Reportaje
De Gerendiain a Córdoba: Teresa tiene 52 años y busca a su madre biológica en San Sebastián de los Ballesteros
Nació en una residencia de monjas de Pamplona donde su madre la entregó en adopción
Hace unos meses, inició una intensa búsqueda que la ha llevado a construir su árbol genealógico y a situar sus orígenes en la provincia

Teresa, en una fotografía actual y otra de 2007. / CÓRDOBA

Esta es la historia de una mujer en busca de sus raíces. Se llama Teresa, tiene 52 años y aún no sabe cuáles son sus verdaderos apellidos. Desde que tiene uso de razón, supo que era adoptada. Sus padres adoptivos nunca le mintieron, aunque desde que se enteró, la persigue una sensación de extrañeza. «Toda mi vida me he sentido una extraterrestre», asegura, «como si hubiera caído en un meteorito». Su familia siempre la ha tratado como una más, aunque «soy tan distinta a ellos... y no solo físicamente», confiesa.
Nunca había sentido el impulso de investigar sobre su procedencia biológica. Hasta que hace unos meses, una reflexión personal le hizo ver que necesitaba esa pieza para completar el rompecabezas de su identidad. «Me di cuenta de que todos estos años me había frenado el miedo a no saber lo que podía encontrar, a sufrir el rechazo de mis padres biológicos, un segundo abandono, o a hacer daño a mis padres adoptivos si sentían mi búsqueda como una traición después de haberme cuidado toda la vida». Esos miedos de antaño se han disipado con el tiempo. «Ya no temo lo que me vaya a encontrar, tengo mi familia, mi trabajo, mis hijos y solo quiero saber de dónde vengo», expone, «esta búsqueda no nace del reproche, estoy agradecida a la mujer que me dio la vida en circunstancias difíciles y a mis padres adoptivos que son mis padres». Por eso, si encuentra a su familia biológica «no será para sustituir a nadie, sino para ocupar un lugar que lleva vacío desde que nací». Con esa premisa, inició una ardua investigación que la ha llevado a situar a uno de sus progenitores (o a los dos) en la localidad cordobesa de San Sebastián de los Ballesteros, tierra de colonos.
Nació en una residencia que alojaba jóvenes embarazadas en Pamplona
Pero empecemos por el principio. Teresa, que heredó el nombre de su madre adoptiva al nacer, vino al mundo en la residencia Santa Teresa de Gerendiain en 1974. La que ha sido su madre toda la vida no pudo tener hijos y un día, andando por la calle en Pamplona, donde su marido estaba destinado por trabajo, preguntó a una monja si sabía de algún sitio donde fuera posible adoptar un niño. Las monjas la inscribieron en una lista de espera y no fue hasta tres años más tarde cuando la llamaron para decirle que había llegado su turno. Al parecer, en esa residencia se alojaban mujeres muy jóvenes, solteras y embarazadas, que por distintos motivos no podían hacerse cargo de sus criaturas y que al dar a luz entregaban a sus hijos en adopción, seguramente forzadas por los prejuicios sociales de la época. Ella calcula que su madre tenga hoy 70 años o menos. Los padres adoptivos tenían que pagar sumas elevadas para conseguir su sueño. «Los míos esperaron tres años porque no eran personas con poder ni tenían muchísimo dinero sino trabajadores de clase media», explica, «las monjas les hacían pagar todos los gastos de las chicas, su manutención, su estancia y el parto en una clínica privada, la del doctor Gortari, hoy cerrada».
"Si encuentro a mi padre, estupendo, pero a quien de verdad busco es a mi madre, que tuvo que entregarme quién sabe si de forma voluntaria"
Esta Navidad viajó a Gerendiain para conocer el centro donde se alojó su madre, regentado entonces por las Misioneras de Jesús, María y José, y convertido hoy en residencia de ancianos. «Fue una experiencia maravillosa, pedí permiso para entrar al jardín, que había visto en fotos antiguas, y me senté junto a unos árboles gigantescos bajo los que seguramente se sentó mi madre hace 52 años», explica entre sollozos. Luego se desplazó a Pamplona junto a otra mujer nacida en 1972 con una historia similar a la suya y ambas entraron en la antigua clínica del doctor Gortari, «un edificio de viviendas que está sin remodelar y que parecía un viejo hospital sacado de una película de terror». Según le dijeron sus padres, antes de que naciera pagaron unas 200.000 pesetas, una cantidad muy elevada que en aquella época daba para comprar un piso. Las monjas la entregaron recién nacida en la puerta de la clínica, en pleno mes de enero, con un frío que pelaba.
En su expediente de adopción, que ha podido consultar hace poco, no figura ningún dato sobre su madre biológica. La partida de nacimiento incluye unos apellidos comunes que según detalla el documento, no son reales. La única verdad es que ella nació «el 12 de enero de 1974 a las 17.45 horas».
Unas pruebas sitúan su origen en un pueblo de Córdoba
Con esa vía cortada, hace unos meses, se hizo una prueba de ADN en la plataforma MyHeritage y gracias a las coincidencias genéticas y a aplicar a la investigación «el método científico», como ella dice, valiéndose no solo de los miles de análisis realizados por esta plataforma en todo el mundo, sino de la opción de generar su árbol genealógico en base a ese material y a los contactos que han surgido a través de Facebook y otras fuentes, tirando del hilo, ha llegado hasta San Sebastián de los Ballesteros. «En mi árbol genealógico, figuran más de 1.500 personas con nombres y apellidos que he ido contrastando hasta los colonos que fundaron en el siglo XVIII este pueblo», relata emocionada, «he pasado de no saber de dónde venía a conocer la historia de quienes forman parte de mí, en un proceso que me ha transformado».
Teresa es bióloga y profesora de Universidad en Madrid y gracias a sus habilidades como investigadora ha sido capaz de hilvanar hasta cierto punto una historia llena de recovecos. «Siento que toda la vida me he estado preparando para esto sin saberlo», confiesa. Cuando habla de ese árbol genealógico, que ha expandido a lo largo y a la ancho, resulta difícil seguirla, porque sus ramas dibujan un camino sinuoso elaborado a través de consultas a distintos archivos, entre otros, los del Obispado de Córdoba. Ese entramado de matrimonios, con sus respectivos hijos y descendientes, todos ellos con coincidencias genéticas con su ADN, han hecho que localice a sus tatarabuelos. «Hay una rama de mi árbol que se pierde probablemente en Aldeaquemada (Jaén)», explica, pero la que está clara es la pista que lleva hasta San Sebastián de los Ballesteros, recalca convencida.
Tras visitar Pamplona, tiene claro que su próximo destino será ese pueblo cordobés poblado por descendientes de franceses y alemanes -como su ADN, un 67% español, un 9% francés y un 3% alemán- para consultar su Registro Civil. «Si encuentro a mi padre, estupendo, pero a quien de verdad busco es a mi madre, que tuvo que entregarme quién sabe si de forma voluntaria y que igual piensa que tuvo un niño porque las monjas las engañaban».
Desde 2015, la ley reconoce a las personas adoptadas su derecho a conocer su identidad biológica, pero el Gobierno de Navarra, al que acudió en su momento, no pudo arrojar más luz. Su investigación deja claro que los colonos que obtuvieron la tierra de Carlos III en San Sebastián se movieron poco del pueblo porque muchos apellidos se repiten en su árbol generación tras generación y se mezclan entre ellos. Ese hilo la ha llevado a confirmar que los apellidos más recientes ligados a su genealogía son Ortega Berni, Berni Platas, Berni Costa, Berni Gutiérrez, Berni Mayer, Costa Petidier, Jiménez Costa y Costa Fernández. Y hasta aquí puede leer. Confía en que si alguien se siente interpelado se anime a ayudarla. Desde la absoluta prudencia, insiste en que «respetaría que mi madre o mi padre quisiera permanecer en el anonimato». Solo quiere poner un final a su historia (teresa.busca@gmx.es).
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