Reportaje
Pastelería Solano de Aguilar de la Frontera: el sabor del tiempo que no se rinde
Reconocida recientemente con el Solete Repsol, es mucho más que un obrador centenario, ya que forma parte del patrimonio sentimental de la localidad

Sonia Solano y Agustín Romero posan con su familia en el local de Pastelería Solano, en Aguilar. | G. ALBORNOZ

Hay negocios que venden productos y otros que custodian la memoria de un pueblo. En Aguilar de la Frontera, cuando el aroma a azúcar tostado y dulces tradicionales recién horneados se escapa por la calle Moralejo, no es solo una invitación al paladar: es una llamada a la historia. Pastelería Solano, reconocida recientemente con el Solete Repsol, es mucho más que un obrador centenario; es una institución sentimental que lleva más de 110 años endulzando la vida cotidiana de generaciones enteras.
Fundada en 1913 por José Solano Pérez, en tiempos difíciles y con medios aún más escasos, esta casa nació de la obstinación artesanal y del amor por el oficio. Ni la Guerra Civil ni la posguerra lograron apagar los hornos. Mientras muchos talleres cerraban, Solano resistía, trueque a trueque, rosco a rosco, repartiendo dulces en bicicleta por los cortijos de la campiña, grabando su nombre en la memoria colectiva de Aguilar.
Esa resistencia no fue heroica en los libros, sino silenciosa en el obrador. De padres a hijos, de manos curtidas a manos jóvenes, cuatro generaciones han mantenido intacta una forma de trabajar que hoy roza lo excepcional: partir de cero. Aquí no se compran cremas hechas ni masas industriales. Todo nace en el obrador: el hojaldre, el bizcocho, la yema, la nata, la almendra. Un lujo artesanal que, paradójicamente, se ofrece a los precios de siempre, fiel a una filosofía popular que entiende la excelencia como un derecho cotidiano y no como un privilegio elitista.
Hablar de Pastelería Solano es hablar de nombres propios que ya forman parte del patrimonio sentimental del pueblo. Juan Solano, que llevó los dulces navideños hasta los rincones más lejanos de España; Bernardino Solano y Teresa Bujalance, alma incansable del negocio durante más de cuatro décadas, responsables de convertir la pastelería tradicional aguilarense en seña de identidad local; y hoy, Sonia Solano y Agustín Romero, cuarta generación, que han sabido conjugar respeto absoluto por la tradición con una mirada abierta al siglo XXI. Facilitando la adquisición de sus productos a distancia, con las mejores garantías, con la venta on line. Esa mirada no ha traicionado el pasado. Al contrario, lo ha fortalecido. Nuevas líneas para intolerancias, productos sin azúcar, venta on line a toda España, una reforma integral del local que dialoga con la historia sin borrar sus huellas... Todo ello sin alterar lo esencial: el sabor reconocible, la textura exacta, la receta guardada como un secreto familiar. Porque aquí innovar no significa olvidar, sino proteger.
Y están los dulces. Los que hacen que el tiempo se detenga. El canuto de crema, crujiente y delicado, considerado el más vendido y querido. El bizcocho de Génova, creación original del fundador. El rizadito de almendra de raíz árabe. Los tocinos de cielo, exportados fuera de la provincia. Y, sobre todos ellos, la mítica merengue de café, joya de la corona, cuya elaboración solo conocen cuatro generaciones y que resume a la perfección el espíritu de la casa: sencillez aparente, complejidad magistral. Un merengue sabor café con caramelo y con una crujiente y fina capa exterior.
No es casual que la Guía Repsol haya distinguido a Pastelería Solano con uno de sus Soletes. El reconocimiento no premia solo el sabor, sino el alma de los lugares auténticos, aquellos donde el cliente sigue siendo vecino y el producto conserva verdad. Ya lo hizo de la misma manera el galardón otorgado por el Instituto Español de la Excelencia que, en 2016, tras unas amplias investigaciones, encuestas y visitas otorgaron a Pastelería Solano el Certificado Excelencia en Repostería. Tampoco sorprenden las múltiples distinciones institucionales, las apariciones en medios o el cariño unánime del pueblo: Solano no pertenece solo a una familia, pertenece a Aguilar. Hay que recordar la distinción honorífica por parte del Ayuntamiento de Aguilar a Bernardino Solano Roldán, el 29 de marzo de 2019. Como tampoco es casual que sean los encargados de haber elaborado los roscones gigantes, uno de nata y otro de crema, con ingredientes totalmente naturales, durante las celebraciones de la Magia de la Silera, organizada por el Ayuntamiento, el pasado 2 de diciembre y que tuvo éxito absoluto.
En un mundo acelerado, donde lo industrial arrincona a lo humano, Pastelería Solano sigue demostrando que la artesanía no es pasado, sino futuro. Que se puede aspirar a la excelencia sin renunciar a la cercanía. Y que hay sabores que, cuando son honestos, no pasan de moda jamás.
Porque entrar en Pastelería Solano no es solo comprar un dulce: es llevarse a casa un pedazo de historia viva, envuelto en azúcar, memoria y orgullo aguilarense.
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