HISTORIAS DEL CENTRO

Los túneles de la Mezquita

Todavía puede verse en la esquina suroeste de la Mezquita la puerta del Sabat

Todavía puede verse en la esquina suroeste de la Mezquita la puerta del Sabat / Manuel Murillo

Una de las leyendas más conocidas de la capital cordobesa es la que hace referencia a la existencia de varios pasadizos secretos que unían la Mezquita-Catedral con el Alcázar de los Reyes Cristianos, la ciudad palatina de Medina Azahara o la Torre de la Calahorra. Suele decirse que todas las leyendas tienen algo de verdad, y en este caso, algo de cierto podría haber. 

Algunos autores hacen referencia a un túnel que Abderramán III mandó construir y que unía la residencia palaciega de la Sierra de Córdoba con la Mezquita Aljama. Según la leyenda, el califa recorría cada día el pasaje a caballo para acudir a los rezos sin que sus fieles le importunaran. Hasta la fecha no se ha encontrado ningún vestigio arqueológico que atestigüe la existencia de esta vía subterránea, que de haber existido, habría sido una obra de ingeniería de primera magnitud. 

No es este el único pasadizo que al parecer enlazaba la Mezquita califal con otros monumentos de la ciudad. Hay quien habla también de un túnel que pasaba por debajo del río y llegaba a la Calahorra. Lo que sí es cierto es que bajo la ciudad existen no pocas conducciones hidráulicas históricas, algunas de ellas, de gran tamaño. La red de saneamientos públicos romanos llegaban a tener más de 1,70 metros de altura, cubriéndose con bóvedas de medio cañón, realizadas con sillares o en ‘opus caementicium’ (hormigón romano). Los musulmanes aprovecharon algunas de estas canalizaciones, por lo que no es de extrañar que hayan prosperado las historias sobre pasadizos secretos.

El Sabat

Pero es que sí existió una conexión entre el Alcázar califal y la Mezquita Aljama: El Sabat. Era un pasillo elevado que transcurría por el trazado de la actual calle Amador de los Ríos, apoyado en pilares, que concluía en el muro sur del templo. De esta forma, los gobernantes podían acceder a la Mezquita sin ser vistos desde la calle y sin tener que atravesar la sala de oración.

El primer Sabat lo construyó el emir Abdalá (844-912). Según relata el historiador andalusí Ibn Hayyan (987-1075), el motivo que llevó a levantar este pasadizo fue la queja de algunos religiosos ortodoxos porque cuando entraba el emir en la sala de oración de la Mezquita, los súbditos se levantaban en señal de respeto, así que pensaron que si no lo veían entrar no se levantarían. No sabemos si está fue la razón real por la que se construyó el pasaje, aunque pudo haber otras motivaciones. El propio Ibn Hayyan apunta que el pasadizo facilitaba la seguridad del emir durante el trayecto y algunos historiadores ven en el Sabat, además, la unión simbólica del poder político y el religioso.

Posteriormente, en época de califa Alhakén II (961-976), el Sabat fue destruido cuando se acometió la ampliación de la Mezquita y sustituido por uno de mayores dimensiones, de ahí que se suela pensar que fue este dirigente omeya el que construyó el pasadizo que sobrevivió a la conquista cristiana. De hecho, el Sabat se mantuvo en pie hasta el siglo XVII (1617), cuando fue derruido. Cabe mencionar que este puente sirvió de refugio para el último de los califas cordobeses, Hisham III, la madrugada del 30 de noviembre de 1031, antes de iniciar su destierro al norte de la península.

Todavía puede verse en la esquina suroeste de la Mezquita la puerta del Sabat

La visión más completa del Sabat nos la proporciona el cartógrafo, geógrafo y viajero Al-Idrîsî, que en el siglo XII escribió: «a la derecha del mihrab, entre los dos muros de la Mezquita Aljama, hay una puerta que abre al alcázar por un pasadizo contiguo. Este pasadizo se halla cerrado con ocho puertas de las cuales cuatro se cierran del lado del Alcázar y cuatro del lado de la Mezquita Aljama».

Todavía hoy puede verse en el ángulo suroeste de la Mezquita-Catedral la puerta que conectaba el Sabat con la sala de oración, pero además, se conserva la sección oriental, que nunca fue públicamente visible. Esta sección discurre por cinco estancias detrás de la quibla, en paralelo al muro sur. En estos espacios encontramos hoy distintos despachos del Cabildo Catedralicio y el Archivo Catedralicio. Las ventanas de esas estancias fueron reconvertidas en balcones, los que pueden verse en la esquina de las calles Corregidor Luis de la Cerda y Torrijos. Pero además, son visibles marcas en el pavimento de la ubicación de los pilares de la estructura que no es leyenda, sino realidad.