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Reportaje

Gira la 'rueda verde' que cambia la basura por energía en el vertedero de Montalbán

En el vertedero de la Diputación se trata toda la basura doméstica de la provincia salvo la capital. El proceso se basa en la separación de los residuos por tipos, para aprovecharlos. Casi todo tiene un valor, por poco que sea. Hasta el fétido metano se transforma en electricidad. Así funciona una planta de tratamiento

Así funciona la planta de reciclaje de Epremasa en Montalbán

Manuel Murillo

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Rafael Verdú

Rafael Verdú

Córdoba

Los hogares de hoy en día deben separar la basura en origen, lo que obliga a disponer de recipientes para casi todo. Hay cubos para los desperdicios orgánicos (generalmente los restos de comida), los plásticos y envases ligeros, el cartón, el cristal, el aceite usado, las pilas, los medicamentos caducados... Es posible que un consumidor cualquiera piense que este sistema es un engorro y que los beneficios para el medio ambiente no están tan claros.

Eso es porque no ha estado en una planta de reciclaje como la que tiene la empresa de la Diputación Epremasa en Montalbán, donde se tratan la mayor parte de los desperdicios que salen de las viviendas de toda la provincia excepto la capital, que dispone de su propio sistema de recogida y vertedero en El Lobatón.

Dos operarios de Epremasa seleccionan a mano los objetos más voluminosos para sacarlos del sistema.

Dos operarios de Epremasa seleccionan a mano los objetos más voluminosos para sacarlos del sistema. / Manuel Murillo

El reciclaje —o la economía circular, como lo llaman ahora— es básicamente una cuestión de separación. De discernir entre lo que puede aprovecharse de algún modo, que es casi todo, de lo que no vale más que para estar bajo tierra. Si los residuos domésticos estuvieran debidamente clasificados en origen, todo el proceso sería mucho más fácil. Pero no ocurre así y en el cubo de la basura entra de todo. Por eso existen plantas como la de Montalbán, que mediante sistemas complejos, y algunos no tanto, logran separar y enviar cada cosa, o al menos la mayor parte, a su debido sitio.

José Alberto Yévenes, director de la planta, explica su funcionamiento. En primer lugar, a Montalbán «sólo nos llegan los contenedores amarillo (envases ligeros) y el de la fracción orgánica y restos», apunta. En su mayor parte son desperdicios del segundo tipo, los que vienen de la bolsa de basura genérica donde cabe de todo; también la mayor parte de los problemas proceden de estos contenedores. A Epremasa no llegan los camiones de pequeño y mediano tonelaje que recorren los pueblos. Esos vehículos depositan su carga en centros de transferencia desde donde se cargan transportes con hasta 20 toneladas de desperdicios urbanos que sí entregan en Montalbán.

Toda esa basura se descarga en una inmensa playa del tamaño de una pista de baloncesto, que puede llegar a llenarse hasta la mitad llegado el caso. A partir de ahí comienza el proceso de separación, y el primer paso no tiene mucho de tecnología. Hay que cribar la basura a mano —«este es el peor sitio de toda la planta», asegura Yévenes— para extraer residuos que podrían dañar la maquinaria, desde restos de muebles hasta redes de fútbol o chatarra. El cristal, que abunda en las bolsas de basura a pesar de que no debería estar ahí, también hay que apartarlo manualmente.

Filtros y más filtros

Lo que queda en esta primera criba pasa por un trómel, un mecanismo similar al tambor de una lavadora pero mucho más grande. Funciona 16 horas al día (como toda la planta) y gracias al sistema de centrifugado a baja velocidad se pueden separar los objetos más pequeños de los que tienen mayor tamaño. En una primera criba se obtienen los residuos inferiores a 90 milímetros de lado (algo más grande que un paquete de tabaco), que suelen ser los restos de comida. O sea, basura orgánica. Más adelante, el mismo sistema permitirá diferenciar objetos más grandes como botellas de plástico o bricks. Todo lo que tenga algo de hierro en cantidad suficiente se sacará del sistema mediante unos potentes imanes. No será el caso de las latas de refresco, que al estar hechas de aluminio tendrán que pasar otros filtros.

Playa de descarga de la fracción orgánica, similar en tamaño a un pabellón de baloncesto. | MANUEL MURILLO

Playa de descarga de la fracción orgánica, similar en tamaño a un pabellón de baloncesto. / Manuel Murillo

Se realizan también filtrados ópticos, que pueden programarse para diferenciar la basura según su forma y distinguen entre una botella, una bolsa o un trozo de cartón. Aunque el «corazón de la planta», como la define Yévenes, es una máquina llamada «separador balístico», una especie de escalera mecánica defectuosa que se mueve a saltos y discrimina entre los objetos planos y los cilíndricos. Tiene todo el sentido, ya que el papel y el cartón son por lo general planos, de modo que este ingenio termina por colocar aparte ese residuo.

No se puede hacer compost si el material ha estado con lejías u otros productos nocivos

Al final del proceso, y tras los innumerables procesos de cribado, siempre quedarán restos que se han colado junto con la basura orgánica. Son residuos de tamaño muy pequeño, procedentes de un cambio en los hábitos de consumo y de las estrategias de márketing de las grandes empresas de alimentación: las monodosis. Pueden ser pequeños envases de zumos o refrescos o las cápsulas de café.

Las molestas monodosis

Un último sistema, instalado en 2020, intenta librarse de ellas, pero, como explica el director de la planta, es imposible extraer todos esos residuos, por lo que se han diseñado estrategias más creativas. Por ejemplo, desde hace un tiempo las botellas de plástico llevan el tapón unido, otro engorro para el consumidor que tiene todo el sentido en esta «rueda verde». El mecanismo busca precisamente evitar que terminen pasando a la fracción orgánica, ya que estarán unidos a la botella, que sí se ha podido filtrar con anterioridad.

Una vez que toda la basura está convenientemente separada, se prensa y se empaqueta en balas que pesan entre 200 y 800 kilos cada una, según el material. A igual volumen, el cartón pesa cuatro veces más que el aluminio y un tercio más que el plástico. Esos paquetes salen de la planta de Montalbán hacia centros autorizados de reciclaje, porque todos los materiales tienen una segunda vida (y tercera, y cuarta... casi hasta el infinito).

Basura compactada tras todo el proceso.

Basura compactada tras todo el proceso. / Manuel Murillo

Los residuos orgánicos son otro cantar. Hasta hace unos años, se podía elaborar con ellos compost, un abono para el campo. Pero las leyes de la UE cambiaron y ahora no se permite elaborar el sustrato con desperdicios si el material de origen ha estado en contacto con lejías u otros productos nocivos. Y como ya se ha visto, en la bolsa de la basura doméstica cabe de todo. Así que no queda otra que enterrar esos desperdicios bajo toneladas de tierra o serrín. Esos son los vertederos en sí.

Emproacsa ha llenado ya en Montalbán cinco enormes vasos y tiene otro operativo, con capacidad para dos años. Aunque estén enterrados, la empresa de la Diputación tiene instalado un sistema para seguir aprovechando lo que se pueda de esos residuos domésticos. Y se puede. La basura orgánica sigue fermentando y descomponiéndose durante años. En ese proceso se genera metano y CO2, que en una proporción aproximada del 50% (junto con otros materiales nocivos en cantidades muy pequeñas) forman lo que se conoce como biogás.

Una red de tuberías y sondeos, conectados a un extractor, remueve parte de ese gas y lo traslada hasta dos grandes motores que lo emplean como combustible. Su acción activa una turbina que, a su vez, genera electricidad. Esa electricidad no se reutiliza en la planta, sino que se vuelca a la red general y Emproacsa obtiene un beneficio por ella. No es un sistema muy eficiente, ya que sólo el 37% del biogás se convierte en energía. A medio plazo, la empresa espera obtener metano puro a partir de residuos orgánicos (biometano) que podrá vender como tal a través de un gasoducto. Así, la «rueda verde» seguirá girando.

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