«Treinta años y cero incidencias». Con ese titular tan contundente como tranquilizador ha resumido el presidente de Enresa, José Luis Navarro, la eficacia del trabajo realizado durante las últimas tres décadas en el centro de almacenamiento de residuos radiactivos de El Cabril, un lugar que gracias a una gestión basada en la transparencia y la política de puertas abiertas ha conseguido estrechar los lazos con el entorno más próximo y transformar lo que llegó a percibirse como una amenaza latente en un motor económico y un ejemplo internacional de lo que supone el «trabajo bien hecho». Esas tres palabras, trabajo bien hecho, han estado entre las más repetidas en el acto de celebración organizado por Enresa en el Palacio de Congresos de Córdoba con motivo de este 30 cumpleaños, en el que representantes institucionales, empresarios, medios de comunicación, personal sanitario, representantes de centros educativos, Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y trabajadores del propio Cabril, han tomado la palabra para congratularse por el camino realizado. 

El 5 de octubre de 1992 se hacía público el decreto que daba luz verde a la instalación de un cementerio nuclear de residuos de muy baja, baja y media intensidad en Hornachuelos, un espacio que en aquel momento puso en alerta a una sociedad temerosa del impacto medioambiental y sanitario que pudiera traer la implantación de un almacén de estas características. 30 años después, la percepción ha dado un giro de 360 grados a juzgar por los testimonios recopilados en el vídeo editado para la ocasión, lleno de felicitaciones y de elogios, pero también de datos como los aportados por los técnicos de seguridad, que han recordado que las miles de pruebas que a diario se realizan en vegetación, agua, aire, niveles de radiación de toda la zona demuestran que «el impacto de la actividad que se realiza tanto en las personas como en el medio ambiente es nulo».

El exrector de la UCO y exdirector de la Cátedra Enresa, Eugenio Domínguez, uno de los impulsores del trabajo de divulgación y transferencia del conocimiento realizado en estos años por la empresa en colaboración con la Universidad de Córdoba, ha puesto el acento en la imprescindible labor que realiza este espacio, que ha sido capaz de resolver un problema que en otros países no tienen respuesta como es la gestión de los residuos radiactivos (de muy baja, baja y media intensidad) que se generan no solo en las centrales nucleares sino en el ámbito de la medicina nuclear y en la actividad radiodiagnóstica que se lleva a cabo en los hospitales. «En 1992, la reacción social ante la llegada de El Cabril fue negativa debido al desconocimiento y a los argumentos poco científicos que se utilizaban en su contra», detalló, «el esfuerzo de la empresa por aportar a la sociedad toda la información sobre el trabajo realizado ha conseguido romper los tabúes y permitir que se conozca la extraordinaria labor que realizan a diario los trabajadores de Enresa para toda la sociedad». 

Considerado un ejemplo de instalación en la gestión de residuos nucleares tanto en Europa como en el resto del mundo, incluido EEUU, El Cabril constituye hoy un referente que ahora se enfrenta a un nuevo reto, el de avanzar hacia su ampliación, cuya autorización se espera que sea efectiva en el 2024, «sin bajar el elevado listón de seguridad y la actualización constante» logrado en estos primeros 30 años de actividad, según destacaron tanto la directora del centro, Eva Noguero, como el presidente de Enresa, José Luis Navarro. La experiencia les avala.