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Hornachuelos

El Cabril, medio siglo de un secreto al descubierto

Sebastián Cuevas y José Manuel de la Fuente publicaron en 1976 un reportaje que sacó a la luz la existencia del ‘cementerio nuclear’

Francisco Cuevas muestra en el despacho de su padre una foto aérea de la localización de El Cabril tomada en los años 70;  detrás, una fotografía de Sebastián Cuevas..

Francisco Cuevas muestra en el despacho de su padre una foto aérea de la localización de El Cabril tomada en los años 70; detrás, una fotografía de Sebastián Cuevas.. / RVM

Rafael Verdú

Rafael Verdú

Córdoba

El centro de almacenamiento de residuos radiactivos de baja y media actividad de El Cabril, conocido en sus inicios como el «cementerio nuclear», es hoy por hoy una instalación moderna con las tecnologías más avanzadas para manipular y enterrar para —casi— toda la eternidad residuos tan peligrosos que nadie sin protección puede acercarse a ellos. Sus celdas abrigan toneladas de basura nuclear en celdas de hormigón que, una vez completas, se cubren de tierra. Es un sitio seguro para deshacerse de los residuos de baja y media actividad. Se ubica en un lugar remoto y de difícil acceso aunque todo el mundo sabe dónde está. Pero no siempre ha sido así.

Hace medio siglo ya existía, pero era un enclave secreto. Cuando las autoridades franquistas empezaron a coquetear con la energía nuclear —primero con un reactor cedido por EEUU— en los años 60, no tardaron en darse cuenta de que los residuos que generaban los reactores no podían guardarse en cualquier sitio. Sin un plan de gestión, tampoco nadie sabía dónde meterlos ni qué hacer con ellos. Se optó por dejar el combustible gastado —el residuo más peligroso con diferencia— en las propias centrales, tal como se sigue haciendo ahora, pero había otros materiales contaminados. Algún gerifalte debió recordar que en Hornachuelos, en un sitio escondido, había una mina de uranio agotada. ¿Por qué no dejar allí esos residuos secundarios? Y así lo hicieron.

Barriles de residuos radiactivos sin protección en la mina de El Cabril.

Barriles de residuos radiactivos sin protección en la mina de El Cabril. / De la Fuente

La mina de El Cabril sirvió como depósito durante lustros sin que nadie lo supiera. Hasta que dos periodistas cordobeses tuvieron las primeras sospechas, tiraron del hilo y descubrieron el cementerio nuclear improvisado, sin ninguna seguridad. Era octubre del año 1976 y, con Franco muerto, hacía un año que el periodismo se había convertido en una profesión intrépida, sin miedo a represalias ni más presión que la que dictaran los propios medios de comunicación. La historia original se publicó en un semanario ya desaparecido, Tierras del Sur, poco más tarde en El País y un año después en Interviú; la firmaban el escritor Sebastián Cuevas (fallecido en 1991) y el fotógrafo José Manuel de la Fuente. Y formaron un enorme revuelo.

Portada del semanario ‘Tierras del Sur’ del 11 de octubre de 1976.

Portada del semanario ‘Tierras del Sur’ del 11 de octubre de 1976. / CÓRDOBA

Andalucía, vertedero atómico se titulaba la crónica, sin más adornos. No hacía falta decir más, pero por si quedaban dudas de lo que hablaba Cuevas, De la Fuente lo ilustró con abundantes fotografías de barriles de basura nuclear depositados de cualquier modo en las galerías de la antigua mina. Francisco Cuevas, hijo del periodista, relata cómo se colaron los dos protagonistas de esta historia. Según su relato, «por lo que sé, mi padre se cruzó en el camino con el guarda de El Cabril y le dijo que era un antiguo seminarista de San Calixto y que se dirigía allí. Los dejó pasar y consiguieron llegar a la mina. Aquello era un absoluto despropósito».

Testimonios de mineros y trabajadores

Sebastián Cuevas recogió en su reportaje incluso el testimonio de aquel vigilante de la Junta de Energía Nuclear: «Nos mataban en aquella mina. No nos daba tiempo de llegar a viejos». Junto a él, otros 20 o 25 operarios eran trasladados a diario en autobús desde Fuente Obejuna para realizar los trabajos de transporte y manipulación de los bidones con residuos nucleares que, según la investigación de hace medio siglo, procedían directamente de las centrales nucleares catalanas. Sus únicas protecciones eran unos guantes aislantes y un detector de radiactividad y sólo había un contador Geiger para toda la comarca. Como única advertencia, había un cartel que indicaba «peligro: radioactividad», arrumbado sobre un montón de leña. Así se hacían las cosas antes de que el mundo supiera de la existencia de El Cabril.

Periodistas tomando notas en El Cabril, en una imagen coloreada.

Periodistas tomando notas en El Cabril, en una imagen coloreada. / De la Fuente

Antes que el mundo, sí sabían de la existencia del vertedero los habitantes de la comarca. Entre otras cosas, porque veían pasar casi a diario los camiones de residuos, que sólo iban cubiertos con una lona. Sebastián Cuevas recogía en su reportaje el testimonio de un antiguo minero, que se quejaba amargamente de que, «además de ser pobres, encima nos echan aquí la basura atómica». En los años 70, y desde mucho antes, no había compensaciones por la instalación de un cementerio nuclear, como sí existen ahora y que han servido para desarrollar algunos de los pueblos de la zona, especialmente Hornachuelos, en cuyo término se encuentran las instalaciones.

La publicación del reportaje, como era de esperar, no fue del gusto de las autoridades de la época. Paco Cuevas recuerda que «antes de publicar no hubo presiones. Después sí, acusaron a mi padre de alarmismo, de que quería asustar a la población... Pero la evidencia lo puso sobre la mesa y eso sirvió para que hoy estemos en situación de seguridad».

Una de las galerías fotografiadas por José Manuel de la Fuente.

Una de las galerías fotografiadas por José Manuel de la Fuente. / De la Fuente

En 1976 ya no había dictadura, pero tampoco una democracia completa, y los prebostes del régimen aún ocupaban puestos de relevancia. Los tics franquistas se mantenían, como lo demuestra la respuesta, un tanto pueril, del Gobierno Civil: mandó a un grupo de periodistas oficiales a las galerías de El Cabril para tomar notas allí mismo con la intención de demostrar que aquella porquería nuclear no tenía nada de peligroso. Si Fraga se había bañado en Palomares con una bomba atómica a pocos metros, en Córdoba no íbamos a ser menos.

La historia de El Cabril no cambió hasta que la JEN traspasó la competencia a Enresa, quien construyó una instalación moderna y segura a partir de 1986. Quién sabe si habría ocurrido lo mismo sin la publicación del reportaje de Sebastián Cuevas y José Manuel de la Fuente hace medio siglo.

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