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Reportaje

Un refugio contra el frío y la soledad para los temporeros en Puente Genil

Una docena de migrantes temporeros pasan las frías noches en la carpa que el Ayuntamiento pontanés ha instalado para ellos, ya que carecen de vivienda

Varios de los migrantes que se alojan en la carpa instalada por el Ayuntamiento de Puente Genil.

Varios de los migrantes que se alojan en la carpa instalada por el Ayuntamiento de Puente Genil. / CÓRDOBA

Virginia Requena

Virginia Requena

Puente Genil

A veces, la humanidad despierta silenciosa, sin grandes discursos, en forma de una carpa blanca levantada a toda prisa. Más de 200 metros cuadrados que, desde hace unas semanas, se han convertido en el único hogar posible para doce hombres que trabajan en la campaña agrícola de Puente Genil. No es lujo, no es comodidad. Es algo más profundo: dignidad.

La carpa, instalada por el Ayuntamiento de Puente Genil tras detectar en la estación de autobuses a un grupo de inmigrantes subsaharianos viviendo al raso durante casi un mes, permanecerá abierta durante tres meses, coincidiendo con la campaña de la aceituna. Allí duermen, descansan, se duchan y se resguardan del frío quienes, aun siendo indispensables para el sector agrícola, a menudo quedan fuera de cualquier posibilidad de acceder a un alquiler.

Son doce, aunque podrían ser quince; la carpa tiene esa capacidad máxima. Y todos, sin excepción, trabajan en la recogida de aceituna. Lo acredita cada uno cuando entra, porque es condición indispensable: este espacio está pensado para quienes sostienen con sus manos una campaña esencial, pero muchas veces invisible.

Casi todos proceden de Senegal, aunque comparten un mismo hilo común: el viaje duro, la búsqueda de trabajo, la esperanza de ayudar a sus familias.

Casi todos proceden de Senegal, aunque comparten un mismo hilo común: el viaje duro, la búsqueda de trabajo, la esperanza de ayudar a sus familias

Han pasado frío en la estación, han dormido sobre cartones, han improvisado fogones. Cuando la carpa abrió, muchos no sabían si aquello era real: «¿De verdad es para nosotros?», preguntaban.

La Caseta Municipal se ha convertido en un pequeño centro de vida. Allí los temporeros pueden ducharse con agua caliente, lavar la ropa, calentar comida en un hornillo y cargar el móvil para hablar con los suyos. La carpa, levantada junto a la caseta, dispone de camas elevadas, mantas, sacos de dormir —quince donados por la empresa Leduan Copete— y suministro eléctrico.

Cruz Roja Córdoba ha aportado material, asesoramiento técnico y kits de higiene. Servicios Sociales ha coordinado la instalación de camas, el servicio de vigilancia y la dotación de recursos básicos. Ha sido un trabajo de semanas, silencioso, constante.

La Caseta Municipal de la localidad se ha convertido en un pequeño centro de vida

Para muchos de estos hombres, que han vivido a la intemperie las noches más frías, poder cerrar una cremallera y sentir el calor de una manta es casi un renacimiento.

El alcalde, Sergio Velasco, lo expresó con claridad al presentar el nuevo recurso: «No tenían ningún sitio donde alojarse por sus escasos medios económicos y la dificultad para acceder a un alquiler. Esta actuación responde a un criterio humanitario, dignificar a estas personas y que puedan resguardarse del frío».

Velasco agradeció especialmente el trabajo de la concejala de Servicios Sociales, Igualdad y Familias, Asunción César, así como al equipo técnico municipal que ha gestionado cada detalle: la contratación de la carpa, la vigilancia, las camas, las mantas. También tuvo palabras de reconocimiento para Cruz Roja y su personalÁngel Pérez y Nerea Casas— «por mantener un espacio ordenado y garantizar un alojamiento digno».

Pero el regidor fue más allá. Recordó que este fenómeno «es creciente» y pidió a la Inspección de Trabajo un control más estricto sobre aquellos empresarios que contratan trabajadores sin ofrecer alojamiento, contribuyendo a que lleguen jornaleros que luego no tienen dónde dormir.

«Ellos vienen a buscarse la vida y hay que tratarlos con dignidad. Lo que no se puede hacer es dejar a personas tiradas en la estación de autobuses», declaró con firmeza.

Para estos hombres, poder cerrar una cremallera y sentir el calor de una manta es casi renacer

Porque detrás de cada trabajador hay un nombre, una historia, un padre, un hijo, un sueño. Y Puente Genil, insistió, es «un pueblo solidario, con capacidad de reacción ante nuevas situaciones».

Cada tarde, cuando los temporeros regresan agotados de los tajos, se ve el pequeño milagro que esta carpa representa. Unos se sientan a calentarse. Otros hablan por teléfono en el idioma wolof, contando a sus familias que ya no duermen a la intemperie. Alguno sonríe por primera vez en días.

No es un hogar definitivo, no es una solución estructural, pero durante tres meses es un lugar donde descansar con el alma en paz. A veces, lo que más sostiene a una comunidad no es solo el trabajo del campo, sino la capacidad de mirar de frente a quienes llegan a él.

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