Las casas de Doña Jacinta
Doña Ana Jacinta Angulo se negó a que se derribaran sus casas y logró el apoyo real

La Casa de Doña Jacinta, en La Corredera. / Francisco González
La uniformidad de la afamada plaza de La Corredera se rompe por su lado sur con dos edificios singulares: el Mercado Sánchez Peña -que fue Casa Consistorial y cárcel- y las conocidas como casas de doña Jacinta. Esta singularidad, que supone también parte del encanto y el valor de la histórica plaza, se debe a la insistencia de una mujer. Las casas, que pertenecían a los Angulo, no tenían fachada, sino una pared, conocida como «la pared blanca», en la que se solían levantar unos andamios en los actos públicos, en los que se colocaba la presidencia. Que las casas no tuvieran fachada se debe a la disputa de Pedro I ‘El Cruel’ y su hermanastro Enrique de Trastámara. La nobleza cordobesa apoyó en su mayoría al primero y cuando Enrique se hizo con el trono de Castilla, estableció como represalia que las familias de los caballeros cordobeses no podían tener fachada principal en sus casas ni escudos que se pudieran reconocer. Sin embargo, cuando en 1586 se levantó el actual mercado, aquellas disputas quedaban ya lejos y el entonces propietario de las casas, Pedro Jacinto de Angulo y Cárdenas, decidió construir la fachada que hoy podemos contemplar. Las casas tienen tres pisos de altura en los que se disponen sucesivas hileras de ventanas separadas por columnas de fuste liso y capitel toscano. En los bajos se ubicaron hasta época reciente varias esparterías.
Como señalan los profesores de la Universidad de Córdoba Antonio López Ontiveros y José Naranjo Ramírez en su artículo «Representación simbólica e imagen urbana de la Plaza de la Corredera (Córdoba) a lo largo de su historia», la plaza estaba construida «de madera, con irregularidades en el trazado de sus líneas de fachada, con pasillos o soportales en la planta baja y estructura abalconada en las piezas superiores, especie de palcos para contemplar los espectáculos allí desarrollados». Fue un incidente en un espectáculo taurino el que puso en evidencia la «fragilidad de aquellas estructuras de madera» y lo que llevó al corregidor Francisco Ronquillo y Briceño a acometer la tarea de renovarla totalmente en 1633, «construida con piedra, ladrillo y arena, según proyecto de Antonio de Ramos y Valdés». Para ello hubo que demoler el entorno, pero cuando llegó la hora de derribar las casas, pertenecientes entonces a doña Ana Jacinta de Angulo, hija del mencionado don Pedro Jacinto, ésta se opuso a su demolición. Según recoge Teodomiro Ramírez de Arellano en sus famosos ‘Paseos por Córdoba’, Ana Jacinta y su cuñada María Fernández de Córdoba (aunque no hay constancia de que doña María llegara a desposarse con Pedro, el hermano mayor de doña Ana Jacinta) «se opusieron al derribo de aquellas casas, por estar recién construidas, negándose al mismo tiempo a venderlas como les proponía Ronquillo. Mas este, decidido a saltar por todo, intentó lo primero, como lo hubiera realizado si las expresadas señoras, marchándose á Madrid, no hubieran conseguido de Carlos II una real cédula resolviendo a su favor el asunto; quedando la desigualdad que aun tanto choca a las personas que por vez primera ven nuestra plaza». Poco se sabe de doña Ana Jacinta, de la que se dice fue amante del propio corregidor que quiso echar abajo sus casas. Francisco Ruano, en el libro ‘Casa de Cabrera en Córdoba’ recoge que doña Ana Jacinta Angulo y Cárdenas, señora del mayorazgo de Leonis, estuvo casada con Martín de Angulo y Contreras, caballero veinticuatro de la ciudad, que murieron sin sucesión. Doña Ana Jacinta tuvo gran poder adquisitivo, como atestiguan sus importantes donaciones para la fundación de una capellanía en la iglesia de la Fuensanta y las contempladas en su testamento.
Las casas, que han tenido un uso residencial hasta avanzado el siglo XX, cuando fueron adquiridas por el Ayuntamiento de Córdoba, que las convirtió en la sede de la empresa municipal Procórdoba, que cerró sus puertas en 2013. En 2017, el Consistorio cedió el inmueble a la Universidad de Córdoba, que lo convirtió en la sede de UCOCultura.
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