Reportaje
El verano en las chabolas de Córdoba: "No dormimos ni de noche ni de día"
Sin agua, electricidad ni saneamiento, las familias que viven en los asentamientos rumanos de Córdoba afrontan el calor extremo entre generadores averiados, hielo para conservar los alimentos y colchones en el exterior para intentar dormir

Manuel Murillo

El verano convierte la vida en los asentamientos rumanos de Córdoba en una prueba de resistencia. En las chabolas, el calor no se combate con ventiladores, mucho menos con aire acondicionado. Se combate como se puede: con hielo dentro de una nevera, con botellas de agua que duran poco, colchones en el exterior para intentar dormir algo por la noche y con generadores que consumen muchos euros en gasolina o directamente ya no funcionan.
«Lo llevamos fatal», resume Lionel, que vive en el asentamiento cercano a Carrefour Zahira. A su alrededor, la escena explica mejor que cualquier cifra la vida diaria en uno de estos enclaves: materiales para construcción y chatarra, ventiladores rotos, un generador eléctrico averiado, garrafas, una ducha improvisada sin agua corriente, una piscina hecha con una lona y madera para que los niños puedan aliviar el calor, todo decorado con macetas y plantas o una imagen de una virgen que no saben identificar.
En este contexto, la principal demanda se repite una y otra vez: luz y agua. «Eso es lo principal», dicen los habitantes del lugar. Son servicios básicos para poder conservar alimentos, ducharse, dormir, cuidar a los niños y soportar temperaturas que dentro de las chabolas se multiplican por los materiales con los que están levantadas. Chapa, plástico, madera y lonas convierten el interior en un espacio vaporoso casi inhabitable durante las horas centrales del día.

Lionel muestra que no cuentan con agua potable este verano. / Manuel Murillo
Vivir a la intemperie con 40 grados: el hielo sustituye al frigorífico
Según explica Catalina Rojas, secretaria de Acisgru, aunque cada asentamiento tiene sus propias características, todos comparten una misma realidad: viven a la intemperie. En la ciudad existen 17 asentamientos, algunos de gran tamaño, como Carrefour, Cordel de Écija o el Camino de la Barca, mientras que otros apenas reúnen a dos o tres familias. Las diferencias entre ellos son menores cuando se habla de necesidades básicas, porque ninguno dispone de las condiciones propias de una vivienda. No hay agua corriente, saneamiento ni suministro eléctrico, lo que condiciona cada gesto cotidiano y dificulta muchísimo más la vida cuando casi todos los días se superan los 40 grados de temperatura.
En el asentamiento de Carrefour, por ejemplo, las familias deben caminar alrededor de un cuarto de hora para llegar a una fuente y la ausencia de saneamiento repercute directamente en la salud. Rojas señala que entre los niños son frecuentes las infecciones por parásitos y que entre los adultos aparecen enfermedades relacionadas con la falta de higiene, como distintos tipos de hepatitis.

Carne picada y una botella de agua flotan en el hielo de una nevera. / Manuel Murillo
Sin electricidad, conservar alimentos resulta casi imposible. Lionel explica que el frigorífico que tiene ya no funciona y la comida se compra casi al día. El hielo se convierte entonces en un gasto imprescindible, pero se derrite rápido y el gasto es casi imposible de gestionar.
La alternativa es usar un generador, pero tampoco resulta fácil. Algunas familias cuentan con pequeños grupos electrógenos, aunque su capacidad es limitada y apenas permiten mantener encendidos algunos aparatos durante unas horas. Además, gastan mucho. «Un par de horas lleva diez euros cada día», lamentan los vecinos.
La pobreza, aquí, sale cara. Mantener un motor en marcha, comprar hielo, desplazarse para llenar garrafas o reponer lo que se estropea supone un gasto constante para familias que viven de trabajos precarios y de la chatarra cuando no hay campaña agrícola. «Ni veinte euros» llegan a sacar algunos días, explican, pues el kilo de chatarra se paga a unos 15 céntimos.

Cristina y sus hijos en una piscina improvisada con madera y una lona. / Manuel Murillo
Éxodo en verano ante el calor
Otras familias recorren diferentes puntos de España siguiendo las campañas agrícolas de la cebolla, el ajo, la naranja o la aceituna. «Son personas muy trabajadoras», subraya Rojas, aunque reconoce que las condiciones laborales suelen ser muy precarias. Solo una parte reducida de las familias percibe prestaciones como el Ingreso Mínimo Vital o la renta de inserción, según sus datos. Sin embargo, disponer de esos ingresos tampoco garantiza el acceso a una vivienda, pues la recogida de chatarra exige espacio para almacenar el material antes de venderlo, algo incompatible con un piso, y quienes intentan alquilar se encuentran con un mercado prácticamente inaccesible, resume la secretaria de Acisgru.
Aunque la mendicidad ha disminuido desde que Acisgru comenzó su labor en 2012, sigue siendo una vía de supervivencia para algunas personas, especialmente mujeres que piden en las puertas de iglesias o supermercados. La asociación ha trabajado para evitar que esta práctica se realice con menores, ya que muchas familias no tienen un lugar donde dejarlos mientras buscan alguna forma de obtener ingresos.
Viorica enseña un ventilador que no funciona junto a un generador roto. Dice que le costó 400 euros, pero ya no sirve. Antes tuvo otro, donado por Acisgru, que también se quemó. Sin motor, no hay luz. Sin luz, no hay frigorífico ni ventilador. Y sin ventilador, dormir se convierte en una prueba diaria. «No dormimos ni de noche ni de día», explica. En su caso, además, hay problemas de salud y medicamentos que comprar. El calor, dice, le afecta a la cabeza y a la tensión. En el exterior de una de las chabolas hay un colchón. Allí duermen algunos cuando el interior resulta insoportable. Pero dormir fuera tampoco es una solución. Hay ratas, insectos y niños pequeños. Aun así, para muchas familias es la única forma de pasar la noche cuando dentro no corre el aire y el calor queda atrapado.
«Ellos siempre se quejan mucho más del calor que del frío», explica Catalina Rojas. La mayoría procede de Rumanía y, aunque muchos llevan años viviendo en España, siguen acusando las elevadas temperaturas del verano cordobés. Algunos, los que pueden juntar para el billete, aprovechan estas fechas para volver a su país y pasar un verano más fresco.
La falta de agua agrava todo. Algunas familias llenan garrafas en fuentes situadas a varios minutos a pie. Tienen que ir con carritos, dar la vuelta por los caminos y cargar con el agua de vuelta. Antes, según relatan, les llevaban bidones grandes que podían llenarse, pero ahora esa ayuda ya no llega de la misma forma. Sin una toma cercana, cualquier tarea cotidiana se complica: beber, cocinar, lavar ropa, ducharse o limpiar. La ducha es otra imagen de la precariedad. Está improvisada en una pequeña caseta, pero sin agua corriente. También faltan servicios. Algunos vecinos explican que si existiera un desagüe podrían construir un aseo básico, pero tampoco disponen de esa infraestructura.
Ayudas de emergencia y sostenidas en el tiempo
Frente a esta realidad, Acisgru, Cruz Roja y otras organizaciones trata de cubrir las necesidades más urgentes. Cada mes unas 120 o 130 familias reciben alimentos gracias al trabajo de Acisgru, por ejemplo. Parte de esos productos procede del Banco de Alimentos y otra parte se compra con fondos propios. «No les soluciona la vida, pero con los precios actuales lo viven como una ayuda importante», explica Rojas.
El incendio del año pasado continúa presente en la memoria de varias familias. Cristina cuenta que se le quemó la chabola. y con ella sus papeles y documentación. Desde entonces, asegura, sigue esperando ayuda para poder levantar de nuevo un espacio donde vivir. Tiene dos niñas y un niño, y explica que la vida diaria se ha vuelto muy difícil: el colegio, la higiene, el calor y la falta de un lugar seguro donde dormir. Algunas personas recibieron materiales tras el incendio, pero los vecinos insisten en que la ayuda ha sido insuficiente y desigual. Sienten que se les ve cuando hay emergencia, pero que después la situación vuelve a quedar parada.
Las familias no piden solo un ventilador o una nevera. Lo que reclaman es una solución de fondo: luz, agua, baños, saneamiento y un lugar digno. Algunos hablan de una farola, otros de un cuadro de luz, otros de placas solares o generadores que funcionen.
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