Obituario
Córdoba despide a Fernando Jiménez Hernández-Pinzón, el poeta y psicólogo que sanó con la palabra
Fernando Jiménez Hernández-Pinzón (Sevilla, 1934 — Córdoba, 2026)

Fernando Jiménez Hernández-Pinzón
Mar Rodríguez Vacas
Córdoba despide a uno de sus intelectuales más queridos y prolíficos. Fernando Jiménez Hernández-Pinzón, psicólogo clínico, psicoterapeuta, filósofo, poeta y escritor, ha fallecido a los 92 años tras una vida consagrada íntegramente al conocimiento del alma humana y a la belleza de la palabra. Se va un hombre que hizo del pensamiento una forma de amor y de la escritura una manera de sanar.
Fernando nació en Sevilla en el seno de una familia que lleva la literatura en la sangre. Sobrino nieto del Premio Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez y de Zenobia Camprubí, creció vinculado a uno de los legados poéticos más grandes de la lengua española. Lejos de vivir a la sombra de ese nombre ilustre, supo construir una obra propia de igual hondura, en la que el rigor de la ciencia y la ternura de la poesía convivieron siempre en perfecta armonía. A ese vínculo familiar dedicó libros de gran sensibilidad, como Cartas de Zenobia o el vuelo de un hada y Juan Ramón Jiménez, un Dios desconocido, obras en las que exploró con devoción y lucidez la vida y el pensamiento espiritual del poeta de Moguer.
Su sed de conocimiento le llevó a acumular una formación académica extraordinaria. Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad Complutense de Madrid, doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Paraguay, licenciado en Filosofía y Letras, en Psicología y en Teología, completó sus estudios con un Máster en Psicología Clínica y en Grafopsicología, y se especializó en Psicopatología, Psicoterapia y Psicoanálisis en la Universidad de la Sorbona de París. Ese periplo intelectual le llevó a ejercer como profesor de Psicología en la Universidad de Asunción, en la Facultad de Económicas y Empresariales de Córdoba (ETEA) y en la Escuela Universitaria Sagrado Corazón de esta misma ciudad, dejando huella imborrable en generaciones de estudiantes.
Desde 1968, su consulta en Córdoba fue refugio y espejo para centenares de pacientes. Fernando fue miembro del Centro de Estudio y Aplicación del Psicoanálisis de Madrid, integrado en la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapia, e integrante de la sección de psicoanálisis de la American Psychological Association. En reconocimiento a toda una vida de servicio a la psicología adleriana en España, fue nombrado Presidente de Honor de la Asociación Española de Psicología Adleriana (AEPA). Impartió numerosos cursos, seminarios y conferencias en España y en el extranjero sobre psicología educativa, dinámica de grupo y psicoterapia, llevando su mensaje de autoconocimiento a audiencias de los cinco continentes.
Su trabajo más reconocido en este campo encontró plasmación en obras como Viajes hacia uno mismo. Diario de un psicoterapeuta en la postmodernidad, A corazón abierto. Confesiones de un psicoterapeuta, La fantasía como terapia de la personalidad, Freud, las claves del deseo y Complejo de inferioridad: teoría y práctica de la Psicología Individual de Alfred Adler, libros que siguen siendo referencia para profesionales y lectores de habla hispana.
La Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba tuvo el acierto de acogerle como miembro correspondiente, distinción que reconocía no solo al científico, sino también al escritor. Porque Fernando fue, además de psicólogo, un poeta y narrador de vuelo propio. Con una pluma que él mismo llamaba "mestiza de géneros", cultivó sin fronteras el ensayo, el diario íntimo, la poesía y el microrrelato. Títulos como En la arboleda de los sueños, Acabarás teniendo alas, Los ríos sonorosos, Dios está azul o De amor, mitología y pensamiento son ya parte del patrimonio cultural de Córdoba. El Premio Zenobia Camprubí coronó una trayectoria literaria que a lo largo de más de cinco décadas superó los 56 libros publicados.
Fernando se ha marchado acompañado por el amor de los suyos. En su esposa, Julia, fiel compañera de toda una vida; su hija, Julia Victoria; su yerno, Enrique; sus dos nietas, Blanca y Julieta, y el resto de la familia más próxima, se prolongará el espíritu curioso, sensible y generoso que definió cada uno de sus días.
Córdoba, que fue su hogar elegido, le debe gratitud y recuerdo eterno. Fernando Jiménez Hernández-Pinzón nos enseñó a mirarnos por dentro sin miedo, a entender el deseo, el amor, el sueño y la palabra como caminos hacia uno mismo. Maestro, académico, poeta y terapeuta, se va habiendo cumplido con creces la misión autoimpuesta de acompañar a otros en el viaje más difícil y más hermoso de todos, el viaje hacia uno mismo.
Descanse en paz.
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