaños de demoler la puerta ellos mismos a cambio de 7.000 pesetas y un solar en la calle Caño. Los cuatro académicos que habían resultado perdedores en la votación dirigieron una instancia al Ministerio de Instrucción Pública protestando por esta decisión y solicitando que se emitiera un informe con el fin de declarar la Puerta de Osario monumento nacional. Dicho informe fue encargado al conde de Cedillo, quien dictaminó que debía conservarse. No obstante lo anterior, el 20 de junio, y sin pronunciamiento del Ministerio, la puerta fue derribada.

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