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Medio Ambiente

Así funcionan las plantas de biogás: alquimia para la basura líquida

En estos recintos cerrados, los microorganismo se alimentan de biomasa, compuesta en su mayor parte de agua; en el proceso, generan gas y un último residuo que, una vez tratado, funciona como el compost

Una balsa de alperujo a cielo abierto en Córdoba.

Una balsa de alperujo a cielo abierto en Córdoba. / CÓRDOBA

Rafael Verdú

Rafael Verdú

Córdoba

El término biomasa es en realidad un eufemismo: no es otra cosa que basura en su mayor parte. De un tipo concreto, diferente de la que generan los hogares o la industria pesada, pero son restos al fin y al cabo. Su característica esencial es que está compuesta de residuos orgánicos. La biomasa puede ser, entre otras muchas cosas, residuos de la actividad agrícola y ganadera (mayormente la intensiva), forestales o lodos de depuradoras. Hay incluso cultivos que se destinan exclusivamente a generar biomasa.

Como cualquier resto orgánico, en su mayor parte la biomasa es agua. Las balsas de purines o de alperujo son el mejor ejemplo gráfico, ya que cualquiera que las contemple verá sólo un líquido pestífero. Aunque no hay que verlas para notarlas: su olor cuando están a cielo abierto, como casi siempre, se puede trasladar a kilómetros. Pero incluso si la biomasa tiene aspecto sólido, también está hecha en gran medida de agua. Un tomate tiene un 90% de agua y muchas otras verduras rondan el 80%.

Es aquí donde está la clave para tratar la biomasa. «Transportar agua no es rentable. No podemos llevar agua de aquí para allá», afirma Mari Ángeles Martín Santos, catedrática de Ingeniería Química de la UCO que lleva 30 años estudiando la biomasa. Por eso, asegura, la mejor solución consiste en construir muchas y pequeñas plantas de tratamiento localizadas en los sitios donde habitualmente se genera gran cantidad de este material. La provincia de Córdoba es uno de esos sitios.

Martín explica que las plantas de biometano «han nacido de una necesidad doble: tratar de valorizar los residuos orgánicos y tener un combustible gaseoso de alto poder calórico como el metano». Hay otras alternativas, como el compostaje o el secado y posterior combustión, «que tienen sus ventajas e inconvenientes».

La digestión de las bacterias

El funcionamiento de una planta de biogás (o las más avanzadas de biometano) se basa en la digestión anaeróbica que una serie de bacterias realizan sobre la biomasa. Es un fenómeno natural que puede verse, por ejemplo, en los gases que emiten zonas pantanosas. Los biorreactores actuales replican ese proceso.

La profesora aclara que la digestión anaeróbica (esto es, sin la presencia de oxígeno) se realiza en recintos cerrados precisamente para que la biomasa no entre en contacto con el aire. El resultado de esa fermentación es el biogás, que «si se purifica se convierte en biometano. Con una red de gas natural cerca se puede inyectar allí. Así estamos dando una respuesta a los residuos locales cercanos». Sin plantas de tratamiento de los residuos agroganaderos (biomasa), estos desperdicios se almacenan en balsas en la misma zona productora. «Eso es materia orgánica que va a la atmósfera, que huele mal o puede generar rechazo generalmente. Pero eso ya existe, y nadie se queja», apunta Martín.

La catedrática de Ingeniería Química Mari Ángeles Martín Santos.

La catedrática de Ingeniería Química Mari Ángeles Martín Santos. / CÓRDOBA

Hay otra ventaja en los biorreactores. Si las bacterias se alimentan de desperdicios, también generan sus propias deposiciones. Es lo que en la jerga científica se llama digestato, un «residuo sólido ya agotado, que se centrifuga y separa en dos corrientes, la líquida en una balsa y la sólida se pone a secar», detalla Martín. Ese residuo sólido y seco no es otra cosa que una especie de compost muy rico en nitrógeno, fósforo o potasio, nutrientes que aprecia cualquier cultivo. Puede reutilizarse como fertilizante o sustrato para el suelo y así se cierra el círculo. La agroganadería genera su propia basura, que se trata en biorreactores para obtener una fuente de energía; el subproducto final vuelve al campo y comienza un nuevo ciclo.

El tamaño de las plantas

Los ecologistas están de acuerdo con esta tecnología... pero con matices. Para ellos, el tamaño importa, ya que lo ideal son pequeñas plantas bien localizadas capaces de transformar los residuos del entorno más cercano para evitar su transporte hacia otros lares. Es la misma idea que traslada Santos: mover agua no es rentable, tampoco desde un punto de vista ambiental.

¿Se está diseñando así esta nueva revolución verde? Juan Escribano, portavoz de Ecologistas en Acción en Córdoba, tiene sus dudas. De entrada, cree que al menos dos de las plantas proyectadas en Córdoba, las de Baena y Cabra, son excesivamente grandes. «Las grandes eléctricas están apostando por esta tecnología», asegura, incentivadas por las subvenciones públicas, «pero no lo harán movidas por pequeñas producciones. No es esa la lógica».

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