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Antiguo Meliá Córdoba

Veinte años de la demolición del hotel Córdoba Palace: de los visitantes ilustres a los falsos moros exóticos como porteros

El hotel Meliá Córdoba fue inaugurado el 23 de febrero de 1956 y se mantuvo en pie durante medio siglo, hasta que en 2006 desapareció del paisaje urbano de la avenida de La Victoria para transformarse en el establecimiento hotelero de cinco estrellas Eurostars Palace.

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Francisco Solano Márquez

Francisco Solano Márquez

Córdoba

Hace veinte años -el dos de agosto de 2006- que las excavadoras-destructoras de la empresa Demoliciones Córdoba, del grupo Barea, comenzaron a derribar el mítico hotel Córdoba Palace (el Palas, decíamos), como se llamó en su origen, que en 1969 pasó a denominarse Meliá Córdoba tras incorporar la marca de la cadena Hotursa. Aunque el tango Volver diga «que veinte años no es nada», sí es tiempo; imaginémonos veinte años más jóvenes. Pues hace ya veinte años del derribo, que se prolongó nueve días. Y parece que fue ayer cuando en la glorieta que se extiende al sur de los jardines de la Victoria las voraces excavadoras mordían el edificio sin piedad y empezaron a amontonarse los escombros de hormigón, los ladrillos y los hierros retorcidos mientras iba mostrando las tripas de unas habitaciones llenas de historias. Allí se alojó Ava Gardner, que el reportero Ricardo, de este periódico, fotografió acechándola detrás de un seto. Pero no fue la única, también pernoctó el matrimonio formado por Laurence Olivier y Vivian Leight, como asimismo el escritor Ernest Hemingway, cuando seguía al torero Antonio Ordóñez en los ruedos. Allí se vestían de luces los toreros importantes antes de hacer el paseíllo a las cinco de la tarde. Y en sus camas se consumaron entre copas de champán muchas noches de bodas… Ay, si aquellas piedras hubiesen hablado, como en la serie de televisión que escribió Antonio Gala, cuántas historias habrían contado.

Se edificó en menos de un año y tenía 125 habitaciones

Pero me dejaré de historias para empezar por el principio. El principio se sitúa a comienzos de los años cincuenta del siglo pasado, cuando el emprendedor alcalde Antonio Cruz Conde se propuso modernizar Córdoba. En su programa figuraba rescatar monumentos olvidados –como fueron los casos del Alcázar, la torre de la Calahorra y la plaza de la Corredera, entre otros– y promover la construcción de buenos hoteles, entonces inexistentes, que pudiesen alojar a los turistas con poder adquisitivo, así que promovió dos; uno de iniciativa privada, que fue el Córdoba Palace, y otro público, a cargo del Estado, que fue el parador de La Arruzafa.

Para el primer caso el Ayuntamiento ofreció una parcela de 2.592 metros cuadrados, que un empresario de hostelería con fino olfato para los negocios, como José Meliá Sinisterra, no dejó escapar. A comienzos de febrero de 1955 entraron las máquinas a excavar los cimientos y sótanos, y once meses después, el 23 de febrero de 1956 a mediodía, lo bendijo el obispo Fray Albino y por la tarde-noche se inauguró con toda pompa oficial y social, con asistencia del director general de Turismo el Duque de Luna, que representaba al ministro del ramo. «Los invitados fueron obsequiados con toda esplendidez», decía este periódico. En su discurso inaugural dijo el alcalde que «hoy damos fin a un problema que ha gravitado sobre nuestra ciudad por espacio de treinta años; ya no presenciaremos el paso de autocares y automóviles en fuga hacia otras localidades porque Córdoba no podía ofrecerles lugares para su descanso». El acto terminó con una exhibición folklórica del grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Falange dirigido por Maruja Cazalla, en el que destacó la niña Rita Fragero, hija del maestro de música del mismo apellido, muy popular entonces.

Falsos moros exóticos

El flamante edificio embellecía la «entrada señorial» de Córdoba por el sur, donde se acababan de abrir las anchas avenidas del Corregidor y del Conde de Vallellano, exageradas para algunos. Fue proyectado por el arquitecto madrileño Francisco Goicoechea, con la colaboración de sus colegas Jacinto Vega y José Rebollo. Tenía 125 habitaciones dobles, distribuidas en seis plantas altas, todas exteriores, con baño, teléfono, radio, aire acondicionado y terraza, un lujo entonces. La pensión completa en habitación doble costaba 500 pesetas, que bajaba a 295 si la ocupaba un solo huésped. Los clientes más acomodados se alojaban en suites con salón, a 650 pelas. Como servicios comunes el hotel disponía de un acogedor jardín con una coqueta piscina dotada de iluminaba nocturna, cafetería, grill, sala de fiestas-parrilla El Oasis y tienda de recuerdos. La plantilla inicial la formaba un centenar de empleados.

Un detalle exótico fue la caracterización como moros de los porteros del hotel –dos, que se turnaban, uno de ellos auténtico, de origen marroquí– que fueron suprimidos cuando unos estudiantes despistados lo apedrearon a raíz del conflicto bélico desatado contra España en su provincia ultramarina de Ifni, en el 57.

La buena sociedad cordobesa se acostumbró pronto a acudir al Palas para tomar el aperitivo y bailar, al ritmo que marcaban las orquestas Imperio y Báez, habituales de la casa, lo que propició no pocos noviazgos; el tique costaba 25 pesetas con derecho a consumición, y 40 los fines de semana. Cuando la Feria de Mayo se celebraba en la Victoria era muy frecuentada su terraza jardín. Para despedir el año el hotel organizaba cotillones, que denominaba reveillón (palabra derivada del francés reveil, despertar) a 300 pesetas el tique.

Ese Conde de Vallellano que daba nombre a la avenida –hoy despojada del tratamiento nobiliario– era Fernando Suárez de Tangil y Angulo, suegro del alcalde Cruz Conde y, en aquella fecha, ministro de Obras Públicas, que tanto ayudó a Córdoba entonces. Se dio la coincidencia de que el día de la inauguración se hallaba en Córdoba para entregarle a Enrique Romero de Torres, tenaz defensor del patrimonio artístico, la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio, circunstancia que le permitió asistir a la bendición del hotel. Su primer director fue José María Mateu, y pocos años después ocupó el cargo el que llegaría a ser popular novelista en clave de humor Ángel Palomino, que debutó en 1968 con Zamora y Gomorra y en 1971 publicó Torremolinos Gran Hotel, quien sabe si en ella plasmó episodios vividos al frente del Palas.

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