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Reportaje

Luis Antonio Fernández de Córdoba: 330 años del nacimiento de un montillano ilustre

Luis Antonio Fernández de Córdoba Portocarrero Guzmán y Aguilar fue uno de los eclesiásticos más relevantes del siglo XVIII español. Nacido en Montilla el 22 de enero de 1696, fue arzobispo de Toledo y participó en el cónclave de 1769

Retrato de Luis Antonio Fernández de Córdoba.

Retrato de Luis Antonio Fernández de Córdoba. / CÓRDOBA

Juan Pablo Bellido

Juan Pablo Bellido

Montilla

Montilla recuerda este 22 de enero la figura de Luis Antonio Fernández de Córdoba Portocarrero Guzmán y Aguilar, coincidiendo con el 330.º aniversario de su nacimiento, una conmemoración que devuelve al primer plano a uno de los eclesiásticos más relevantes del siglo XVIII español, un montillano que alcanzó las más altas dignidades de la Iglesia y cuyo legado sigue vinculado a la historia religiosa y patrimonial de Toledo.

Nacido en Montilla el 22 de enero de 1696, vino al mundo en el seno de una de las familias nobiliarias más influyentes de su tiempo. Fue el segundo de los siete hijos del matrimonio formado por Antonio Fernández de Córdoba Figueroa y Catalina Portocarrero de Guzmán y de la Cerda, 12.ª condesa de Teba.

Apenas seis días después de su nacimiento fue bautizado en la parroquia de Santiago Apóstol, con una extensa relación de nombres «Luis Antonio José Judas Tadeo Juan de la Cruz Vicente Anastasio Francisco Xavier» que reflejaba tanto la tradición familiar como el peso simbólico de su linaje.

Su entorno familiar estuvo profundamente marcado por la nobleza y la vida religiosa. Fue hermano de Domingo, XIII Conde de Teba, y de María Dominga y Ana María, mientras que Francisca Xaviera, Ignacia de la Natividad y Margarita de la Cruz optaron por la vida monástica.

Emparentado con arzobispos de Toledo y Sevilla

Por línea materna, estaba emparentado con figuras de enorme relevancia eclesiástica, como el cardenal y arzobispo de Toledo Luis Fernández Portocarrero y el arzobispo de Sevilla Luis Fernández de Córdoba Portocarrero, parentescos que han generado confusiones históricas por la reiteración de nombres y apellidos.

Su formación académica fue sólida y rigurosa. Estudió en el Colegio Mayor de Cuenca, adscrito a la Universidad de Salamanca, y posteriormente completó su preparación en la Universidad de Alcalá de Henares, donde obtuvo el doctorado en leyes.

El 20 de noviembre de 1717 fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Primada de Toledo, iniciando una relación duradera con la sede toledana. El 7 de marzo de 1733 fue designado deán de la Catedral, reforzando su posición dentro del cabildo catedralicio.

Desde 1738 y hasta su muerte en 1771 ostentó el título de 15.º conde de Teba, además de los de marqués de Ardales y señor de Campillo, una doble condición, noble y religiosa, que definió una figura de perfil discreto y marcada vocación institucional.

Contrario a la expulsión de los jesuitas

A propuesta de Fernando VI, fue creado cardenal en el consistorio del 18 de diciembre de 1754 por el papa Benedicto XIV y, el 3 de agosto de 1755, nombrado arzobispo de Toledo. No participó en el cónclave de 1758, pero sí en el de 1769, y mantuvo una postura contraria a la expulsión de los jesuitas.

Falleció en Toledo el 26 de marzo de 1771 y fue enterrado en el convento de las monjas capuchinas, cuya restauración había impulsado, un vínculo final que resume su atención al patrimonio religioso como expresión de fe e historia compartida.

En este 330.º aniversario de su nacimiento, Montilla vuelve así la mirada hacia uno de sus hijos más ilustres, cuya memoria permanece ligada tanto a su ciudad natal como a la historia religiosa y patrimonial de Toledo.

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