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Tragedia ferroviaria

Cuando todo falló, Adamuz estuvo: la solidaridad en el corazón del accidente ferroviario de Córdoba

La mañana siguiente al siniestro el pueblo continuó unido, organizando y cuidando de los afectados como hizo desde la noche anterior

Minuto de silencio en Adamuz

Chencho Martínez

Adrián Ramírez

Adrián Ramírez

Adamuz

Silencio y mucho respeto. Han pasado poco más de doce horas desde el trágico accidente ocurrido en Adamuz y el pueblo no ha llegado a dormirse del todo. La noche transcurrió en vela: trasladando material y medicinas, moviendo personas, respondiendo llamadas y, sobre todo, acompañando a las víctimas y a sus familiares. A primera hora de la mañana, muchos de ellos seguían reunidos en el hogar del pensionista, convertidos en un improvisado refugio emocional. Allí, entre cigarrillos, vasos de café ya fríos y teléfonos que no dejaban de marcar, la espera se hacía interminable.

Entre las afectadas estaba Marta, llegada desde Huelva, que recargaba el móvil una y otra vez apoyada en la barra. Con los ojos vidriosos, rechazaba hablar. Su marido, también onubense, había regresado a Madrid por trabajo y no conseguía contactar con él. Otras personas, como María, también optaban el silencio. Sentada en un sofá y con la mirada clavada en el suelo, se aislaba mientras otros familiares preguntaban insistentemente a los miembros de Cruz Roja. En su caso, su mejor amigo viajaba en el Alvia con destino Madrid. Al conocer la noticia, se desplazó junto a la familia primero a Sevilla, después a Córdoba y, finalmente, a Adamuz, adonde llegaron de madrugada. «Llevamos toda la noche de hospital en hospital», explicaba con la voz rota, antes de admitir: «No estoy bien, estoy asustada». Pasadas las diez de la mañana, varios autobuses trasladaron a los afectados a Córdoba: al centro cívico de Poniente, donde recibirían atención psicosocial, y a la Comandancia de la Guardia Civil para la toma de muestras de ADN.

«Ojalá no haber visto nada»

Mientras tanto, a las puertas del pueblo se acumulaban los medios de comunicación llegados de toda España —y también del extranjero—, pero Adamuz tenía otros protagonistas. Los primeros en llegar al lugar del accidente fueron sus vecinos. Facilitaron accesos a la Guardia Civil y a los servicios sanitarios, repartieron mantas, alimentos y ofrecieron algo tan necesario como compañía. Hasta la zona cero acudieron personas como Raúl Montero, taxista del municipio, que al enterarse del suceso cogió su coche y comenzó a trasladar heridos, llegando a llevar hasta cuatro a la vez. «Se notaba el miedo. Había mucho miedo», relataba. Pudo movilizarse gracias a los avisos que circularon por los grupos vecinales de WhatsApp y las redes sociales del Ayuntamiento. Juan Romera fue otro de los vecinos que participó en las labores de rescate, que define como «tremendamente duras», en un terreno de muy difícil acceso. «Ojalá no haber visto nada», confesaba, todavía afectado.

Una víctima sale del hogar del pensionista por la mañana.

Una víctima sale del hogar del pensionista por la mañana. / Manuel Murillo

Buena parte del pueblo se volcó en tareas menos visibles pero igual de imprescindibles: coordinar, adecentar la caseta municipal y el propio hogar del pensionista, llevar comida y agua. Mujeres como Pilar resultaron clave. Se enteró de lo ocurrido por redes sociales y acudió de inmediato al punto de encuentro para ofrecer ayuda. «Al principio hacía falta de todo», recordaba. Permaneció allí hasta bien entrada la madrugada y apenas había dormido. Entre las escenas que más la marcaron, recuerda la de una mujer de Málaga que buscaba desesperadamente a su hija adolescente, que había viajado a Madrid.

Salvados por siete minutos

Hubo también quien evitó la tragedia por apenas siete minutos. Es el caso de Daniel Pineda y Ángela Carretero, una pareja cordobesa que se bajó del vagón siete de un tren de Iryo en la estación de Córdoba. «Hemos tenido mucha suerte», decía ella. Él, en cambio, no podía dejar de pensar en los demás pasajeros: «No paro de darle vueltas. Tengo grabados los rostros de la gente con la que compartimos vagón».

Unos vecinos de Adamuz, esta mañana en el municipio.

Unos vecinos de Adamuz, esta mañana en el municipio. / Chencho Martínez

Conforme avanzó el día, los vecinos fueron dando un paso atrás mientras las autoridades tomaban el relevo. Lo hicieron con la misma discreción con la que habían llegado durante la noche: sin que nadie se lo pidiera y sin esperar nada a cambio. Adamuz respondió como comunidad y dejó una certeza en medio del horror: cuando todo falla, la solidaridad de la gente sencilla sigue siendo el último y mejor refugio.

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